Risk – Gracie Abrams
Maia
Miércoles 10 de mayo 2028 (o día 1 en Montana).
Hay algo peor que durar casi 8 horas metida en un avión… pasar las dos horas y media que separan Bozeman de Hamilton encerrada en una camioneta con la mirada penetrante de Rhett Vance en el espejo retrovisor.
Es imposible no mirarlo.
Tiene un no sé qué que no me deja apartar la mirada de sus ojos, unos benditos ojos verde claro, o de su cuerpo en general. Es como si lo hubieran forjado en una herrería.
Es cierto que esperaba encontrarme a mi primo cuando bajé del avión, pero todo inicio de decepción se esfumó cuando vi a semejante pared de músculos. Por un momento me acordé del primo de Theodore, ese chico también es bastante atractivo.
Tenía años sin ver a Rhett y debo admitir que ha cambiado para mejor. Antes era un chico flacuchento y desgarbado. En su lugar el tipo que va manejando tiene una mandíbula tan marcada que intimida, los brazos tostados por el sol y una postura tan firme que grita que este es su territorio.
Pero por mucho que lo admire físicamente debo decir que no soporto esas miradas de suficiencia que me lanza cada tanto por el retrovisor. Es tan insoportable.
Roque suelta un bufido pesado que me regresa a la realidad. Bajo la mirada y sonrío levemente al ver la enorme cabeza de mi perro apoyada en mi regazo.
- Parece que alguien se quedó sin energías –dice Sky, que está completamente girada hacia atrás en el asiento del copiloto.
- Debe ser por el estrés del vuelo –murmuro, acariciándole tras las orejas–. Nunca había viajado en avión.
- Prueba a darle comida –dice Sky.
- Dale de comer y algo de agua apenas lleguemos, pero no de golpe si no quieres que vomite –interrumpe la voz ronca y gruesa de Rhett desde el asiento del conductor, interviniendo sin dejar de mirar la carretera. Su tono no es amable; es una orden directa–. Los cambios de presión alteran el sistema digestivo de los animales. Espera a que pasen las dos horas del viaje en un ayuno completo antes de darle nada.
Parpadeo una, dos veces, descolocada por su intromisión. Le lanzo una mirada cargada de todo el fastidio que puedo reunir a través del retrovisor, pero él ni siquiera parpadea, se limita a encogerse de hombros y volver su mirada al frente.
- Es estudiante de veterinaria –explica mi prima.
- Gracias por el consejo, doctor –replico entre dientes con una buena dosis de sarcasmo–. Sé perfectamente cómo cuidar a mi perro.
- Y por eso lo subiste a un avión durante ocho horas –masculla, acomodándose el sombrero con la mano izquierda mientras mantiene la derecha firme en el volante.
Sky suelta una risa nerviosa y se apresura a cambiar de tema antes de que yo decida que la nuca del ogro que va al volante es un blanco perfecto para probar el comando de ataque que le estoy enseñando.
- Ah, Maia, Marco muere de ganas de conocerte en persona –dice Sky, y podría jurar que escuché un gruñido en la cabina–. Dijo que se va a pasar mañana en la tarde para saludar a la chica que ilumina todo Miami –agrega y esas palabras son suficientes para que mi pecho se estruje un poco más, si supieran que ilumino todo menos a mí misma. Por un momento siento que mi fachada de chica alegre se resquebraja y amenaza con romperse, lo peor es que Skyler lo nota–. ¿Estás bien, Mai-Mai? –pregunta, en sus ojos azules hay una preocupación sincera.
- Sí, todo bien –respondo de inmediato, forzando a los músculos de mi rostro a mostrar una sonrisa–. Solo estaba pensando en que hace mucho que no venía y ya me hacía falta respirar el aire del rancho –miento.
Decido que durante el resto del viaje debo aplicar mi mejor truco: hablar sin parar. Prácticamente hundo a mi prima en un parloteo interminable sobre mis proyectos de diseño interactivo en la UM, las insoportables clases de algoritmos, el calor húmedo de Florida, mi amiga escritora, le pregunto por el negocio de la familia y hasta por el chico ese que tenía lechina una de las veces que vine –nadie habla de ese verano, así de desesperada estoy–. Hablo tanto que siento que tengo la garganta seca, pero funciona: he vuelto a levantar mis muros y mantengo los recuerdos de Charles y mis padres en una cajita al fondo de mi mente a la que le pongo candado.
Dos horas y media después, por fin, la camioneta cruza el arco de entrada de Los Pinos Gemelos.
