A destiempo

Capitulo 5

Nos volvimos rutina

No pasó de golpe.

No hubo un acuerdo.
Nadie dijo: “vamos a hablar todos los días”.

Simplemente…
pasó.

Al principio eran cosas pequeñas.

Un comentario en clase.
Una burla.
Un “cállate” disfrazado de risa.

Después…

—¿Hiciste la tarea?

—No.

—Yo tampoco.

Después…

—¿Viste lo que dijo el profesor?

—Un disparate.

—Exacto.

Y sin darnos cuenta…

ya no era solo en el aula.

—¿Estás conectada?

—Sí.

—Qué haces.

—Nada.

—Yo tampoco.

Nada.

Siempre “nada”.

Pero ese “nada” duraba horas.

Las conversaciones empezaron a crecer como si tuvieran vida propia.

Saltaban de un tema a otro sin sentido:

—La clase
—Un chisme
—Una opinión
—Un recuerdo
—Una discusión absurda

Y de repente eran las 11 de la noche…
y seguíamos ahí.

—Duérmete —le decía.

—Tú primero.

—No.

—Entonces no.

Ridículos.

Pero cómodos.

Eso era lo peligroso.

Porque sin darnos cuenta…

nos volvimos costumbre.

Yo llegaba al liceo y, sin mirar a nadie más, lo buscaba.

No siempre con la mirada directa.

A veces de reojo.

A veces fingiendo que no.

Pero lo buscaba.

Y cuando no estaba…

se sentía.

—¿Y Jake? —pregunté un día, como quien no quiere la cosa.

—No vino.

—Ah.

“Ah”.

Pero ese “ah” me supo raro.

Como si algo faltara.

Como si el día estuviera incompleto.

Y eso me molestó.

Porque no debía importarme tanto.

Pero importaba.

—Hoy no vino tu best —dijo alguien, sonriendo.

—Cállate.

—Te hace falta, ¿verdad?

—No.

Mentira.

Ese día fue más largo.

Más pesado.

Más… vacío.

Y lo peor fue cuando llegué a mi casa.

Porque ahí sí no había distracciones.

No había ruido.

No había gente.

No había nada que tapara lo obvio.

Agarré el celular.

Lo solté.

Lo volví a agarrar.

No le iba a escribir.

No.

—¿Y si sí?

Abrí el chat.

Lo miré.

Cerré.

Orgullo.

Dos minutos después…

notificación.

Jake:
—¿Qué hiciste hoy?

Sonreí.

Instantáneamente.

Sin querer.

—Nada —respondí.

—Mentira.

—¿Por qué?

—Porque siempre haces algo.

—¿Y tú cómo sabes?

—Porque te conozco.

Pausa.

—No me conoces tanto.

—Más de lo que crees.

Me quedé mirando la pantalla.

Y sin darme cuenta…

empecé a contarle mi día.

Todo.

Las clases.
Lo aburrida que estaba.
Lo mucho que hablaron los demás.
Lo raro que se sintió que no estuviera.

No dije eso último.

Pero él lo entendió.

—Mañana voy —escribió.

—Ajá.

—¿Ajá qué?

—Nada.

Pero mi sonrisa…

decía otra cosa.

Al día siguiente llegó.

—Volviste —le dije.

—Obviamente.

—Nadie te estaba esperando.

—Tú sí.

Lo miré.

—Eres muy seguro.

—Contigo, sí.

Y ahí estaba otra vez.

Eso.

Esa sensación de…

esto es fácil.

No teníamos que esforzarnos.

No teníamos que pensar demasiado.

No había silencios incómodos.

Ni temas forzados.

Solo…

fluía.

—Oye —me dijo un día—.

—¿Qué?

—Si un día no hablamos…

¿te darías cuenta?

Me reí.

—Claro que no.

—Mentira.

—¿Por qué sería mentira?

—Porque tú siempre estás pendiente.

—No estoy pendiente.

—Sí estás.

—No.

—Sí.

Pausa.

—¿Y tú? —le pregunté—.
¿Te darías cuenta?

Sonrió.

—Yo siempre me doy cuenta.

Silencio.

Ese tipo de silencio que no incomoda…

pero pesa.

Porque ahí fue cuando lo entendí.

No era solo que hablábamos todos los días.

Era que…

nos buscábamos.

En los mensajes.
En el aula.
En las miradas.
En los silencios.

Y lo hacíamos como si fuera normal.

Como si no significara nada.

Pero significaba.

—Best —me escribió una noche.

—Dime.

—Nada.

—¿Entonces?

—Solo quería ver si respondías.

Rodé los ojos.

—Ridículo.

—Pero respondiste.

—Porque no tengo nada que hacer.

—Claro.

Sonreí.

Porque en el fondo…

los dos sabíamos la verdad.

No era que no teníamos nada que hacer.

Era que…

nos teníamos el uno al otro.

Y eso, sin decirlo…

se había vuelto parte de todo.

Parte del día.
Parte de la rutina.
Parte de mí.

Y lo más peligroso de todo…

es que ya no sabía cómo era un día sin él. 💫




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