Al día siguiente llegué tarde.
No mucho. Diez minutos. Pero lo suficiente para encontrarme la pista vacía y a él ya patinando solo, dando vueltas como si el hielo le perteneciera.
—¿Tarde? —preguntó sin dejar de moverse—. Qué raro. Yo pensaba que la puntual era tú.
—El tráfico —mentí.
No era el tráfico. Era que había dormido mal. Que no dejaba de darle vueltas a la elevación. A sus manos. A esa mirada suya cuando bajé.
—Claro, el tráfico —sonrió.
Me até los patines en silencio. Martín aún no había llegado. Estábamos solos.
—Podemos ir calentando —dijo, deslizándose hacia mí—. Si quieres.
—¿Tú? ¿Queriendo calentar? No me digas.
—Oye, a veces tengo iniciativa.
—Nunca la has tenido.
—Contigo, quizá.
La frase quedó flotando. Demasiado ambigua. Demasiado cerca de algo que no quería explorar.
Salí al hielo y empecé a patinar en la dirección opuesta.
—¿Huyes de mí? —preguntó desde atrás.
—Huyo de perder el tiempo.
—Pues te persigo.
Y lo hizo. Aceleró, me alcanzó, se puso a mi lado. Patinábamos en paralelo, brazos colgando, respiración acompasada. Como si lleváramos años haciéndolo.
—¿Sabes? —dijo sin mirarme—. Anoche estuve pensando.
—¿En qué?
—En lo que dijo Martín. Sobre la química.
No respondí.
—No sé tú —continuó—, pero yo noté algo.
—Notaste una elevación.
—Noté algo más.
Frené en seco. Él frenó también, giró sobre los patines y se plantó frente a mí.
—Escucha —dije—. No sé qué crees que pasó ayer, pero no fue nada. Fue un ensayo. Una elevación. Nada más.
—Mientes.
—No miento.
—Mientes —repitió—. Porque si no hubiera pasado nada, no estarías tan nerviosa ahora.
—No estoy nerviosa.
—Estás tensa. Se te nota en los hombros. En la forma de moverte. En que no me miras a los ojos.
Lo miré.
Error.
Porque sus ojos tenían algo. Una claridad. Una forma de sostenerme que no me gustaba nada.
—Buenos días —la voz de Martín llegó como un salvavidas—. Veo que ya estáis calentando. Bien, bien.
Leo dio un paso atrás. Yo respiré.
La clase empezó.
Fue mejor que el día anterior. O peor, según se mire. Mejor porque logramos sincronizarnos en algunos pasos. Peor porque cada vez que nuestras manos se encontraban, cada vez que él me sujetaba para un giro, la electricidad volvía.
Y ya no podía fingir que no la sentía.
—Vale —dijo Martín después de una hora—, vamos a repetir la elevación. Pero esta vez quiero que la sostengáis más tiempo. Que bajéis despacio. Que haya contacto visual.
—¿Es necesario? —pregunté.
—Sí.
Leo sonrió. Ese imbécil sonreía.
Nos colocamos. Otra vez sus manos en mi cintura. Otra vez las mías en sus hombros.
—Preparados —dijo Martín—. Arriba.
Me elevó.
El aire. El vértigo. El techo. Y luego el descenso, lento, muy lento, su rostro acercándose al mío centímetro a centímetro.
—Mírame —susurró.
No quería.
—Vale, mírame.
Lo hice.
Y entonces, cuando mis pies tocaron el hielo, cuando su cuerpo estaba todavía pegado al mío, cuando supe que debía apartarme pero no podía, él dijo:
—¿Ves? No es tan difícil.
—¿El qué?
—Dejarte llevar.
Alguien tosió desde la grada.
Nos separamos como si nos hubieran pillado haciendo algo prohibido. Miré hacia las gradas. Una mujer con carpeta y credencial nos observaba con interés profesional.
—¿Quién es? —pregunté.
Martín suspiró.
—De la federación. Quiere ver los avances.
—¿Ya?
—Ya.
La mujer bajó hacia el borde de la pista. Sonreía, pero no era una sonrisa amable. Era de esas que evalúan, que miden, que toman nota mental de todo.
—Buenos días —dijo—. Soy Paloma. Coordinadora de prensa de la federación. ¿Podemos hablar un momento?
Leo y yo nos miramos.
—Claro —dijo él.
Paloma abrió su carpeta.
—Tenemos que planificar la promoción de la gala. Entrevistas, redes sociales, alguna aparición conjunta en televisión. Vais a ser la pareja estrella.
—¿Pareja? —pregunté—. No somos pareja.
Ella sonrió.
—Pareja artística. Sobre el hielo. El resto no importa.
Pero el modo en que lo dijo, el modo en que miró a Leo y luego a mí, sugería que sí importaba.
Que todo importaba.
—Empezamos mañana —dijo Paloma—. Sesión de fotos. Traed vuestros mejores trajes.
Y se fue, dejándonos solos con Martín y con un silencio incómodo.
—Sesión de fotos —repitió Leo—. Genial.
—¿No te gusta que te fotografíen?
—Me gusta. Pero contigo... No sé.
—¿Qué pasa conmigo?
Se encogió de hombros.
—Que en las fotos no se puede fingir.
No supe qué contestar. Porque era cierto. Y porque, de repente, la idea de posar a su lado, de tener que mirarlo a los ojos frente a una cámara, me daba más miedo que cualquier elevación.
Martín nos observaba en silencio con una sonrisa que no me gustó nada.
—Bueno —dijo por fin—. Esto se pone interesante.