A destiempo

Capitulo 6

Algo raro en el pecho

No fue un día específico.

No hubo una escena dramática, ni música de fondo, ni una señal del universo diciendo “esto es amor”.

Fue algo más… silencioso.

Más peligroso.

Fue una sensación.

Una que empezó pequeña…

y se fue quedando.

Al principio pensé que era costumbre.

Porque ya era normal hablar con él.
Ya era normal buscarlo.
Ya era normal reírme por cualquier tontería que dijera.

Pero entonces…

empezaron a pasar cosas raras.

Cosas que no me pasaban con nadie más.

—¿Por qué estás sonriendo así? —me preguntó una compañera un día.

—¿Así cómo?

—Como si te estuvieras acordando de algo.

No le respondí.

Porque sí.

Me estaba acordando de él.

Y eso… no era normal.

O tal vez sí.

Pero no me gustaba que fuera tan constante.

Empecé a notarlo en detalles pequeños.

Cuando alguien decía algo gracioso…

yo pensaba: “esto se lo tengo que contar a Jake”.

Cuando algo me molestaba…

pensaba: “él se va a reír de esto”.

Cuando algo me pasaba…

lo primero que quería era…

decírselo.

Y ahí fue cuando me hice la primera pregunta:

¿Desde cuándo él se volvió mi primera opción?

No supe responderme.

Y eso me incomodó.

Porque no era solo eso.

También estaban las miradas.

Antes lo miraba por costumbre.

Por curiosidad.

Por inercia.

Ahora…

lo miraba y sentía algo raro.

Algo que no sabía explicar.

Un pequeño golpe en el pecho.

Un nervio.

Una especie de calor incómodo.

—¿Qué miras? —me dijo una vez, sorprendiéndome.

—Nada.

—Estabas mirando.

—No.

—Sí.

Se acercó un poco.

—¿Qué ves?

Lo miré directo.

Por primera vez sin esquivar.

—A ti.

Silencio.

No sé por qué dije eso.

No estaba planeado.

Pero pasó.

Y él…

se quedó quieto.

Como si no supiera qué hacer con esa respuesta.

—Ah —dijo al final.

“Ah”.

Pero ese “ah” no fue normal.

Tenía algo.

Algo que no supe leer en ese momento…

pero que sentí.

Y ahí empezó el problema.

Porque ya no era solo lo que él hacía…

era lo que yo sentía.

Y lo que yo sentía…

no me estaba gustando tanto como pensaba.

Porque me estaba volviendo vulnerable.

—Best —me escribió una noche—.

—Dime.

—¿Tú crees que uno puede acostumbrarse mucho a una persona?

Me quedé mirando la pantalla.

¿Por qué preguntaba eso?

—Supongo.

—¿Y eso es bueno o malo?

Pensé.

—Depende.

—¿De qué?

—De si la persona se queda.

Silencio.

Pasaron unos segundos.

—¿Y si no se queda?

Mi pecho hizo algo raro.

—Entonces es malo.

No respondió de inmediato.

Y yo tampoco quise escribir más.

Porque de repente…

la conversación se volvió demasiado seria.

Demasiado real.

Demasiado… cercana a algo que no quería admitir.

Porque ahí estaba otra pregunta.

¿Qué éramos nosotros?

No éramos novios.

No éramos solo amigos.

No éramos nada claro.

Pero tampoco éramos cualquier cosa.

Y eso era lo que más me confundía.

Porque con otras personas todo era más simple.

O te gustaban…
o no.

Pero con él…

Era distinto.

Porque podía estar riéndome con él como si nada…

y al segundo siguiente…

sentir que el corazón me latía más fuerte sin razón.

Porque podía discutirle, burlarme, molestarlo…

y aun así…

querer que no se fuera.

Porque podía decirle “cállate”…

pero no quería que dejara de hablar.

Y eso…

no era normal.

O tal vez sí.

Pero no lo entendía.

Un día, en clase, alguien dijo algo sobre relaciones.

—Cuando te gusta alguien, tú lo sabes —dijo una compañera.

Rodé los ojos.

—Eso es mentira.

Jake me miró.

—¿Por qué?

—Porque no siempre es tan claro.

—Sí lo es.

—No.

—Sí.

Nos quedamos mirándonos.

—¿Y cómo tú sabes? —le pregunté.

Se encogió de hombros.

—Porque se siente.

Mi pecho volvió a hacer eso.

Ese golpe.

Ese algo.

—¿Qué se siente? —pregunté, más bajo.

Él dudó.

—No sé explicarlo.

—Inténtalo.

Me miró unos segundos más.

—Es como…

cuando alguien te importa más de lo que debería.

Silencio.

—¿Y ya? —dije, intentando sonar normal.

—Y cuando no quieres que se vaya.

Tragué saliva.

—Eso le puede pasar a cualquiera.

—No así.

—¿Así cómo?

Se inclinó un poco hacia mí.

—Así como contigo.

Mi corazón.

Literalmente.

Se detuvo.

O al menos eso sentí.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, rápido.

Pero él ya se había echado hacia atrás.

—Nada.

Nada.

Siempre “nada”.

Pero ese “nada”…

ya no me convencía.

Porque dentro de mí…

había demasiadas cosas pasando como para que fuera “nada”.

Esa noche no dormí bien.

No porque estuviera pensando en él.

Sino porque estaba intentando no hacerlo.

Pero cada pensamiento llevaba al mismo lugar.

A su voz.
A su risa.
A sus palabras.
A cómo me hacía sentir.

Y a esa sensación en el pecho…

que ya no se iba.

Me di la vuelta en la cama.

Cerré los ojos.

Y me hice la pregunta que llevaba días evitando:

¿Me está gustando?

Silencio.

No respondí.

Porque si respondía…

todo iba a cambiar.

Y yo todavía…

no estaba lista para eso.

Pero mi pecho…

Ese pecho que no sabía mentir…

ya tenía la respuesta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.