A Prueba De Hielo

Primer ensayo

La pista de hielo del Centro de Alto Rendimiento huele a desinfectante y a cloro, como todas las pistas. Pero a las ocho de la mañana, con las gradas vacías y la luz fluorescente rebotando en el hielo, tiene algo de templo vacío.

Llegué veinte minutos antes.

Siempre llego veinte minutos antes.

Me até los patines, di dos vueltas de calentamiento, revisé la música tres veces en el móvil y, cuando miré el reloj por cuarta vez, eran las ocho y cinco.

Él no estaba.

—Concéntrate —murmuré para mí—. No es tu problema.

Lo era. Era mi problema porque el coreógrafo, un tal Martín que me había saludado con una inclinación de cabeza y ninguna palabra, llevaba diez minutos mirando el teléfono con cara de funeral.

—¿Sabe a qué hora vendrá? —pregunté.

Martín levantó la vista. Hombre mayor, canoso, con esa mirada de haberlo visto todo en el patinaje.

—Cuando quiera.

—¿Y eso no le parece mal?

—Me parece Leandro Montero. Es lo mismo.

Apreté los dientes. Odiaba darle la razón a los que llegaban tarde, pero odiaba más parecer una histérica.

Las ocho y diez.

Las ocho y cuarto.

Cuando el reloj marcó las ocho y veinte, la puerta del vestuario se abrió de golpe.

—Voy, voy, ya estoy.

La voz llegó antes que él. Y luego apareció: el cabello revuelto, la bolsa colgando de un hombro, los patines en la mano como si fueran un estorbo. Vestía una sudadera gris enorme y unos joggers negros. Parecía recién levantado.

Parecía, también, todo lo que yo había imaginado.

—Tienes veinte minutos de retraso —dije.

Él se detuvo. Me miró. Y entonces sonrió.

No una sonrisa amable. Una sonrisa de "uy, qué pesada".

—Buenos días a ti también.

—Son las ocho y veinte. Empezábamos a las ocho.

—Ya, ya, lo sé. Pero el tráfico...

—Vives a diez minutos de aquí.

La sonrisa se le borró un poco. Parpadeó, como si le sorprendiera que yo supiera dónde vivía. (Lo sabía. Lo había buscado en Google. Por si acaso. Por si tenía que prever sus retrasos. Por profesionalidad, nada más.)

—Ok —dijo, dejando la bolsa en un banco—. Tienes razón. Llego tarde. Lo siento.

No sonaba nada arrepentido.

—Póntelos —intervino Martín con voz cansina—. Llevamos veinte minutos esperando. Y tú —me miró a mí—, bájale un cambio. Esto no ha hecho más que empezar.

Resoplé, pero me callé. Martín era el coreógrafo. Martín tenía la última palabra. Al menos durante un mes.

Leo se sentó en el banco y empezó a ajustarse los patines con una parsimonia que me sacaba de quicio. Lo hacía a propósito. Estaba segurísima.

—¿Has mirado la coreografía? —pregunté.

—Sí.

—¿Y?

—Y que no voy a hacerla.

Martín y yo nos miramos.

—¿Cómo que no? —preguntó él.

Leo se levantó, dio dos pasos sobre el hielo con la soltura de quien ha nacido sobre él, y se plantó frente a nosotros con los brazos en jarras.

—Es muy lenta. Muy de danza. Yo no patino así.

—Es lo que hay —dijo Martín.

—Pues habrá que cambiarla.

—No se cambiara.

—Entonces no patino.

— Aleluya —dije sin pensar. Y luego me arrepentí.

El silencio se heló más que la pista.

Di un paso adelante. No pude evitarlo.

—¿Sabes qué? Llevo toda mi vida entrenando para esto. No para una gala benéfica, no para ti, sino para patinar. Para hacerlo bien. Para hacerlo perfecto. Y llega un tipo que cree que el mundo gira a su alrededor, que veinte minutos de retraso no importan, que una coreografía es "lenta" solo porque no puede seguirla...

—Yo puedo seguirla —me cortó.

—Pues demuéstralo. — lo reté.

Nos miramos fijamente. El hielo entre nosotros parecía más frío de repente. O más caliente. No sabría decirlo.

Martín suspiró con todo el cuerpo.

—Vamos a hacer una cosa —dijo—. Vais a patinar juntos. Una vez. Sin música. Solo para ver si existe algo aquí.

—¿Qué? —preguntó Leo.

—Química. Conexión. Lo que sea. Si no hay, cambiamos la coreografía. Si hay... —se encogió de hombros—. Ya veremos.

No me gustaba. No me gustaba nada. Pero antes de poder protestar, Leo ya estaba deslizándose hacia el centro de la pista.

—Vamos, bailarina —dijo sin mirarme—. Te espero.

Bailarina. Otra vez.

Apreté los dientes y salí al hielo. Qué odio.

Nos colocamos uno frente al otro. Demasiado cerca. Notaba el calor de su cuerpo a pesar del frío. Notaba su respiración. Notaba todo lo que no quería notar.

—No me mires así —dijo en voz baja.

—¿Cómo?

—Como si quisieras matarme.

—Es que quiero.

—Pues mala suerte. Vas a tener que aguantarme.

—Es mucho tiempo.

—Para ti y para mí.

Martín levantó la mano.

—Preparados. Vamos a hacer una secuencia sencilla. Los dos a la vez. Giros, un par de pasos, y luego una elevación básica. La de siempre. ¿Bien así?

Asentimos.

—Tres, dos, uno...

Empezamos.

Los primeros segundos fueron extraños. Nuestros cuerpos se movían en paralelo, pero como si cada uno patinara en una película distinta. Él demasiado rápido, yo demasiado contenida. Él queriendo imponer su ritmo, yo negándome a seguirlo.

—Más despacio —susurré.

—Más rápido —respondió.

—No me empujes.

—No te empujo, te marco.

—Pues no marques.

Llegamos al giro. Yo lo hice limpio, cerrado, perfecto. Él lo hizo enorme, abierto, casi vulgar.

—¿Ves? —dijo—. No encajamos.

—Tú no encajas con nadie.

—Tampoco tú.

La elevación.

Martín nos indicó la posición. Yo me coloqué frente a él, las manos en sus hombros, las suyas en mi cintura. El contacto fue un latigazo. Noté el calor de sus palmas a través de la malla, el peso de sus dedos, la forma en que me sujetaba como si temiera que fuera a romperme.

—Voy a levantarte —dijo en voz baja.

—Lo sé.

—Confía.

—No confío en ti. Ni jugando.

Sonrió. Esa sonrisa suya, la de arrogante, la de "yo sé algo que tú no".




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