Las cosas no cambiaron de un día para otro.
No hubo una escena dramática.
Ni una confesión.
Ni un momento exacto donde todo hizo clic.
Fue peor.
Fue lento.
Semanas.
Semanas de miradas que duraban un segundo más de lo normal.
De discusiones que ya no eran solo discusiones.
De comentarios que parecían inocentes… pero no lo eran.
—Riley, ¿tú y Jake…?
—No.
—Pero si ni he terminado la pregunta.
—No.
Las risas alrededor mío explotaron.
—Loco, mírala cómo se defiende —dijo alguien atrás.
Rodé los ojos.
—Porque ustedes inventan mucho.
—Nosotros no inventamos nada —respondió otra—.
Eso se ve.
Se ve.
Qué palabra tan… incómoda.
—¿Qué es lo que se ve? —pregunté, cruzándome de brazos.
—Que ustedes se gustan.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y después…
—JAJAJAJAJAJA.
Me reí fuerte. Exagerado.
Casi ofensivo.
—Por favor —dije—.
¿Él? ¿Gustarme?
—Sí, él.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Me giré.
Jake.
Estaba ahí.
Apoyado en su silla.
Mirándome.
Con esa calma suya… que a veces me desesperaba.
—¿Sí qué? —pregunté, alzando una ceja.
—Que no —respondió él.
—Ah.
—¿Ves? —dije, volviendo al grupo—.
Cerrado el caso.
—Ay, por favor —dijo una—.
Ustedes son ridículos.
Ridículos.
Tal vez.
Pero ninguno de los dos dijo nada más.
Las clases siguieron.
Las semanas también.
Y lo que sea que estaba pasando entre nosotros…
no se fue.
Se intensificó.
Ya no era solo debatir.
Ahora era:
—Llegar y buscarlo con la mirada sin querer.
—Sentarme “casualmente” cerca.
—Escuchar su voz incluso cuando no le estaba hablando a mí.
—Notar cuando no estaba.
Y sobre todo…
notar cuando sí.
—Llegaste tarde —le dije un día, sin saludar.
—Buenos días para ti también.
—No te los mereces.
—¿Por?
—Porque sí.
Se sentó.
Cerca.
Demasiado cerca.
—Me extrañaste —dijo, como si nada.
Solté una risa nasal.
—No te emociones.
—Te emocionas tú.
—¿Por qué me emocionaría?
—Porque llegué.
Lo miré.
Y sonreí.
Pero no como antes.
Esta vez…
más suave.
—Eres muy creído.
—Y tú muy evidente.
Pausa.
—¿Evidente de qué?
Jake no respondió de inmediato.
Solo me miró.
Como si supiera algo que yo no.
—Nada —dijo al final.
Pero no sonó a nada.
Y eso era lo peor.
Porque mientras más negábamos…
más obvio se volvía.
—Míralos —susurró alguien un día.
—Se viven buscando.
—Se viven peleando.
—Se viven mirando.
—Se viven—
—¡Cállense! —interrumpí, lanzándoles una mirada.
—¿Qué? Si es verdad.
—No es verdad.
—Riley…
—No es verdad.
—Entonces míralo y dime que no te gusta.
Silencio.
Me giré.
Jake ya me estaba mirando.
Error.
Grave error.
Porque no aparté la mirada de inmediato.
Porque no me incomodé.
Porque no me molesté.
Solo…
lo sostuve.
Y él tampoco la quitó.
—¿Y? —insistieron.
Tragué saliva.
Y me giré de nuevo.
—No me gusta.
Pero mi voz…
no sonó tan firme como quería.
—Ajá —dijo alguien—.
Claro.
—¿Y tú? —le preguntaron a él.
—¿Yo qué?
—¿Te gusta Riley?
Silencio.
Jake no respondió de inmediato.
Se tomó su tiempo.
Como siempre.
—No.
Directo.
Simple.
Pero…
—Pero sí es interesante.
El grupo explotó.
—¡AYYYYY!
—¡LO DIJO!
—¡LO DIJO!
—Cállense —dijo él, rodando los ojos.
—“Interesante”, dice —se burlaron.
Yo no me reí.
No como antes.
Porque esa palabra…
se me quedó.
Interesante.
No era un “no”.
No del todo.
—Qué raro tú —le dije después, cuando estábamos solos.
—¿Por?
—Eso de “interesante”.
—¿Te molestó?
—No.
—Entonces.
Se encogió de hombros.
—Es lo que eres.
Me quedé en silencio.
Porque por alguna razón…
eso me gustó más de lo que debía.
—Tú también eres raro —le dije.
—Lo sé.
—Pero no interesante.
—Gracias.
Sonrió.
Levemente.
Y ahí fue cuando lo entendí.
No era solo lo que decíamos.
Era lo que no.
No decíamos:
“me gustas”
“me importas”
“te busco”
Pero estaba en:
las miradas largas
las respuestas rápidas
las discusiones innecesarias
las sonrisas que se escapaban
Y en algo más peligroso todavía…
En lo cómodo que se sentía.
—Ustedes se gustan —volvió a decir alguien días después.
Esta vez no respondí.
Porque por primera vez…
no estaba tan segura de poder negarlo.
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Editado: 22.03.2026