A destiempo

Capitulo 9

Nos hicimos los locos

Hay verdades que no se dicen…
no porque no existan,
sino porque decirlas
lo cambia todo.

Y hay conexiones tan intensas…
que lo único que las mantiene vivas
es fingir que no están pasando.

Después de ese momento…

nada volvió a ser igual.

Pero tampoco cambió.

Y eso fue lo peor.

(Riley)

Al día siguiente me desperté con una sensación rara.

No era tristeza.
No era felicidad.
No era enojo.

Era… expectativa.

Como si mi cuerpo supiera que algo había quedado pendiente.

Como si mi mente repitiera en silencio:

Hoy sí.
Hoy va a pasar algo.
Hoy se va a hablar.

Spoiler: no pasó.

Abrí el chat.

Ahí estaba.

Su nombre.

Normal.
Intacto.
Como si la noche anterior no hubiera existido.

Y eso…
me dio un poco de rabia.

Duré varios minutos mirando la pantalla.

Esperando.

Pensando.

Sobrepensando.

—No le voy a escribir —murmuré.

Cinco minutos después…

—¿Te moriste o qué?

Lo envié.

Orgullo: 0
Ansiedad: 100

Respondió rápido.

Demasiado rápido.

—Tú quisieras.

Fruncí el ceño… pero también sonreí.

Normal.

Todo… normal.

Y ahí entendí.

Nos íbamos a hacer los locos.

Los dos.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Nada, sobreviviendo. ¿Y tú?

—Aburriéndome.

—Siempre.

—Cállate.

—Hazme.

Rodé los ojos.

Pero por dentro…

todo se sentía diferente.

Porque cada palabra…
tenía un peso que antes no tenía.

Cada silencio…
se sentía más largo.

Cada broma…
parecía esconder algo más.

—Ayer estabas raro —solté de repente.

Silencio.

Ahí estaba.

La puerta abierta.

La oportunidad.

El momento perfecto para hablar.

—Tú siempre dices eso.

Puerta cerrada.

De golpe.

Me quedé mirando el mensaje.

Releyéndolo.

Analizándolo.

Buscando algo… lo que sea.

Pero no había nada.

Y eso era exactamente el problema.

—Porque lo estabas —insistí.

—No.

—Sí.

—No.

—Jake…

—Riley.

Ese tono.

Esa forma.

Era una advertencia disfrazada.

No sigas.

Y yo…

la entendí.

Perfectamente.

—Está bien —escribí.

Mentira.

No estaba bien.

Pero tampoco estaba lista para perder lo que teníamos.

(Y en otra parte…)

Jake dejó el teléfono a un lado.

Se pasó la mano por el cabello.

Suspiró.

Porque sabía.

Claro que sabía.

Sabía exactamente de qué estaba hablando Riley.

Sabía lo cerca que estuvieron.

Sabía lo que casi hizo.

Y también sabía…

que no podía hacerlo.

Porque ponerle nombre a eso…
era perder el control.

Y él no quería perder el control.

No con ella.

No así.

(Riley)

Ese día hablamos como siempre.

Literalmente… como siempre.

Memes.
Bromas.
Comentarios tontos.

—Eres insoportable.

—Y tú adicta a mí.

—Ojalá.

—Ya quisieras.

Pero había algo…

algo invisible.

Algo que no se decía.

Algo que se metía entre cada palabra.

Porque ahora…

yo sabía.

Sabía cómo me miraba.
Sabía cómo decía mi nombre.
Sabía lo que casi pasó.

Y eso…

eso no se puede des-saber.

—Oye —le escribí más tarde—, ¿tú crees que la gente puede fingir que no siente algo?

Tardó en responder.

Más de lo normal.

—Sí.

Sentí un vacío raro.

—¿Y funciona?

Pausa.

Otra vez.

—A veces.

—¿Y las otras veces?

Leí…
y vi cómo escribía…

y borraba…

y volvía a escribir.

Tres puntitos.

Desaparecen.

Vuelven.

Desaparecen.

—Se complica.

Eso fue todo.

Eso fue suficiente.

Porque esa era la verdad.

No dicha.

Pero completamente clara.

Esa noche…

no hubo “buenas noches”.

Ni de su parte.

Ni de la mía.

No porque no quisiéramos.

Sino porque…

no sabíamos cómo hacerlo sin sentir que faltaba algo.

Nos hicimos los locos.

Y nos salió bien.

Demasiado bien.

Porque al día siguiente…

volvimos a hablar.

Como si nada.

Como si no hubiera tensión.
Como si no hubiera miradas.
Como si no hubiera un momento suspendido en el aire que ninguno quiso tocar.

Pero por dentro…

todo estaba más intenso.

Más real.

Más peligroso.

Porque ignorar lo que sientes…
no lo desaparece.

Solo lo guarda.

Lo acumula.

Lo hace crecer en silencio.

Hasta que un día…

ya no cabe en el pecho.

Y lo peor de todo…

es que en medio de ese juego de “no pasa nada”…

ellos estaban más conectados que nunca.

Más cerca.

Más envueltos.

Más… perdidos.

Porque a veces el amor no empieza con un beso.

A veces empieza así:

Con dos personas
que sienten lo mismo…

y deciden
no decirlo.


A veces nos hacemos los fuertes… pero el corazón siempre encuentra la forma de hablar, aunque sea en silencio.




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