A Prueba De Hielo

¡Qué noticia!

Valencia

La noticia me llegó un martes por la mañana, cuando aún arrastraba las agujetas del entrenamiento del día anterior y el único pensamiento coherente que cruzaba mi cabeza era cuánto me quedaba para poder desayunar.

—¿Has visto el correo? —preguntó Santi sin levantar la vista del móvil.

Santi es mi coreógrafo. Bueno, era el coreógrafo de mi anterior pareja. Ahora es una especie de ángel de la guarda sin sueldo que todavía no ha tenido valor para decirme que quizá debería ir pensando en buscar otra profesión.

—Todavía no —respondí, ajustándome los patines.

Llevábamos una hora de entrenamiento en solitario. Bueno, solitario. Santi y yo, la pista vacía y mi obsesión por no olvidar lo que era patinar con otro cuerpo pegado al mío. Desde que Marcos se lesionó y anunció su retirada, el hielo se había vuelto un lugar extrañamente silencioso.

—Pues míralo —dijo Santi con un tono que me obligó a levantar la cabeza.

Tenía esa expresión. La de "no sé si voy a darte una buena o una mala noticia, pero seguro que te va a cambiar el día".

Saqué el móvil del bolsillo de la sudadera. Correo. Federación Nacional de Patinaje. Asunto: Convocatoria Especial para Gala Benéfica.

—¿Una gala? —murmuré—. ¿A mí?

—Sigue leyendo.

Deslicé el dedo. Y entonces lo vi.

Su nombre en mayúsculas. LEANDRO MONTERO.

—No.

—Sí.

—No.

—Ya lo he leído tres veces. Sí.

Dejé el móvil sobre el borde de la pista como si quemara. Me quité los guantes. Me los volví a poner. Me giré hacia Santi con la peor de mis miradas, esa que reservo para cuando el mundo se empeña en cabrearme.

—Es una broma.

—Ojalá.

—No voy a patinar con Leandro Montero.

—Pues la federación cree que sí.

—Es un idiota.

—Eso he oído.

—Es arrogante, insoportable, egocéntrico, y la última vez que coincidimos en una competición me llamó "la bailarina de hielo" en tono de burla.

—También es el campeón nacional.

—Eso no le da derecho a ser imbécil.

Santi se encogió de hombros y se acercó al borde de la pista. Cruzó los brazos, apoyó la cadera en la valla y me miró con esa paciencia infinita que debe tener un santo para aguantar a una patinadora frustrada.

—Mira, Vale. Tú necesitas visibilidad. Desde lo de Marcos, tu teléfono no suena. Las competiciones en pareja se te cierran una tras otra. Y ahora llega esto: una gala benéfica, televisión nacional, y el patinador más mediático del momento. No te están pidiendo que te cases con él. Solo que patinen juntos tres minutos y medio.

—¿Tú te oyes? —resoplé—. Tres minutos y medio con Leo Montero. El tío que no concibe que el hielo no sea suyo. Que cree que patinar en pareja es de débiles. Que...

—Que es tu oportunidad, Vale.

La frase me golpeó en el pecho. Mi oportunidad.

Llevaba meses escuchando eso. "Ten paciencia, Vale." "Ya llegará tu oportunidad, Vale." "Con tu talento, algo saldrá, Vale."

Pues nada salía.

Y ahora, de repente, esto. Una gala benéfica. Un número de exhibición. Un mes de ensayos. Y él.

Leandro Montero.

—¿Y si digo que no?

Santi sonrió con tristeza.

—Sabes que no puedes.

Lo sabía. Maldita sea, lo sabía.

Agarré el móvil otra vez. Releí el correo. Las condiciones: un mes, un coreógrafo designado por la federación (adiós, Santi), y la obligación de crear un número original para la gala de fin de año. Televisado. En directo. Con Leandro Montero.

Apoyé la cabeza en la valla y cerré los ojos. El frío del hielo me calaba hasta los huesos, pero no era nada comparado con el frío que me recorría al pensar en compartir pista con él.

—Vale —dijo Santi—. Una cosa más.

—¿Qué?

—Él también ha recibido el mismo correo.

Abrí los ojos.

—¿Y?

—Y corre el rumor de que ya ha llamado a su entrenador para decir que no piensa hacerlo.

Una sonrisa torcida se me escapó sin querer.

—¿En serio?

—En serio. Parece que la idea de patinar contigo le sienta tan bien como a ti la de patinar con él.

—Entonces...

—Entonces veremos quién cede primero.

Me incorporé. Por primera vez en meses, sentí algo que no era frustración. Era... ¿ganas? ¿Curiosidad? No lo sabía. Pero el hielo, de repente, ya no me parecía tan vacío.

—Que empiece el juego —murmuré.

Y Santi soltó una carcajada.

Leandro

—No.

—Leo.

—He dicho que no.

—Ya sé lo que has dicho, pero...

—No hay pero que valga. No pienso hacerlo.

Colgué la chaqueta en la taquilla sin mirar a Nacho. No hacía falta. Sabía perfectamente la cara que pondría: esa mezcla de paciencia infinita y ganas de estrangularme que llevaba diez años perfeccionando.

—Es solo una gala —insistió.

—Una gala benéfica. Con una patinadora de danza. Que no hace saltos. Que no entiende de potencia. Que...

—Que es Valencia Ibarra. Que no tiene pareja. Que es la mejor en lo suyo.

Me giré por fin. Nacho estaba apoyado en la puerta del vestuario, los brazos cruzados, el móvil en la mano con el correo de la federación todavía en pantalla. Mi entrenador. Mi mentor. El único hombre al que no podía mandar a la mierda sin remordimientos.

—¿Y qué se supone que voy a hacer yo con una patinadora de danza? —pregunté, señalándole el móvil—. ¿Un pasodoble? ¿Un vals?

—Lo que sea. Da igual. La cuestión es que salgas en televisión, que la gente te vea, que los patrocinadores...

—Ya tengo patrocinadores.

—¿Y quieres seguir teniéndolos?

Esa pregunta se quedó flotando en el aire. Nacho la usaba siempre. Era su arma secreta, la que sabía que me desarmaba.

Porque claro que quería. Porque el patinaje individual no se paga solo. Porque los viajes, los entrenamientos, los fisios, todo eso cuesta dinero. Y los patrocinadores quieren rostros conocidos. Quieren audiencia. Quieren...

—Ella tampoco quiere —dije, cambiando de estrategia—. Me han dicho que ya está protestando.




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