Capítulo 2
Lo que no digo
Loan
No suelo entrar a lugares cuando estoy empapado.
Mucho menos a cafeterías llenas de desconocidos.
Pero aquella tarde no tenía demasiadas opciones.
La lluvia había comenzado cuando salí del pequeño taller donde trabajaba reparando guitarras. Al principio pensé que podría esperar unos minutos.
No paró.
Después de media hora, entendí que iba a terminar completamente mojado de todos modos.
Así que caminé.
Sin rumbo.
O eso quería creer.
En realidad, necesitaba unos minutos lejos de todo.
De las llamadas que no quería contestar.
De las cuentas que no sabía cómo pagar.
De las preguntas para las que todavía no tenía respuestas.
Y, sobre todo, necesitaba dejar de pensar.
No funcionó.
Nunca funciona.
Cuando vi el cartel de El Faro, entré.
La campanilla de la puerta sonó y varias miradas se dirigieron hacia mí.
Genial.
Lo último que necesitaba era llamar la atención.
Bajé la cabeza y acomodé la guitarra que llevaba a la espalda.
—¿Todavía está abierto?
La escuché antes de verla.
—Sí. Cerramos en una hora.
Levanté la mirada.
Ella estaba detrás de la barra.
Cabello largo y oscuro, ojos color miel y una expresión que no parecía impresionarse fácilmente.
Jessica.
Todavía no sabía su nombre.
Pero recuerdo haber pensado que tenía una mirada demasiado tranquila para alguien de su edad.
—Entonces... un café.
No tenía hambre.
Tampoco sed.
Solo necesitaba sentarme en algún lugar.
Ella empezó a prepararlo.
—¿Con azúcar?
—No.
—¿Leche?
—Tampoco.
Me miró durante un segundo.
—Entonces eres de los que toman café amargo.
No pude evitar sonreír.
—Supongo.
—Eso explica muchas cosas.
La miré confundido.
—¿Qué cosas?
Se encogió de hombros.
—Nada.
Sonreí otra vez.
Era extraña.
Pero no de una forma desagradable.
Más bien parecía decir exactamente lo que pensaba sin preocuparse demasiado por cómo sonaría.
Y eso me resultó... refrescante.
Cuando me entregó el café, pagué y me senté junto a la ventana.
Necesitaba tranquilidad.
Saqué el cuaderno que llevaba en el bolsillo.
No era un diario.
Nunca me gustaron esas cosas.
Era simplemente un lugar donde anotaba ideas para canciones.
Aunque últimamente las canciones tampoco salían.
Escribí una frase.
La taché.
Escribí otra.
Volví a tacharla.
Suspiré.
Había pasado casi una hora mirando la misma página cuando escuché unas risas detrás de la barra.
La chica que atendía junto a Jessica hablaba con ella.
No presté demasiada atención.
Hasta que escuché mi nombre.
—Jessica.
Levanté la mirada.
Ella estaba mirándome.
Apartó los ojos inmediatamente.
Sonreí para mí.
Quizá la estaba incomodando.
No era mi intención.
Volví a mirar el cuaderno.
Intenté concentrarme.
Entonces mi teléfono vibró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Lo saqué del bolsillo.
Necesitamos hablar.
El mensaje era de mi hermana.
Sentí que el pecho se me cerraba.
Guardé el teléfono sin responder.
No podía.
Todavía no.
Miré por la ventana.
La lluvia seguía cayendo con fuerza.
Había venido a esta ciudad por ella.
Por mi hermana.
Después de lo ocurrido, no podía dejarla sola.
Aunque eso significara abandonar todo lo demás.
Mi trabajo.
Mis planes.
La poca estabilidad que había conseguido.
Todo.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no lo miré.
—¿Todo bien?
La voz de Jessica me hizo levantar la cabeza.
Estaba junto a mi mesa.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
—Sí.
Fue una respuesta automática.
Una mentira.
Ella me observó durante unos segundos.
—No parece.
—Estoy bien.
—Eso dicen todos cuando no quieren hablar.
No supe qué responder.
Ella señaló mi taza.
—¿Quieres otro?
Miré el café vacío.
—No debería.
—Entonces sí quieres.
La miré.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Insistente.
Sonrió.
—Solo cuando tengo razón.
Me levanté para llevar la taza.
—Entonces supongo que sí.
Ella tomó la taza de mis manos.
Nuestros dedos se rozaron apenas.
Fue un contacto insignificante.
Un segundo.
Nada más.
Pero me quedé quieto.
Ella también.
Nos miramos.
Y por un instante, el ruido de la lluvia pareció desaparecer.
Jessica fue la primera en apartarse.
—Voy a prepararte otro.
—Gracias.
Regresó a la barra.
Yo me quedé observándola.
No debería.
No tenía tiempo para conocer a nadie.
Mucho menos para sentir curiosidad por una mujer.
Había demasiadas cosas que resolver.
Demasiadas cosas que esconder.
Y demasiadas razones para mantenerme lejos.
Mi hermana necesitaba que estuviera allí.
Yo necesitaba conseguir dinero.
Necesitaba arreglar mi vida.
No podía permitirme complicaciones.
Y una mujer como Jessica podía convertirse fácilmente en una.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez contesté.
—¿Qué pasó?
Hubo silencio al otro lado.
Después escuché la voz de mi hermana.
—Loan... tienes que venir.
Me incorporé.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Qué ocurre?
Su respiración sonó entrecortada.
—No me siento bien.
Cerré los ojos.
—Voy para allá.
Colgué.
Miré hacia la barra.
Jessica estaba terminando de preparar mi café.
Cuando regresó, dejó la taza frente a mí.
—¿Te vas?
Asentí.
—Sí.
—¿Está todo bien?
La pregunta volvió a aparecer.