A la luz del día y en rojo ardiente

CAPÍTULO 1 - El día antes


Oliver Sterling ajustó el nudo de su corbata frente al espejo del vestíbulo, una maniobra mecánica que repetía cada mañana hasta lograr una simetría impecable. La seda esmeralda se sentía fría contra sus dedos, un recordatorio táctil de que Ridgewood no aceptaba arrugas ni dudas. A través del cristal, su reflejo le devolvió una imagen impecable: el blazer cortado a medida, la solapa dorada atrapando la luz del techo y esa expresión de calma manufacturada que su apellido le exigía portar. Ridgewood tenía su propio olor. No era el de los billetes, sino algo más extraño. Era olor a una limpieza tan agresiva que casi daba miedo, a flores que pagaban por estar ahí y a un silencio que solo podías comprar si tenías suficiente dinero en el banco. Eso era Ridgewood.

Caminó por el pasillo principal sintiendo el peso de la Founders Night vibrar en el aire. No era una gala escolar; era una vitrina, y Oliver era el diamante principal de la exposición. Mientras avanzaba, notó cómo el flujo de estudiantes se abría sutilmente a su paso, una deferencia no dicha que él aceptaba sin mirar. Por dentro, su mente era una lista de logística: el ángulo de las luces en el auditorio, el tiempo de entrada de los Hawks, el tono exacto de la primera nota. Oliver no era solo el capitán; era el pegamento que sostenía el mito de la perfección institucional, y esa mañana, la armadura del uniforme le apretaba un poco más de lo habitual.

—Si recibo una notificación más de Spencer Caldwell, voy a tirar mi teléfono al lago de los donantes —murmuró Max Bennett, materializándose a su lado con esa familiaridad que no pedía permiso—. Juro por dios que esa chica va a explotar de puro estrés un día de estos.

Oliver no se detuvo, pero sus labios se curvaron apenas un milímetro. Max llevaba el cabello con ese desorden calculado que solo alguien con su estatus podía permitirirse, una grieta deliberada en el muro de mármol de la escuela. Oliver lo miró de reojo, registrando la falta de tensión en los hombros de su amigo, algo que él mismo no recordaba haber sentido en semanas.

—No lo harías, Max. Te gusta demasiado saber exactamente en qué segundo planea que te mueras —respondió Oliver, su voz manteniendo esa cadencia pulida que nunca revelaba el esfuerzo detrás de ella.

—Cierto. Probablemente organizaría mi entierro con un resaltador fluorescente y un código de vestimenta —suspiró Max, justo antes de que una presencia magnética cortara el aire entre ambos.

Amanda Rivera avanzó con el sonido rítico de sus zapatos contra el suelo pulido, una marcha que exigía atención antes de que ella abriera la boca. Su blazer esmeralda parecía brillar con una intensidad distinta, y su mirada recorrió a los dos chicos como si estuviera evaluando su valor de mercado. Amanda no caminaba; colonizaba el espacio. Detrás de ella, Sophia Kim se sumó al grupo con la discreción de una sombra analítica. Su uniforme estaba cerrado hasta el último botón, una decisión estética que gritaba control. Sophia no necesitaba elevar la voz; su silencio siempre se sentía como si estuviera registrando datos que los demás ignoraban.

—Spencer está en el vestíbulo. Tiene esa expresión que pone cuando cree que el destino de la civilización depende de la alineación de las mesas —comentó Sophia, sin inmutarse—. Viene hacia aquí con una carpeta y un nivel de cafeína que debería ser ilegal.

Al llegar al vestíbulo, el caos organizado de Ridgewood se hizo evidente. Spencer Caldwell estaba en el centro, con una carpeta rígida bajo el brazo y el cabello castaño recogido en una coleta tan tensa que parecía doler. Al ver al cuarteto, su rostro se iluminó con el alivio de quien ve llegar a los refuerzos en medio de un asedio.

—Gracias a Dios. Mandé tres mensajes y un maldito audio —dijo Spencer, ignorando el saludo casual de Max—. Necesito que muevan esas mesas del ala de donantes. Van en forma de U frente al auditorio. Y por favor, no las rayen; si algo le pasa a esa madera, mi cabeza será la siguiente en la lista de los fiduciarios.

Oliver asintió, tomando un extremo de la primera mesa con una eficiencia silenciosa. Fue en ese momento cuando la puerta doble del vestíbulo se abrió y los deportistas entraron como si el lugar fuera una extensión del campo de entrenamiento. Mason Keller iba al frente, con sus hombros anchos bloqueando parte de la luz, seguido por un Tyler Brooks que ya estaba lanzando bromas al aire. Ryan Callahan cerraba el grupo, moviéndose con esa facilidad de quien nunca ha tenido que pedir permiso para existir.

—¿Dijiste cosas pesadas, Caldwell? —preguntó Ryan, acercándose a Spencer con una sonrisa que hizo que la presidenta del comité bajara la guardia por un segundo—. Porque nosotros somos básicamente el departamento de fuerza bruta.

Ryan miró a Oliver sobre el tablero de la mesa. No fue un saludo, fue un reconocimiento de espacio. Los deportistas se pusieron a trabajar de inmediato, cargando las piezas de madera con una fuerza que hacía que el esfuerzo de Oliver pareciera delicado en comparación. Amanda observaba la escena con una ceja alzada, disfrutando de la colisión de mundos.

—¿Ves? Cinematografía pura —susurró Amanda a Oliver—. Los deportistas transpirando mientras nosotros aportamos la estética. Es casi un cliché, incluso para Ridgewood.
Oliver intentó no sonreír, pero la mirada de Ryan lo seguía, una línea de tensión que no desapareció hasta que la última mesa estuvo en su sitio. Spencer exhaló, apenas, volviendo al caos con su carpeta como si fuera una espada, dejando al grupo con la satisfacción amarga de haber cumplido con la primera cuota de perfección del día.

—Mi reino por un carbohidrato que no me haga sentir culpable —sentenció Max, limpiándose una mota de polvo inexistente de su blazer—. Mover muebles de donantes debería contar como crédito deportivo.

Oliver asintió, sintiendo el ligero escozor del esfuerzo en sus palmas. No era el peso de las mesas lo que lo agotaba, sino la mirada de Ryan que todavía parecía flotar en el aire del vestíbulo. Necesitaba un cambio de escenario, aunque el Gran Salón de Ridgewood no fuera precisamente un lugar para relajarse, sino otro tipo de campo de batalla.




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