El túnel huele a hielo y a silencio.
Apoyo las manos en las rodillas y respiro hondo. El vestido pesa. Siempre pesa, pero esta noche noto cada piedra, cada costura, como si el rojo quemara sobre la piel.
Detrás de mí, alguien se mueve.
No necesito mirar. Conozco esa forma de pisar. La conozco desde hace semanas, aunque finja que no.
—¿Preparada?
Su voz llega baja, cerca. Demasiado cerca.
Me incorporo despacio. No me giro del todo. Solo lo justo para verlo de reojo: el hombro apoyado en la pared, los brazos cruzados, esa camisa que no debería mirar pero miro.
La manga corta deja ver su antebrazo. El mismo que tantas veces...
Aparto la vista.
—¿Tú lo estás?
Él no responde. O quizá responde con algo que no escucho, porque en ese momento el murmullo del otro lado se abre paso. El público. Las luces. El mundo esperando.
Solo quedamos nosotros en la penumbra.
—Vale.
Mi nombre en su boca. Suena distinto.
Alargo la mano hacia la salida. Hacia el hielo. Hacia lo que viene.
Y entonces siento su mano en la mía.
—Espera.
Me giro. Sus ojos buscan los míos. Por una vez, no hay arrogancia. Solo algo que no sé nombrar.
—Pase lo que pase...
No termina la frase.
Afuera, la música empieza a sonar.
Un mes antes...