Screaming Underwater – Alex Warren
Maia
Miércoles 10 de mayo 2028 (o día 1 en Montana).
Guía exprés para empacar un corazón hecho pedazos:
Paso 1: Clasificación de residuos. Recoger los fragmentos que Charles dejó tirados en el suelo. Debo tener cuidado con los bordes; las promesas rotas cortan como el demonio si las piso descalza.
Paso 2: Optimización de espacio. Sacar las expectativas de un “futuro” y los vestidos de fiesta. No hay espacio para esas cosas. En lugar de sentimientos, meter tres botes de protector solar. Las “catiras” de piel sensible no podemos darnos el lujo de descuidarnos, ni siquiera en el fin del mundo.
Paso 3: El escudo Roque. Usar la culpa del divorcio de mis padres a tu favor, de algo debe servir todo el drama. Si mamá se queja de los pelos del perro, hay que refrescarle la memoria de que tras el colapso familiar, lo mínimo que merezco es llevarme al único ser vivo de la casa que no miente. Cuando parpadee, pago el boleto extra y me llevo al bendito perro.
Paso 4: Sellado al vacío. Cerrar la cremallera con fuerza. El plan es simple: tres meses en Montana, aire puro, vacas y cero sentimientos. Al demonio el amor. Corazón congelado a partir de... ya.
- ¡Maia, tu padre debe estar por llegar! –el grito en español de mamá desde la planta baja me regresa a la realidad. Bloqueo la pantalla del teléfono y lo guardo en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
¿Leer por enésima vez esa estúpida lista va a solucionar mis problemas? No. ¿Va a hacer que la cremallera de mi maleta se cierre? Tampoco. Pero al menos así mantengo claro el plan: Ir a Montana y regresar con un corazón de acero.
- Venga, Roque, hazte a un lado, por fis –le pido en un susurro en inglés al pastor alemán que está muy relajado sobre mis tops de algodón.
A lo que se rebaja la humanidad.
Lo peor es que no puedo negarlo. Ese saco de pelos ocupa más de la mitad de fotos y videos en mi teléfono. Además de ser la razón por la cual llamo a papá un viernes por la noche porque el dinero no me alcanza porque lo he gastado en él.
- Anda… muévete –le siseo–. Si no colaboras no podremos irnos al otro lado del país –murmuro bajando la voz–. Créeme que no quiero pasar otro verano aquí en Miami.
Bajo ninguna circunstancia iba a vivir el verano entre Brickell y El Doral, y menos teniendo que lidiar con que al llegar a una casa mamá me pregunte si papá sale con alguien ni llegar al depa de papá y que me pregunte cómo la está pasando mi madre.
Además de que no quiero tener que cruzarme con cierto desperdicio de placer que un día decidió que a nuestra relación le hacían falta unos cuernos. Infeliz.
¡Me dejó por una rubia oxigenada!
No recuerdo que te quejaras de Charles cuando estabas contra las sábanas hace una semana.
Me niego a responder eso.
El solo recuerdo de hace cinco noches provoca que me suba la bilis por la garganta.
A estas alturas de mi vida no sé qué me tiene peor… si el divorcio de mis padres a inicios del año pasado o que mi novio me haya sido infiel hace unos días.
Vuelvo a mirar la maleta y tomo aire.
Me arrodillo en la alfombra, hincando las rodillas con fuerza sobre la enorme maleta de lona. Está al límite de su capacidad. Tiro del cierre metálico con fuerza antes de que la maleta se vuelva a abrir y tenga un desparpajo de ropa en el suelo.
Nada de vestidos. Nada de tacones. Solo ropa cómoda, pantalones gastados y unas botas vaqueras rígidas que compré ayer, rezo para que no me dejen los pies destrozados el primer día.
El sonido de unas zapatillas rozar la madera de las escaleras al subir me hace saber que mamá va a entrar a mi habitación en 3… 2… 1…
- Vaya, veo que llevas muchas cosas –dice con una ceja levantada y un inglés fluido. Pasea su mirada por mi habitación y vuelve a mirarme. Se viene lo bueno–. ¿Llevas bloqueador?
