A destiempo

Capitulo 1

Capítulo 1

Bajo la lluvia

Jessica

La primera vez que lo vi, estaba empapado.

Era un martes de esos que olían a café recién hecho y a pavimento mojado. La lluvia había llegado sin avisar y la ciudad se había teñido de gris en cuestión de minutos.

La cafetería estaba casi vacía porque los estudiantes de la universidad cercana habían huido antes de quedar atrapados bajo el aguacero.

Yo, en cambio, seguía allí.

Secaba una taza con un paño mientras miraba distraídamente las gotas deslizarse por el enorme ventanal de El Faro.

Me gustaba la lluvia.

Quizá porque hacía que todo pareciera más lento.

Las personas caminaban deprisa, los autos avanzaban con dificultad y las calles se llenaban de reflejos. Era como si la ciudad, por unas horas, dejara de fingir que tenía todo bajo control.

—¿Otra vez mirando la lluvia?

La voz de Clara me hizo volver la cabeza.

—Estoy trabajando.

—Claro. Y yo soy la dueña del café.

Solté una pequeña risa.

Clara era incapaz de dejar pasar una oportunidad para molestarme. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y tenía esa sonrisa que parecía anunciar problemas incluso cuando no los había.

—Si fueras la dueña, ya nos habrías obligado a cerrar —respondí.

—No. Te habría obligado a quedarte conmigo y tomar chocolate caliente.

—Eso sí te lo creo.

Clara dejó una taza sobre la barra.

—Por cierto, ¿terminaste el trabajo de literatura?

Suspiré.

—Casi.

—¿Casi?

—Tengo tres páginas.

—¿Y cuántas necesitas?

—Diez.

Me miró en silencio.

—Jessica...

—Lo sé.

—Eres un desastre.

—Gracias.

—De nada.

Volví a concentrarme en las tazas.

Había aprendido a disfrutar de esos momentos.

El café, los libros, las tardes tranquilas y la compañía de unas pocas personas.

Era una vida sencilla.

Y me gustaba así.

Después de todo, había llegado a la conclusión de que cuanto menos esperas de la vida, menos oportunidades tiene de decepcionarte.

Especialmente cuando se trata del amor.

No quería volver a enamorarme.

No después de haber descubierto que las promesas podían romperse con tanta facilidad.

Había pasado demasiado tiempo intentando creer en alguien que terminó demostrando que no era quien decía ser.

Desde entonces, había construido una especie de muro alrededor de mi corazón.

No era perfecto.

Pero funcionaba.

O eso creía.

La campanilla de la puerta sonó.

Levanté la mirada.

Y entonces lo vi.

Un hombre entró corriendo desde la calle, intentando proteger una guitarra que llevaba colgada a la espalda.

Estaba completamente empapado.

Su cabello oscuro caía sobre su frente y varias gotas de agua recorrían su rostro. La camiseta negra se le había pegado al cuerpo y sus manos temblaban ligeramente por el frío.

Se quedó junto a la puerta, respirando agitado.

Por alguna razón, nadie dijo nada.

Ni siquiera yo.

Hasta que Clara me dio un pequeño codazo.

—Jessica.

—¿Qué?

—Estás mirando.

Aparté la vista inmediatamente.

—No estoy mirando.

—Sí, lo estás haciendo.

—Estoy trabajando.

—Claro.

Ignoré su sonrisa.

El desconocido se acercó a la barra.

—¿Todavía está abierto?

Su voz era más grave de lo que esperaba.

—Sí —respondí—. Cerramos en una hora.

Él asintió.

—Entonces... un café.

—¿Solo eso?

Me miró.

Tenía unos ojos oscuros, cansados. No eran los ojos de alguien que simplemente había tenido un mal día.

Parecía cargar con algo.

—Sí. Solo un café.

Tomé una taza y empecé a prepararlo.

—¿Con azúcar?

—No.

—¿Leche?

—Tampoco.

—Entonces eres de los que toman café amargo.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Supongo.

—Eso explica muchas cosas.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué cosas?

Me encogí de hombros.

—Nada.

Clara soltó una risita detrás de mí.

El desconocido la miró y luego volvió a observarme.

—¿Siempre haces preguntas así?

—Solo cuando estoy aburrida.

—Entonces debo estar salvándote de una tarde aburrida.

—No te emociones. La lluvia ya estaba haciendo el trabajo.

Por primera vez sonrió de verdad.

Y algo extraño ocurrió dentro de mí.

Fue apenas un segundo.

Una sensación pequeña.

Casi imperceptible.

Pero estuvo ahí.

Aparté la mirada y continué preparando el café.

—Son cuatro cincuenta.

Él sacó unas monedas del bolsillo.

Las dejó sobre la barra.

—Gracias.

Tomó la taza y se dirigió hacia una mesa junto al ventanal.

La guitarra permanecía apoyada contra su silla.

Lo observé de reojo.

No parecía tener más de veinticinco años.

Había algo en su forma de moverse que llamaba la atención. No porque intentara hacerlo, sino precisamente porque parecía esforzarse por pasar desapercibido.

Se sentó solo.

Miró por la ventana.

Y durante varios minutos no hizo nada.

Solo bebió su café.

Clara apareció a mi lado.

—Te gusta.

—No.

—Ni siquiera sabes cómo se llama.

—Exactamente.

—Eso no significa nada.

—Significa que no me gusta.

Clara cruzó los brazos.

—Entonces, ¿por qué llevas cinco minutos mirándolo?

Miré el reloj.

—Estás exagerando.

—Jessica.

—¿Qué?

—Te conozco.

Rodé los ojos.

—No quiero conocerlo.

—Yo no dije que quisieras.

—Lo insinuaste.

—Solo dije que es guapo.

Volví a mirar hacia la mesa.

Él tenía un pequeño cuaderno abierto frente a sí.

Escribía algo.

Por momentos se detenía y miraba hacia la ventana.

Había tristeza en sus movimientos.

Una tristeza silenciosa.

De esas que no necesitan lágrimas para hacerse notar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.