Dos días después de la sesión de fotos, mi teléfono vibró con un mensaje que no esperaba.
Leo: ¿Crees que podríamos quedar antes del ensayo? Para repasar la coreografía.
Lo leí tres veces. La coreografía. Claro. La coreografía.
Vale: ¿Dónde?
Leo: Hay una cafetería cerca de la pista. La de siempre. ¿A las nueve?
La de siempre. Como si yo supiera cuál era su cafetería de siempre.
Acepté. Y a la mañana siguiente, con una mezcla de curiosidad y algo que no quería nombrar, crucé la puerta de aquel local pequeño, de madera oscura y olor a café recién molido.
Él ya estaba allí.
Sentado en una mesa junto a la ventana, con una taza humeando entre las manos. Llevaba una sudadera gris y el pelo todavía un poco húmedo. Parecía más joven así, sin la armadura de patinador estrella.
Me vio entrar y levantó la mano. Un gesto sencillo, casi tímido.
—Llegas temprano —dije mientras me sentaba.
—Tú me has contagiado.
—¿El qué?
—La puntualidad. Es molesto.
Sonreí. No pude evitarlo.
Una camarera se acercó. Pedí un té verde, el de siempre. Leo me miró con curiosidad.
—¿Té verde?
—Ayuda con la inflamación. Los entrenamientos...
—Ah. Claro.
Bebió un sorbo de su café. Neg solo. También el de siempre, supuse.
—En realidad —dijo— no he quedado contigo para hablar de coreografía.
—¿Ah, no?
—No. La coreografía la dirige Martín. Yo no sé nada de eso.
—Entonces...
Se encogió de hombros.
—Quería tomar un café. Y no me apetecía hacerlo solo.
La frase flotó entre nosotros. Sencilla. Demasiado sencilla.
—¿Sueles hacer cosas solo? —pregunté.
—Sí.
—¿Y no te gusta?
—Depende. Hay días que sí. Días que no.
—¿Y hoy?
—Hoy no.
Me miró. Sus ojos, otra vez esos destellos dorados con la luz de la mañana.
—¿A ti te gusta estar sola? —preguntó.
—A veces.
—¿Y hoy?
Mi té llegó. Lo sujeté con las dos manos, sintiendo el calor en los dedos.
—Hoy estoy aquí —respondí.
Esa fue la primera conversación de verdad.
No hablamos de patinaje. No hablamos de la gala, ni de la coreografía, ni de la federación. Hablamos de cosas pequeñas.
Me contó que llevaba diez años despertándose a las seis de la mañana y que, aunque lo odiaba, no sabría hacer otra cosa. Que su canción favorita cambiaba cada semana. Que tenía una hermana mayor que vivía en el norte y que le mandaba fotos de sus gatos cada día, aunque él nunca había querido uno.
—Los gatos son traicioneros —dijo con toda la seriedad del mundo.
—¿Traicioneros?
—Te dan cariño cuando quieren. Te ignoran cuando les conviene.
—Como los patinadores arrogantes.
Sonrió. Esa sonrisa pequeña, la de verdad.
—Exacto.
A cambio, le conté que mi madre había sido bailarina. Que de niña yo quería serlo también, pero que el cuerpo no me acompañó. Que encontré el patinaje casi por casualidad, en una clase a la que mi madre me apuntó para que no estuviera en casa llorando.
—¿Llorabas? —preguntó.
—Mucho.
—¿Y ahora?
—Ahora también. Pero en la pista no.
—¿Por qué?
Pensé la respuesta. Nadie me había preguntado eso antes.
—Porque en la pista soy otra. O la que siempre quise ser. No sé explicarlo.
—Yo tampoco sé explicar por qué patino —dijo—. Pero entiendo lo que dices.
Por un momento, el café dejó de ser solo un café. Fue un lugar donde dos personas que no deberían entenderse se entendieron.
El móvil de Leo vibró. Miró la pantalla y puso los ojos en blanco.
—¿Qué pasa?
—Mi entrenador. Preguntándome si voy a llegar tarde.
—¿Vas a llegar tarde?
—No. Pero él no se lo cree.
Guardó el móvil y me miró con algo que parecía timidez. Timidez. En Leandro Montero.
—Oye, Vale... Lo de la rueda de prensa.
—¿Qué rueda de prensa?
—La de aquel campeonato. Cuando te llamé "bailarina de hielo". Lo siento.
No esperaba eso.
—Fue un comentario estúpido —continuó—. Y no era cierto. Eres mucho más que eso.
Me quedé en silencio. No porque no supiera qué decir, sino porque sentí algo que no quería sentir. Algo que se ablandaba dentro de mí.
—Gracias —dije al fin.
—¿Por aceptar las disculpas o por ser más que una bailarina?
—Por las dos cosas.
Sonrió. Pagó la cuenta antes de que pudiera protestar.
—No te acostumbres —dijo—. Solo hoy.
Salimos a la calle. El sol de la mañana nos dio de lleno. Él echó a andar hacia la pista, yo a su lado, nuestros hombros casi rozándose.
—¿Sabes? —dijo de repente—. No es tan difícil estar acompañado.
—¿No?
—No. Depende de quién.
Caminamos en silencio hasta la pista. No era un silencio incómodo.
Al llegar, Martín ya estaba esperando con las manos en las caderas.
—Por fin —dijo—. Pensé que no ibais a venir.
—Hemos repasado la coreografía —respondió Leo con una cara tan seria que casi me reí.
Martín nos miró alternativamente, con esa expresión de quien sabe más de lo que dice.
—Claro. La coreografía. Pues ahora la repasamos de verdad. Al hielo, los dos.
Nos miramos. Y por un segundo, en sus ojos vi que estábamos pensando lo mismo.
La cafetería no había sido un ensayo.
Pero quizá, sin saberlo, había sido algo más importante.