Esa noche no pude dormir.
Las palabras de Leo seguían dando vueltas en mi cabeza. Te escondes detrás de la perfección. Tienes tanto miedo a fracasar que has olvidado cómo se arriesga.
Me di la vuelta en la cama por enésima vez. La almohada estaba caliente. Las sábanas, revueltas. Fuera, la ciudad seguía despierta con su rumor lejano.
A las dos de la madrugada, cogí el móvil.
No busqué a Santi. No busqué a ninguna amiga del patinaje. Busqué el número que siempre estaba ahí, aunque no lo usara tanto como debía.
Descolgó a los dos tonos.
—¿Vale? ¿Qué pasa, mi vida?
Su voz. Siempre su voz. Cálida, un poco ronca por el sueño, pero despierta al instante porque las madres tienen ese don.
—Nada, mamá. Solo quería oírte.
Un silencio breve. Luego, el crujido de una cama, el rumor de ella incorporándose.
—¿No puedes dormir?
—No.
—¿Los entrenamientos?
—No es eso.
Otro silencio. Ella esperaba. Nunca había necesitado empujarme para que hablara. Solo estar ahí.
—Mamá, ¿tú echas de menos el ballet?
La pregunta quedó flotando en la línea. Supe que la había sorprendido.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque... porque estoy patinando con alguien que me ha hecho pensar en por qué hago lo que hago. Y he recordado cuando tú bailabas. Cuando yo quería ser como tú.
—¿Y qué te has respondido?
Cerré los ojos.
—Que a veces no sé si patino porque me gusta o porque no supe ser bailarina.
—Ay, hija.
Su suspiro fue suave, de esas cosas que duelen pero alivian.
—¿Quieres que te diga una verdad?
—Sí.
—El ballet no te abandonó. Tú elegiste otra cosa.
—No elegí. Mi cuerpo...
—Tu cuerpo era el de una niña que creció rápido. Eso no es un defecto. Es solo... lo que pasó. Y cuando viste que el ballet no te dejaba volar como querías, encontraste el hielo. Y volaste.
—Pero no era mi sueño.
—¿Y quién dijo que los sueños no cambian?
Me quedé callada.
—Yo soñaba con ser primera bailarina del Teatro Colón —continuó—. Y luego me quedé embarazada de ti y mi cuerpo cambió. Y pensé que se me había acabado el mundo. Pero ¿sabes qué? Tú eras más importante que cualquier escenario. Y luego, cuando te vi patinar por primera vez...
—¿Qué?
—Supe que no me había perdido nada. Que el arte seguía ahí, solo que con otra forma. En ti.
La garganta se me cerró.
—No quiero que pienses que te fallé —dije.
—¿Fallarme? ¿Por qué?
—Por no ser bailarina. Por no seguir tus pasos.
—Vale, escúchame bien.
Su voz se hizo firme, pero no dura. Nunca era dura.
—Yo nunca quise que siguieras mis pasos. Quería que encontraras los tuyos. Y los encontraste. En el hielo. Y cada vez que te veo patinar, veo algo que yo nunca pude ser. Algo más libre. Más tuyo. ¿Entiendes?
Asentí, aunque ella no podía verme.
—¿Y si fallo? —pregunté—. ¿Y si esta oportunidad no sale bien y me quedo sin pareja otra vez y...
—Entonces buscarás otra cosa. O seguirás patinando sola. O harás coreografías. O lo que se te ocurra. Pero no te vas a romper, Vale. Tú no eres de las que se rompen.
—A veces siento que sí.
—Lo sé. Pero no es verdad.
Lloré. En silencio, sin que ella lo notara, o notándolo y dejándome.
—¿Quieres que te cuente un secreto? —dijo al rato.
—Dime.
—Ese chico con el que patinas...
—¿Leo?
—Sí. No sé qué habrá pasado hoy, pero si te ha hecho pensar en todo esto, igual no es tan imbécil como me lo pintabas.
Solté una risa entre lágrimas.
—Sigue siendo imbécil. Pero...
—¿Pero?
—Pero a veces no.
—Ya. Eso suele pasar con los imbéciles.
—Mamá.
—Qué, hija. Si no me voy a meter. Solo te digo que a veces las personas que nos remueven son las que más nos necesitan. Y las que más nos necesitan son las que más nos pueden enseñar.
—¿Y tú qué sabes de eso?
—Lo mismo que tú. Solo que con más años.
Su risa sonó en la línea, ligera, como siempre.
—Ahora intenta dormir —dijo—. Que mañana tienes que patinar. Y quiero verte en la tele cuando sea la gala.
—¿Vas a venir?
—Claro que voy a ir. ¿Crees que me lo voy a perder?
Cerré los ojos. Por primera vez en horas, el peso en el pecho se aligeraba.
—Te quiero, mamá.
—Y yo a ti, mi vida. Ahora duerme.
Colgó.
Me quedé mirando el techo, con el móvil todavía en la mano. Las palabras de mi madre se mezclaban con las de Leo. No te escondas. No tienes miedo al fracaso. No estás sola.
Y en medio de todo, una idea que empezaba a formarse.
Quizá no estaba patinando con él solo por la gala. Quizá no estaba aprendiendo solo a confiar en otra persona.
Quizá estaba aprendiendo a confiar en mí misma.
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A la mañana siguiente llegué a la pista con los ojos un poco hinchados y el cuerpo agotado. Pero también con algo que no había llevado en mucho tiempo: una certeza.
Me até los patines en silencio. Santi me observaba desde la grada con una sonrisa pequeña.
—¿Has dormido bien? —preguntó.
—No.
—¿Y vas a patinar?
—Sí.
—¿Segura?
—Más que nunca.
Salió al hielo. El frío me golpeó la cara, me despejó los últimos restos de sueño. Empecé a dar vueltas, despacio, sintiendo el corte de las cuchillas en la superficie.
La puerta del vestuario se abrió.
Leo apareció con la bolsa al hombro y cara de haber dormido tan mal como yo. Nuestras miradas se encontraron. Hubo un segundo de tensión, de recuerdo de las palabras que nos habíamos dicho.
—Vale —dijo.
—Leo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
Asentí. No era el momento de hablar de lo que había pasado. Pero tampoco hacía falta. Lo vi en sus ojos: lo sabía.
—Vamos a hacerlo bien hoy —dije.
Él asintió.
—Vamos a hacerlo bien.
Y por primera vez, sin discusión, sin reproches, empezamos a calentar.