A Prueba De Hielo

Mi cielo

El ensayo había terminado hacía una hora. Martín se fue primero, luego los técnicos de la pista, luego el de mantenimiento que nos lanzó una mirada de "¿no se van nunca?".

Nos quedamos solos.

Leo estaba en el borde de la pista, desatándose los patines con esa parsimonia suya que tanto me irritaba. Yo aún patinaba, dando vueltas lentas, sin rumbo, solo porque no quería que la noche terminara.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —preguntó sin levantar la cabeza.

—Puede.

—¿No tienes frío?

—Siempre tengo frío.

—Pues quítate los patines y vamos a tomar algo.

—No quiero tomar nada.

—¿Entonces?

—Entonces nada. Solo quiero patinar un rato más.

Él dejó los patines en el suelo y se incorporó. Me observó durante unas vueltas, con los brazos cruzados, la cabeza ligeramente inclinada.

—¿Sabes qué? —dijo al rato—. Yo también quiero.

Se volvió a poner los patines. Salió al hielo y se colocó a mi lado, sin decir nada, empezando a patinar al mismo ritmo que yo.

—No hace falta que te quedes —dije.

—Lo sé.

—Es tarde.

—Lo sé.

—Mañana hay ensayo otra vez.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué te quedas?

No respondió. Pero su silencio fue una respuesta.

Patínamos en paralelo, despacio, dejando que las cuchillas trazaran círculos en el hielo ya cansado. Las luces de la pista estaban atenuadas, solo las de emergencia, y la penumbra lo volvía todo más íntimo.

—¿Por qué patinas? —preguntó de repente.

—Ya te lo dije.

—Quiero que me lo digas otra vez.

Me detuve. Él también.

—¿Por qué?

—Porque la primera vez no te escuché bien. Porque estaba distraído.

—¿Distraído con qué?

—Contigo.

La palabra se quedó flotando en el aire frío. Lo miré. Su rostro, en la penumbra, tenía una expresión que no le conocía. Algo desarmado. Algo sincero.

—Yo quería ser bailarina —dije, y las palabras salieron solas, sin filtro, sin la coraza que siempre llevaba puesta—. Mi madre lo fue. Una bailarina de verdad, de las que parecen que flotan. Yo la veía ensayar en casa, con sus zapatillas viejas, y quería ser igual. Pero cuando empecé a crecer, mi cuerpo no era el de una bailarina. Era demasiado alto, demasiado... ancho. Las profesoras decían que tenía que tener cuidado con el peso. Que si quería llegar a algo, tenía que medir lo que comía, controlar cada gramo. Y lo hacía. Pero nunca era suficiente.

—Vale...

—Déjame terminar.

Asintió.

—Un día, después de una clase, una profesora me dijo que quizá debería plantearme otra cosa. Que el ballet no era para cuerpos como el mío. Yo tenía catorce años. Llegué a casa, me encerré en el baño, y me miré al espejo. Y me odié. No por no ser buena, sino por no ser delgada. Por no tener el cuerpo que se suponía que debía tener. Por no poder ser como mi madre.

Mi voz se quebró. Él no se movió. No intentó tocarme ni interrumpirme. Solo me miró.

—Mi madre me encontró allí —continué—. Llorando en el suelo del baño. Y me dijo algo que nunca olvidé: "El arte no es un cuerpo, es un alma. Si el ballet no te deja volar, busca otro cielo". Y yo busqué. Probé danza contemporánea, jazz, incluso acrobacia. Pero nada. Hasta que un día, en una clase de educación física, nos llevaron a una pista de hielo. Y cuando me puse los patines, cuando sentí el frío en la cara y el deslizamiento de las cuchillas, supe que había encontrado mi cielo.

Me sequé las mejillas con el dorso de la mano. No recordaba cuándo había empezado a llorar.

—Por eso patino —dije—. Porque en el hielo no hay cuerpo. Solo vuelo.

El silencio se hizo largo. Leo seguía mirándome, pero su mirada era distinta. No había arrogancia. No había distancia.

—Yo no tengo una historia bonita —dijo al fin.

—No hace falta.

—De pequeño me llamaban marica por patinar. Los del colegio, los vecinos, incluso algún familiar. Decían que el patinaje artístico era cosa de niñas. Que un hombre de verdad juega al fútbol o al hockey.

—Lo siento.

—Mi abuelo fue el único que me defendió. Me llevaba a entrenar, me compraba los patines, me decía que lo importante no era lo que dijeran los demás, sino lo que sintiera cuando patinaba. Y cuando patinaba, me sentía... libre. Como tú dices. Como si nada más importara.

—¿Tu abuelo sigue vivo?

—Murió hace cinco años. No llegó a verme ganar el campeonato nacional.

—Pero te vio patinar.

—Sí. Me vio patinar.

Nos quedamos en silencio. El frío de la pista nos envolvía, pero yo no temblaba. O quizá sí, pero no era por el hielo.

—¿Y ahora? —preguntó Leo—. Cuando patinas conmigo... ¿sientes lo mismo?

La pregunta me tomó desprevenida.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque yo sí.

Su voz era baja, casi un susurro.

—Cuando patino contigo, no es como cuando patino solo. No sé explicarlo. Es como si... como si el hielo fuera más grande. O como si yo fuera más.

—¿Eso es bueno?

—No lo sé. Nunca me había pasado.

Se acercó un paso. Luego otro. Ahora estábamos a un metro de distancia.

—No sé qué estamos haciendo, Vale —dijo—. Pero no quiero que se acabe.

—El ensayo termina en una semana.

—No hablo del ensayo.

Su mano buscó la mía. No la aparté.

—Entonces ¿de qué hablas? —pregunté.

No respondió. Pero sus dedos se entrelazaron con los míos. Y en el silencio de la pista vacía, con el hielo bajo nuestros pies y la penumbra envolviéndonos, supe que no hacían falta palabras.

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