- Sí.
- ¿Lentes de sol?
- Dos pares.
- ¿Repelente?
- También.
- ¿El bozal del perro?
- No hace falta, Roque no muerde ni es agresivo… pero sí lo llevo.
- ¿Documentos?
- Tengo la licencia de conducir en mi bolso.
Su mirada se desvía a mi escritorio y sus ojos se abren como platos al ver el librito que es de un marrón rojizo oscuro y dice República Bolivariana de Venezuela.
- ¿Vas a dejar el pasaporte? –chilla horrorizada, perdiendo por un instante su postura perfecta. Noto el momento exacto en que sus ojos café echan chispa.
Suspiro resignada cuando ella camina a mi escritorio, levanta el librito y me lo tiende.
- Mamá, esa cosa está vencida desde hace años, de verdad, no entiendo para qué quieres que cargue con peso muerto –replico, tirando el pasaporte dentro de mi bolso de mano–. Nací aquí en Florida, soy americana. Con la licencia puedo moverme donde me dé la gana en este país… y si voy a salir del país uso el azul –protesto, señalando el librito azul brillante con el escudo dorado de los Estados Unidos en mi escritorio.
- Tú eres igual de venezolana que la arepa, Maia, no me vengas ahora con tu cuentico de que eres gringa –me corta de inmediato cambiando al español con una facilidad que envidio, usando esa voz de madre que no acepta réplicas–. He de suponer que tampoco has metido tu cédula, ¿me equivoco?
Abro la boca, indignada. Pero ¿de qué va ella? Hostias, pero si he ido como diez veces a Venezuela y a lo mucho me sé un vocabulario básico y algunas palabrotas que me enseñaron mis primos.
- ¿La cédula? ¿Para qué demonios quiero mi cédula venezolana en Hamilton, Montana? ¡Allá lo que hay son vacas y pinos, mamá! No creo que un oso grizzly me vaya a pedir el documento de identidad en mitad del bosque –me niego a hablar en español.
- Mira, Maia Valentina, uno nunca sabe si las cosas se complican aquí y tenemos que resolver algo en el consulado o si tu papá necesita hacer un trámite internacional contigo –sí, claro, papá va a hacer un trámite internacional conmigo en Montana estando él aquí Miami–. Tú cargas tu cédula y tu pasaporte viejo. Ese papelito plastificado no pesa nada. Y Dios te libre que pase algo en ese monte y no tengas cómo demostrar quiénes son tus padres.
Ruedo los ojos con tanta fuerza que me duele la nuca. El drama legal post-divorcio la tiene paranoica. Sé perfectamente que no es por el oso grizzly; es que Ana Sánchez necesita sentir que tiene el control de cada papel y cada movimiento mío, ahora que su propio mundo se desarmó.
- Vale, la llevo –refunfuño, revisando que el pedazo de papel plastificado con mi foto de los doce años siga en el fondo de mi billetera. Maldición, definitivamente no es mi mejor foto–. ¿Algo más? ¿Quieres que me lleve también la partida de nacimiento traducida y apostillada por si acaso el tío Arthur me quiere adoptar?
Ella cruza los brazos, ignorando mi sarcasmo con una elegancia que me enferma, y vuelve al ataque original:
- Todavía no comprendo que decidas irte al rancho de tus tíos en lugar de que nos fuéramos a Valencia en un viaje de madre e hija –dice ella, y esta vez el tono de dictadora le baja un escalón, dejando ver una pizca de esa herida que intenta ocultar con sus uñas perfectas y su perfume costoso.
Suspiro y por un momento recuerdo la discusión que tuvimos la otra noche. Podrá ser la General Sorrengail, como la llama Sky a saber por qué, pero sé que en el fondo me quiere y… yo también lo hago.
¿Segura que no es el síndrome de Estocolmo?
Lunes 8 de mayo 2028.
- No voy a pagar más para que te lleves al perro a Montana. Roque se queda –sentenció.