El paisaje es imponente. Pasamos frente a kilómetros de vallados de madera gastada, los enormes silos de metal galvanizado que brillan bajo el sol de la tarde y un par de cobertizos donde descansan los tractores, antes de enfilar el camino de tierra bordeado de pinos que lleva directo a la casa principal. En cuanto Rhett pone el freno de mano frente a la casa principal y abro la puerta trasera Roque, que había estado adormilado y bufando todo el rato, se transforma. El cansancio del vuele se le olvida por completo en cuanto sus patas tocan la tierra de Hamilton. Al ver las vacas a lo lejos, en uno de los corrales, y percatarse de toda la libertad que ahora posee, sale disparado entre los pastizales como si la vida le fuera en ello, bate la cola con tanta fuerza que si lo quisiera podría salir volando.
- ¡Roque, no! ¡Regresa aquí! –le grito, bajándome de la pick-up mientras ahogo una carcajada.
- ¡Miren quién se dignó visitar a su primo favorito! –un grito ruidoso me hace desistir la búsqueda de mi perro para girarme.
Hunter viene caminando desde el granero con su gorra de béisbol de siempre y una sonrisa enorme idéntica a la de Skyler.
- Corre –dice, con un brillo de malicia y diversión en sus ojos azules.
Mi cuerpo se tensa de inmediato. Parpadeo una vez antes de retroceder un par de pasos y echar a correr.
- ¡Hostias, Hunter! –grito–. ¿No puedes ser un primo normal por una vez en tu vida? –chillo casi sin aliento.
Cuando pienso que ya lo he dejado atrás unos brazos firmes y algo bronceados me rodean las rodillas. No me da tiempo de reaccionar; me levanta por los aires haciéndome perder el suelo por completo.
- ¡AHHHH! ¡Bájame, idiota!
Apoyo mis manos en sus hombros en busca de estabilidad mientras él se pone a darme vueltas como si todavía tuviéramos diez años. Contrario a dejarme libre me baja un poco para apretarme en un abrazo gigante que me baja las revoluciones.
- Te extrañé, Mai-Mai –murmura mi primo, dejándome caer al suelo.
- Y yo a ti, Humpty Dumpty –le digo, acomodándome el top blanco que se me ha descolocado un poco con la carrera y las vueltas.
- Deberías bajarle dos al drama o no sobrevivirás al verano, Miami –la voz áspera de Rhett rompe el momento. Pasa por nuestro lado cargando mi maleta de lona como si no pesara nada, con la mandíbula apretada y esa mirada indescifrable que me ha estado lanzando todo el viaje. Camina hacia el porche sin detenerse.
- Ignóralo, hoy está más insoportable de lo normal –murmura Hunter, pasándome un brazo por los hombros mientras caminamos hacia la gran casa de madera y piedra–. Ven a saludar, mamá tiene horas cocinando.
Al cruzar el umbral, el olor a pan horneado, madera y estofado caliente me golpea el rostro, abrazándome con una calidez que me hace soltar todo el aire que no sabía que contenía. La tía Sarah sale de la cocina secándose las manos en un delantal. En cuanto me ve, sus ojos avellana se iluminan.
- ¡Miren que princesa acaba de llegar! –exclama, envolviéndome en un abrazo que huele a vainilla y a hogar. Me aprieta con fuerza, y por un segundo tengo que tragarme el nudo que se me forma en la garganta.
El tío Arthur aparece justo detrás, alto e imponente con su eterna camisa de cuadros, y me da una palmadita cariñosa en la espalda antes de unirse al abrazo. Por unos minutos, rodeada de mis tíos y mis primos, el dolor de Miami se siente un poco más lejano.
- ¿Y tu equipaje? –pregunta la tía Sarah, mirando a mi alrededor.
- Ya Vance lo dejó todo en el pasillo, tía –le digo, mientras Roque entra husmeando tímidamente el suelo de madera–. Por cierto, espero que no les moleste que me quede en el cuarto de Sky. Sé que prepararon la habitación de invitados, pero...
- ¿Quién quiere una fría habitación de invitados pudiendo desordenar la mía? –interrumpe Sky pasando un brazo por mis hombros con una sonrisa cómplice, guiñándome un ojo–. Además, tenemos demasiados chismes pendientes.
- Está bien, par de rebeldes, pero primero a comer –sentencia la tía Sarah con tono cariñoso–. Tienes cara de no haber tocado bocado en todo el viaje.
- La comida de los aviones sabe a cartón –digo con una mueca.
- Vamos a arreglar tus cosas antes de comer, Maia –dice Sky, tirando de mi mano en dirección a las escaleras.
Subimos las maletas a la habitación de Sky entre risas y empujones con Hunter. El cuarto sigue exactamente igual a como lo recordaba: carteles de rodeos, fotos de nosotras de niñas colgadas en la puerta y ese olor a pino tan característico. Deshago mi maleta rápido, tirando mis shorts y blusas cómodas en el armario que compartiremos durante este verano, intentando mantener la mente ocupada. Pero mi mirada se escapa constantemente por la ventana hacia el área de las caballerizas. Mi corazón da un vuelco.
