A Prueba De Hielo

Sembrando la semilla

Después del ensayo, Nacho me pidió que me quedara.

No era extraño. A veces repasábamos la técnica, otras hablábamos de competiciones, de patrocinadores, del futuro. Pero esa tarde noté algo distinto en su tono. Algo que me puso en alerta.

—¿Qué pasa? —pregunté mientras me desataba los patines.

—Nada grave. Solo quiero hablar contigo.

Se sentó en el banco de enfrente, con esa calma suya que siempre me había desconcertado. Nacho nunca se alteraba. Ni cuando perdía, ni cuando ganaba, ni cuando yo hacía alguna de mis estupideces.

—Sobre la gala —dijo.

—¿Qué pasa con la gala?

—Nada. Va bien. Mejor de lo que esperaba, de hecho.

—¿Y eso te preocupa?

No respondió de inmediato. Se reclinó hacia atrás, cruzó los brazos y me miró con esos ojos que parecían ver más de lo que yo quería mostrar.

—Depende —dijo al fin—. ¿A ti te preocupa?

—¿El qué?

—Que vaya bien.

—No. ¿Por qué iba a preocuparme?

—Porque te he visto ensayar, Leo. Y te he visto con ella.

La frase cayó en medio del vestuario con un peso que no esperaba.

—¿Y qué has visto? —pregunté, manteniendo la voz neutra.

—Lo que llevo años esperando ver. Que te tomas en serio algo que no es para ti.

—Me lo tomo en serio porque es mi trabajo. Porque si voy a hacer el ridículo en televisión, prefiero hacerlo bien.

—No es solo eso.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué?

Nacho me sostuvo la mirada. Y en sus ojos vi esa mezcla de afecto y firmeza que siempre me desarmaba.

—Desde que empezaste con esto, llegas puntual. No discutes. Te quedas después de los ensayos. Y cuando patinas con ella...

—¿Qué pasa cuando patino con ella?

—Sonríes.

—Yo siempre sonrío.

—No. Tú haces gestos. Tú muestras los dientes para la prensa. Pero esto es distinto. Es una sonrisa de verdad. Y no me digas que no te has dado cuenta.

Me levanté del banco. Necesitaba moverme, alejarme de su mirada.

—Estás viendo cosas que no existen.

—¿De verdad?

—Sí. Es solo la coreografía. La música. La presión de la gala. Nada más.

—Claro.

—Además —me di la vuelta para encararlo—, ella y yo no podríamos ser más distintos. Es perfeccionista, controladora, se toma todo demasiado en serio...

—Como tú.

—No soy así.

—Eres exactamente así, Leo. Solo que tú lo escondes detrás de esa fachada de tipo al que todo le importa un comino. Pero ella no se la cree. Y creo que a ti eso te gusta.

—No me gusta. Me saca de quicio.

—Por eso te quedas después de los ensayos. Por eso llegas temprano. Por eso la miras cuando ella no te ve.

—No la miro.

—Mientes.

—No miento.

—Mientes, Leo. Y lo peor es que te mientes a ti mismo.

El silencio se hizo denso. Apoyé las manos en la taquilla metálica y dejé que el frío del metal me devolviera a la realidad.

—Escúchame —dije, midiendo cada palabra—. Esto es una gala. Un mes de ensayos y se acabó. Luego cada uno vuelve a su vida. Ella a su danza sobre hielo, yo a mi individual. No hay nada más.

—¿Y si hubiera?

—No la hay.

—Pero ¿y si la hubiera? ¿Qué harías?

—No lo sé. Porque no la hay.

Nacho se levantó despacio. Cruzó el vestuario y se detuvo a mi lado, lo bastante cerca para que no pudiera esquivarlo.

—Llevo diez años siendo tu entrenador —dijo en voz baja—. Te he visto lesionarte, perder campeonatos, levantarte cuando todos daban por hecho que te retirabas. Nunca te había visto así.

—¿Así cómo?

—Despistado. Distraído. Como si hubiera algo más importante que patinar.

—No hay nada más importante.

—Pues por eso te preocupas.

No supe qué responder. Porque en el fondo, en un rincón muy oscuro que no quería mirar, sabía que tenía razón.

Nacho suspiró y me dio una palmada en el hombro.

—No te estoy diciendo que pase nada, Leo. Solo que tengas cuidado.

—¿Cuidado con qué?

—Con no engañarte. Porque si luego duele, duele más.

Salió del vestuario. La puerta se cerró con un golpe suave.

Me quedé solo, con las manos todavía apoyadas en la taquilla, la respiración más agitada de lo que debería.

Nacho estaba equivocado.

No había nada que sentir. Era solo una coreografía. Una compañera de ensayos. Una patinadora de danza con la que me había tocado trabajar.

Nada más.

Pero entonces recordé la sesión de fotos. Sus dedos entrelazados con los míos. La noche en la pista vacía, su voz contándome por qué patinaba. El vestido azul que le había hecho contener la respiración.

Nada de eso significaba nada.

Era solo... era solo...

—Mierda —murmuré.

Me pasé las manos por la cara, como si pudiera borrar lo que no quería pensar.

No estaba pasando nada. No podía estar pasando nada.

Porque si pasaba algo, tendría que enfrentarme a lo que significaba. Y no estaba preparado para eso.

No estaba preparado para nada que no fuera patinar.

Cogí mi bolsa, la tiré al hombro y salí del vestuario sin mirar atrás. En la puerta de la pista me crucé con Santi, el coreógrafo de Valencia. Me sonrió con esa expresión de quien sabe más de lo que dice.

—¿Bien? —preguntó.

—Perfectamente —respondí.

Y salí al frío de la calle, con las palabras de Nacho resonando en la cabeza.

Te he visto con ella. Sonríes.

No era verdad.

Ojalá no fuera verdad.

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Esa noche no pude entrenar.

Me quedé en casa, dando vueltas por el salón, revisando el móvil cada cinco minutos como un imbécil. No había ningún mensaje. Ni uno.

¿Qué esperaba? ¿Que ella me escribiera? ¿Para qué?

Guardé el móvil. Lo saqué otra vez. Abrí la conversación con ella. La cerré.

—Esto es ridículo —dije en voz alta.

No había nadie para escucharme. Solo las paredes vacías de mi apartamento, el silencio de las noches sin nada que hacer, la cama enorme donde siempre dormía solo.




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