Rodé los ojos, sintiendo el colgante plateado de estrella chocar contra mi clavícula cuando cerré con más fuerza de la necesaria mi laptop.
- Lo que es igual no es trampa, mamá –respondí, intentando mantener la calma que me caracterizaba, aunque por dentro sintiera que iba a estallar–. O viaja conmigo, o le digo a papá que venga a la casa todos los días a pasearlo y darle de comer mientras no estoy. Tú decides.
Mi madre parpadea, y por un segundo veo cómo la mención de mi papá la hizo tensar la línea de su mandíbula. Da media vuelta sin decir una palabra más y comienza a ordenar compulsivamente unos ganchos vacíos dentro de mi clóset, canalizando toda la frustración del divorcio en la pobre madera.
Gané. Roque se iba a Montana.
Miércoles 10 de mayo 2028.
- Te llamaré todas las noches, mamá, lo prometo –le digo y le ofrezco una sonrisa.
- Te ves preciosa cuando se te achinan los ojos –dice acercándose para tomar mi rostro en sus manos–. Pero eso ya lo sabes.
- No está de más recordarlo –murmuro.
- Te voy a extrañar, catira –dice en español.
Tardo un par de segundos en traducir lo que dijo.
- Yo también, mamá.
En ese momento Roque, que se había subido a la cama, ladra y se acerca a nosotras. Inclina la cabeza a la derecha y levanta la pata izquierda, mirando a mamá.
- A ti también te voy a extrañar, peludo –dice ella agachándose para rascarle detrás de la oreja izquierda, oreja que tiene caída.
- Algún día admitirás que lo quieres –le digo, sacudiendo la cabeza divertida.
Justo oigo el sonido del motor de una camioneta que se cuela por la ventana abierta.
Adiós al hechizo que había caído sobre mamá. Tal como si le hubieran arrojado un balde de agua se separa y baja sus manos de mis mejillas.
- Ya debes irte –dice, alisando su blusa como si necesitara recuperar su habitual fachada perfecta–. Llámame cuando aterrices en Bozeman y cuando estés en casa de tus tíos. No te olvides de colocarte el bloqueador –agrega, mirando con media mueca mis brazos de un blanco casi pálido que están al descubierto por el top verde que llevo puesto.
Me ajusto el top, como si eso fuera a remediar algo. Asiento, incapaz de soltar otra palabra porque el nudo en la garganta ha vuelto a instalarse allí, pesado y frío. Agarro el asa de mi maleta de lona y salgo de la habitación sin mediar más palabra.
- Te acompaño a la salida –la oigo murmurar, siguiéndome escaleras abajo.
Hostia. Debería considerar la opción de usar la ropa de Sky en lugar de llevar la mía. La maleta pesa como si llevara piedras. Igual y la siento pesada por el nudo que ya traigo en el pecho. Suspiro cuando por fin la dejo en el suelo cerca de la entrada. Me giro y frunzo el ceño cuando no veo a mi sombra canina.
- ¡Roque, vamos! –llamo desde el rellano, pero el perro no baja.
Venga ya.
Suelto el aire de mis pulmones y me resigno a subir para sacarlo de la habitación, pero antes de que siquiera pueda poner un pie en el primer escalón, el eco de unas garras derrapando contra la madera me hace mirar hacia arriba.
Treinta y cinco kilos de pelo castaño y negro vienen bajando los escalones a una velocidad que debería considerarse ilegal dentro de una casa.
- ¡Roque, frena! –alcanzo a gritar, abriendo los ojos de par en par al ver que el perro no tiene intención alguna de disminuir la velocidad.
Mamá diría que es un camión sin frenos. Cosa que no entiendo el todo, pero sé que Roque viene demasiado rápido.
Cierro los ojos esperando el impacto que me va a mandar directo al suelo junto con mi maleta, pero el golpe no llega. En su lugar, unos brazos anchos y firmes me sujetan por los hombros desde atrás, anclándome al suelo justo a tiempo mientras Roque se estrella contra mis espinillas, batiendo la cola de lado a lado como si acabara ganar una carrera en lugar de casi romperme las piernas.
