El estadio estaba lleno.
Miles de personas gritaban desde las gradas, los focos iluminaban la cancha y el marcador marcaba los últimos segundos del partido. Todo el mundo estaba de pie, esperando el tiro que podía cambiarlo todo.
Adrián Vega respiró hondo mientras sostenía el balón.
Era el tipo de momento que había vivido mil veces. El tipo de momento para el que había entrenado toda su vida.
El reloj comenzó a correr.
Tres segundos.
Dribló una vez.
Dos segundos.
Saltó para lanzar.
Pero antes de que el balón saliera de sus manos, algo falló.
Un movimiento en falso.
Un dolor seco.
Un crujido que no debía escucharse.
Adrián cayó al suelo.
El estadio pasó del ruido absoluto a un silencio que pesaba como una losa.
Desde la línea lateral, Paulina Ríos ya estaba corriendo hacia la cancha.
Sabía que algo no estaba bien incluso antes de arrodillarse a su lado. Lo vio en la forma en que Adrián apretaba los dientes. En la manera en que su pierna no respondía.
—No te muevas —dijo con firmeza.
Pero Adrián no estaba mirando su rodilla.
La estaba mirando a ella.
Como si, en ese preciso instante, entendiera algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
Porque a veces una lesión puede cambiar una temporada.
Pero hay momentos que cambian algo mucho más peligroso.
Dos vidas que aún no saben que están a punto de cruzarse para siempre.