Celos sin derecho
Hay emociones que no piden permiso.
Llegan, se instalan… y lo desordenan todo.
Riley no supo en qué momento empezó a sentirse así.
No hubo una fecha exacta, ni una conversación específica, ni un instante que pudiera señalar y decir: “aquí fue”.
Pero lo supo…
Lo supo en el momento en que lo vio riéndose con otra.
Todo empezó como un día cualquiera.
Mensajes desde temprano.
Una discusión absurda sobre cualquier cosa.
Un “buenos días” que llegó tarde… pero llegó.
Rutina.
Pero ese día, algo cambió.
Jake estaba diferente.
Más distante.
Más ocupado.
Más… presente en otros lugares que no eran ella.
—¿Te pasa algo o te volviste aburrido de repente? —le escribió Riley, intentando mantener su tono habitual, ese que siempre mezclaba sarcasmo con ligereza.
—Estoy ocupado —respondió él.
Seco.
Sin emojis.
Sin su habitual ironía.
Y eso… eso sí era raro.
Riley frunció el ceño.
—Wow. Tengo el peor best friend del mundo.
Silencio.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Nada.
Y por primera vez desde que todo empezó entre ellos…
ese silencio dolió.
Horas después, en el pasillo, lo vio.
Jake estaba apoyado contra la pared, hablando con alguien.
No.
No “alguien”.
Una chica.
Bonita.
Demasiado cómoda a su lado.
Demasiado cerca.
Riley sintió algo extraño en el pecho.
No era tristeza.
No exactamente.
Era… otra cosa.
Algo más denso.
Más incómodo.
Más feo.
Celos.
Pero no podía ser eso.
Porque…
¿qué derecho tenía?
Ninguno.
Se quedó observando unos segundos más de lo necesario.
Jake se reía.
De verdad.
Esa risa que no daba con cualquiera.
Esa risa que ella conocía bien.
Y eso fue lo que más le dolió.
No la chica.
No la cercanía.
Sino que él estuviera siendo… él mismo con otra persona.
—¿Te gusta?
La voz la sacó de sus pensamientos.
Riley giró la cabeza y se encontró con un chico que no había notado antes.
—¿Perdón?
—Jake —dijo él, señalándolo con la mirada—. Lo estás mirando como si quisieras matarlo… o besarlo. No estoy seguro.
Riley soltó una risa seca.
—Tú tampoco estás muy seguro de cómo empezar conversaciones, ¿verdad?
El chico sonrió, sin molestarse.
—Soy Daniel. Su primo.
Eso la sorprendió un poco.
—Riley.
—Lo sé.
Silencio breve.
Incómodo… pero no del todo.
Daniel la observaba con una calma curiosa, como si estuviera tratando de descifrar algo.
—Él habla mucho de ti —dijo de repente.
Riley sintió un pequeño vuelco en el pecho.
—¿Ah, sí?
—Sí… aunque no de la forma que tú quisieras.
Ahí… algo cambió.
—¿Y tú sabes lo que yo quiero? —respondió ella, cruzándose de brazos.
—No —dijo él con una media sonrisa—. Pero me gustaría averiguarlo.
Directo.
Demasiado directo.
Riley arqueó una ceja.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Intenso.
Daniel se encogió de hombros.
—Solo cuando algo me interesa.
Y la forma en que la miró…
dejó claro que estaba hablando de ella.
Pero Riley no estaba escuchando realmente.
Porque su atención…
seguía en Jake.
Y en la chica.
Y en cómo él, en ningún momento, miró hacia donde ella estaba.
Ni una vez.
Más tarde, Jake apareció.
Como si nada.
—¿Te molestaste? —le escribió.
Riley leyó el mensaje y apretó el celular.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Porque estás rara.
—Yo siempre soy rara.
—No así.
Riley dudó.
Por un segundo…
quiso decir la verdad.
Quiso escribir:
“Sí, me molesté. Me molestó verte con ella. Me molestó que no me hablaras. Me molestó no importarte lo suficiente hoy.”
Pero en lugar de eso, escribió:
—Relájate, Jake. No eres tan importante.
Tres puntos.
Desaparecen.
Vuelven.
Desaparecen otra vez.
—Ok.
Solo eso.
Y esa respuesta…
le dolió más de lo que debería.
Esa noche, Riley se quedó mirando el techo.
Con el celular en la mano.
Con mil pensamientos cruzándole la cabeza.
No tienes derecho.
No es tuyo.
Son mejores amigos, nada más.
Compórtate.
Pero su pecho no entendía de lógica.
Su pecho…
sentía.
Y sentir…
era el problema.
Al mismo tiempo, en otro lugar…
Jake también estaba despierto.
Pensando.
En Riley.
En su mensaje.
En su tono.
Y en Daniel.
Porque sí…
la había visto.
Con él.
Riendo.
Hablando.
Y algo dentro de él…
se había tensado.
Una incomodidad extraña.
Un enojo silencioso.
Una sensación que no sabía explicar.
Pero que tampoco le gustaba.
—No tienes derecho —murmuró para sí mismo.
Y aun así…
Le molestaba.
Porque ahí estaba el problema.
Ninguno de los dos tenía derecho a sentir celos.
Pero los sentían.
Y eso…
lo complicaba todo.
✨
A veces el corazón siente antes de que la mente entienda… y ahí es donde empiezan las historias que cambian todo.
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Editado: 22.03.2026