El dolor que me recorre las piernas es sordo y agudo. Se me corta la respiración por un instante.
Genial, mañana tendré un bello moratón en las espinillas.
- Parece que alguien está más emocionado que tú por ir a ver las vacas, Val –la voz de papá, profunda y calmada, resuena sobre mi cabeza.
Me giro en su agarre y me encuentro de lleno con sus ojos verde oliva. Ya, no sé de donde saqué el gris de los míos. Pero aquí está, Robert Monroe, imponente, con una de sus camisas de lino impecables que gritan “oficina en Brickell”, pero con esa sonrisa bonachona que comparte con mi tío, es como si el campo nunca se le quitara del todo. Exhala un suspiro que huele a su loción de siempre y me aprieta en un abrazo corto que logra reparar un poquito mi alma.
Cuando nos separamos, levanta la mirada a las escaleras por donde venía Roque. Adiós a la calidez momentánea. Mamá está de pie como una estatua de sal a unos escalones, brazos cruzados y distancia fría su postura normal desde inicios de 2027. Papá se aclara la garganta, ese tic que le da cuando la tensión se corta con cuchillo de mesa.
- Ana –saluda con asentimiento educado.
- Robert –responde ella, ¿cómo demonios le hace para no mover ni un músculo?
- ¿Nos vamos? Quiero llegar antes al aeropuerto –murmuro.
- Claro, déjame eso a mí, pequeña –dice papá, siendo el primero en romper el duelo de miradas. Sacude la cabeza y luego me mira, mientras agarra la pesada maleta de lona como si no pesara nada–. Despídete de… de tu mamá –murmura, abriendo la puerta principal.
Le doy un último abrazo a mamá antes de acomodarle la correa a Roque. Salgo a la acerca, sintiendo por última vez el calor húmedo de Miami pegárseme a la piel. No miro atrás cuando salimos de El Doral.
El trayecto en la camioneta es un desfile de silencios incómodos y música suave en la radio. Papá me pregunta por el diseño interactivo, por las materias de la carrera en la UM, hasta por el ciclo de sueño del perro… solo temas seguros. Ninguno es capaz de mencionar a Charles, mucho menos el divorcio.
Cuando por fin estaciona en la terminal de salidas, el vacío en mi estómago se vuelve gigante. El proceso en el mostrador de la aerolínea es una tortura. Ver cómo etiquetan el enorme canil de viaje de Roque y ver cómo se lo llevan los operarios hacia la zona de carga me deja una sensación de desamparo terrible. Pagar el boleto extra dolió, pero ver a mi consentido alejándose con su mirada de confusión duele más.
- Dale un abrazo fuerte a Arthur y a Sarah de mi parte –dice papá, rompiendo mi angustia mientras me mira con una mezcla de orgullo y una culpa tan evidente que me encoge el corazón. Me extiende tres billetes de cien dólares, apretándolos en mi mano–. Para compensar la tristeza del flojo. Compra lo que quieras, Val.
- Gracias, papá –le digo, dándole un último abrazo apretado antes de avanzar sola hacia el control de seguridad.
Veinte minutos después, la realidad me aplasta contra el asiento 14A del avión. El espacio se siente demasiado vacío sin Roque cerca, y la incertidumbre de tenerlo allá abajo, en la bodega de equipaje, solo aumenta mi malestar.
No mucho después el avión ruge en la pista y se eleva sobre el azul del océano y los edificios de Brickell, apoyo la cabeza contra la ventanilla fría. El desastre de Charles de hace cinco noches me sube como un trago amargo por la garganta. Estoy cansada.
Me toco el colgante plateado de estrella entre los dedos y cierro los ojos mientras el avión se nivela, deseando volver a tener 10 y refugiarme en los abrazos de papá mientras mamá nos horneaba galletas. Ese era mi refugio en días como estos. Ahora sigo teniendo días horribles viviendo en dos casas que se me antojan enormes y frías.
Que se congele todo, me pido mentalmente. Tres meses de sol para forjar un corazón de acero y no sentir más vacío.