Storm.
- Tía –digo en cuanto bajo las escaleras, encontrándola en la cocina–, ¿puedo ir a las caballerizas un momento antes de cenar? Por fis… quiero ver a…
- El sol ya se está ocultando, Mai-Mai, y los caballos están descansando en sus boxes –me frena la tía Sarah con una sonrisa suave pero firme–. Además, la cena está servida. Mañana a primera hora podrás ir.
Asiento, forzando una sonrisa, y me siento a la mesa. Cumplo con el protocolo familiar, como el estofado, hablo y río cuando es necesario, pero la ansiedad me carcome por dentro. Necesito un respiro. Necesito algo real, algo que no me recuerde a la traición de Charles ni a los gritos de mis padres.
Así que, en cuanto terminamos y los tíos se quedan conversando en la sala mientras Sky sube a ducharse, aprovecho la distracción. Me escabullo en silencio por la puerta trasera, sintiendo el aire helado de la noche de Montana golpear mis hombros descubiertos.
Dios. Extrañaba esta sensación de libertad. En Miami es como si estuviera encerrada en una jaula de oro. ¿Lo triste? Yo sólita cerré la jaula.
Camino a paso rápido hacia el granero principal. El silencio del rancho a esta hora es sepulcral, solo interrumpido por el sonido de mis botas nuevas contra la tierra y el crujido de la madera texturizada de la estructura. Empujo la enorme puerta del establo, el familiar olor a alfalfa, cuero y paja me inunda, trayéndome ráfagas de mi infancia. Las luces del pasillo están a medio gas, sumiendo el lugar en una penumbra acogedora.
Avanzo lentamente entre los boxes. Algunos caballos asoman sus hocicos buscando caricias, y les doy palmaditas suaves en las narices, con el corazón acelerado. Sigo caminando hasta que, al fondo del pasillo, distingo el letrero tallado en madera: Storm.
La opresión de mi pecho comienza a disminuir con cada paso que doy hacia el box. El box de mi hermoso caballo negro.
Justo cuando voy a estirar la mano para abrir la puerta del box, una silueta alta y ancha se materializa desde la penumbra, bloqueando la luz del pasillo rústico. Me sobresalto, dando un paso atrás de inmediato.
Es Rhett. Lo distingo incluso antes de que salga por completo de la penumbra.
No se ha ido a su casa. Lleva una manzana a medio cortar en una mano y una rasqueta de metal en la otra; sus vaqueros están manchados de tierra y tiene la camisa rústica ligeramente desabotonada en el cuello. Da un paso al frente, entornando sus ojos verde claro, y su ceño se frunce de inmediato al reconocerme. Su tono, como siempre, es tosco y carente de cualquier amabilidad.
- Cuidado, Miami. Aléjate de ese box –masculla, dándole un mordisco a la otra mitad de la manzana–. Este caballo es de los más ariscos del rancho, no está acostumbrado a los extraños y menos a los que huelen a perfume caro de playa. Te puede soltar una coz y no tengo ganas de tener que atenderte una costilla rota.
Lo miro fijamente. Una chispa de indignación y suficiencia se enciende en mi pecho, borrando todo mi cansancio. ¿Este tipo de verdad me está diciendo qué hacer en el rancho de mi familia?
Ruedo los ojos con fuerza, lanzándole una mirada cargada de superioridad. En lugar de asustarme o retroceder, doy un paso firme hacia adelante, ignorando por completo la distancia física entre nosotros. Paso tan cerca de él que puedo oler el cuero y el aire libre que desprende su piel, notando cómo su cuerpo se tensa de inmediato ante mi cercanía.
Hala. Al parecer no soy la única afectada por la cercanía del otro.
No le quito los ojos de encima, desafiándolo a detenerme, cuando deslizo el pestillo de la puerta del box y entro sin una pizca de miedo.
Storm, el imponente semental negro, relincha bajito en cuanto me ve. Pero lejos de atacar o mostrarse arisco, el animal da dos pasos hacia mí, baja su enorme cabeza y la apoya con una docilidad absoluta contra mi hombro, soltando un bufido de pura satisfacción contra mi cuello. Sonrío de verdad por primera vez en días, envolviendo mis brazos alrededor de su espeso cuello, hundiéndome en su calor.
Me giro lentamente hacia Rhett, manteniendo mis brazos sobre el caballo.
Se ha quedado completamente estupefacto. Tiene la palabra en la boca, la rasqueta a medio levantar y la mandíbula un poco desencajada, mirándome como si acabara de ver a un fantasma.
- Vance. Es mi caballo –le digo con una sonrisa de suficiencia que me achina los ojos gris tormenta–. Sé perfectamente lo arisco que es.