A Prueba De Hielo

La grieta

El ensayo comenzó mal y fue empeorando.

Martín nos había preparado una nueva secuencia para la parte central del número. Más rápida. Más exigente. Con un cambio de agarre que obligaba a Leo a soltarme y volver a sujetarme en menos de un segundo.

—Es sencillo —dijo Martín después de explicarlo por tercera vez—. Ella gira, tú la sueltas, das un paso, la vuelves a tomar. Fluido. Sin pausas.

—Sencillo —repitió Leo con una media sonrisa—. Claro.

—¿Problema?

—Ninguno. Que ella gira demasiado despacio.

El comentario me heló.

—¿Demasiado despacio?

—Para lo que pide la música, sí.

—Yo giro a la velocidad que tengo que girar para que la elevación salga limpia.

—Pues a la velocidad que giras, la elevación no va a salir.

—¿Ah, no? ¿Y tú qué sabes de elevaciones? Tú siempre has patinado solo.

—Porque no necesito a nadie para hacer las cosas bien.

El silencio se volvió afilado.

Martín nos miró alternativamente con esa expresión de quien sabe que está ante una bomba a punto de estallar.

—Cinco minutos —dijo—. Despejad la cabeza. Luego repetimos.

Se alejó hacia la valla, donde dejó caer el bloc de notas con un suspiro.

Nos quedamos frente a frente en el hielo. Las mejillas me ardían. No solo por el esfuerzo.

—¿En serio crees que no sé patinar en pareja? —pregunté.

—No he dicho eso.

—Has dicho que patino despacio. Que no sé girar. Que la elevación no va a salir por mi culpa.

—He dicho que vas lenta para el ritmo de la música. Que si no ajustamos los tiempos, la elevación no funcionará. Son cosas distintas.

—No. Son las mismas. Porque para ti todo es mi responsabilidad.

—No es...

—Sí. Para ti yo soy la bailarina lenta. La que no sabe. La que no está a tu altura.

—Vale, no he dicho eso.

—Lo has pensado.

Sus manos se cerraron en puños. Vi cómo apretaba la mandíbula, cómo contenía algo.

—¿Quieres saber lo que pienso de verdad? —dijo al fin.

—Dilo.

—Pienso que llevas tanto tiempo con miedo a fracasar que has olvidado cómo se arriesga. Que te escondes detrás de la perfección porque así no tienes que enfrentarte a lo que pasa si fallas.

La frase me golpeó en el pecho. Porque era cierta. Y porque él no tenía derecho a decirlo.

—¿Tú qué sabes de lo que he tenido que enfrentarme?

—No sé. Cuéntame.

—No voy a contarte nada.

—Porque tienes miedo.

—Porque no te mereces saberlo.

—¿Y tú te mereces lo que te está pasando? ¿Esto? ¿La pista vacía, los ensayos en solitario, las competiciones que se te escapan porque nadie quiere ser tu pareja?

—Cállate.

—¿Vas a decirme que no es verdad?

—He dicho que te calles.

Mi voz se rompió al final. Y él la oyó.

Por un segundo, su rostro cambió. La furia se fue, y en su lugar apareció algo que no supe identificar.

—Vale...

—No me llames así.

Di la espalda y patiné hacia la valla. Mis manos temblaban. Mis piernas también. Todo el cuerpo temblaba.

Martín se acercó.

—¿Necesitas un momento?

—No. Necesito que este ensayo termine.

—Aún queda una hora.

—Pues que se vaya él.

—Eso no va a...

—Entonces me voy yo.

Me quité los patines con movimientos bruscos, los dejé caer al borde de la pista y caminé hacia el vestuario sin mirar atrás.

No escuché que me llamara. No quise escuchar.

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En el vestuario, me senté en el banco y apoyé la cabeza en las manos.

Las palabras de Leo daban vueltas en mi cabeza como una cuchilla. Te escondes detrás de la perfección. Nadie quiere ser tu pareja.

No era verdad. O sí. O no quería que fuera verdad.

Mi madre decía que el patinaje me había salvado. Que cuando bailaba sobre el hielo, era libre. Pero ¿y si nunca había sido libre? ¿Y si solo había estado escondiéndome?

La puerta se abrió.

—Vete —dije sin levantar la cabeza.

—No.

Su voz sonó más cerca. Luego el crujido de sus zapatillas en el suelo de cemento. Luego el silencio de haberse sentado en el banco de enfrente.

Levanté la vista. Leo estaba a un par de metros, con los codos apoyados en las rodillas, las manos colgando.

—Lo siento —dijo.

—No quiero tus disculpas.

—Las vas a tener igual.

—Eres...

—Un imbécil. Lo sé. Me lo dices cada día.

—No lo suficiente, parece.

Se pasó una mano por el pelo. El gesto era cansado, sincero.

—No debería haber dicho eso de las parejas. O lo de esconderte. No era verdad.

—Era un poco verdad.

—Un poco. Pero no tenía derecho a decírtelo así.

—Entonces ¿cómo tendrías que haberlo dicho?

Me miró.

—No lo sé. Pero no así.

Apreté los labios. Quería seguir enfadada. Quería gritarle que se fuera, que no sabía nada de mí, que no tenía ni idea de lo que había sido crecer con un sueño que no podías alcanzar porque tu cuerpo no era el que debía ser.

Pero no lo hice.

Porque lo que había dicho, por duro que fuera, tenía algo de cierto. Y porque en sus ojos ya no había arrogancia. Había otra cosa.

—¿Por qué patinas? —pregunté.

La pregunta le sorprendió.

—¿Ahora?

—Sí. Ahora.

Pensó unos segundos.

—Porque es lo único que sé hacer. Porque cuando patino, no pienso en nada más. Porque...

Hizo una pausa.

—Porque si no patino, no sé quién soy.

—Yo también —dije en voz baja.

Nos miramos en silencio. El vestuario olía a sudor y a hielo derretido. Había algo incómodo en estar ahí, sentados a metros de distancia, después de habernos dicho las peores cosas.

Pero también había algo necesario.

—No voy a pedirte que no tengas miedo —dijo Leo—. Porque yo también lo tengo.

—¿Tú?

—Sí. Miedo a envejecer, a lesionarme, a que un día deje de salir bien y no sepa hacer otra cosa. Miedo a que todo esto —señaló la puerta, la pista, el mundo ahí fuera— desaparezca.




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