El estadio vibraba con una energía casi eléctrica. Miles de gritos se mezclaban con los sonidos metálicos de los tableros y los silbatos. Cada segundo contaba, cada movimiento era observado por millones de ojos. Para Adrián Vega, era otro partido decisivo. Otro día para demostrar que era el mejor. Pero esta vez, algo en su interior lo hacía sentir diferente.
El balón rebotó contra la madera, marcando el ritmo frenético del juego. Adrián driblaba con la precisión que lo había llevado a la fama. La adrenalina corría por sus venas como fuego líquido, cada mirada de los fans era un recordatorio de que el mundo esperaba que ganara.
—¡Vamos, Vega! —gritó un aficionado desde las gradas.
Un pase rápido. Un salto. Y entonces, un dolor punzante lo atravesó. Un crujido seco y profundo. Su rodilla cedió bajo su peso y el mundo pareció detenerse.
El silencio llegó antes que el pánico. Las gradas dejaron de rugir. Adrián cayó al suelo, sosteniéndose la pierna. El corazón le latía a mil, pero no por la adrenalina; era miedo. Miedo a lo que acababa de suceder.
—¡Fisioterapeuta, rápido! —ordenó el entrenador, la voz tensa, mezclada con incredulidad y urgencia.
Y ahí estaba ella, entrando en la cancha con pasos firmes y mirada implacable: Paulina Ríos. Su uniforme impecable, su rostro concentrado. Sin titubear, se arrodilló junto a él.
—No te muevas —dijo con firmeza—. Necesito que confíes en mí.
Adrián la miró. Por un instante, el mundo del deporte, los gritos, la presión… todo desapareció. Solo existía esa mujer frente a él, segura, controlada, y al mismo tiempo, absolutamente imposible de ignorar.
—Confío… —musitó, pero ni él mismo estaba seguro de a quién realmente se refería.
Los focos del estadio seguían iluminando la cancha, pero para ambos, era como si una burbuja los aislara del resto. Una lesión que podía arruinar su temporada había comenzado a trazar un camino inesperado… y peligrosa atracción incluida.
Porque en ese instante, Adrián entendió algo que jamás había considerado: el juego más importante no estaba en la cancha. Estaba frente a él, y se llamaba Paulina.