La mañana siguiente llegó con la luz pálida de un sol tímido que se filtraba por las ventanas del gimnasio del equipo. Paulina estaba lista, revisando su plan de rehabilitación con precisión casi obsesiva. Cada ejercicio, cada movimiento, cada minuto estaba calculado.
Adrián llegó con la típica confianza que lo acompañaba siempre, aunque su rostro mostraba una ligera preocupación que nadie más había visto. La caída del día anterior todavía lo afectaba, y él lo sabía.
—Listo para tu primera evaluación —dijo Paulina, sin levantar la vista de su plan.
—Listo como siempre —respondió él, tratando de mantener la seguridad que todos esperaban de la estrella del equipo.
—Ya veremos —replicó ella, levantando finalmente la mirada y clavando sus ojos en los suyos.
El primer ejercicio fue simple: caminar y mover la rodilla en diferentes ángulos. Lo que parecía sencillo se convirtió en un desafío, porque Adrián no estaba acostumbrado a que alguien lo obligara a obedecer.
—Más despacio —ordenó Paulina, ajustando la posición de su pierna—. Si fueras paciente, esto no dolería tanto.
—Soy paciente… a mi manera —replicó él, con una sonrisa torcida, pero sus ojos la seguían atentamente, midiendo cada reacción suya.
Paulina suspiró y retrocedió unos pasos, cruzando los brazos.
—Tu manera y mi manera no son lo mismo. Aquí mando yo.
Por un instante, Adrián quiso provocarla, pero algo en su mirada lo detuvo. No era solo respeto; había algo en Paulina que lo hacía querer seguir sus reglas, aunque su orgullo se resistiera.
—Bien —dijo finalmente, suspirando él—. Demuéstrame entonces que esto funciona.
Cada movimiento, cada estiramiento, cada paso medido, era un choque silencioso entre ellos. Era más que ejercicio; era un duelo de voluntades. Y entre la tensión profesional, surgieron pequeños gestos que ninguno de los dos había previsto: un toque accidental, una mirada prolongada, una sonrisa contenida.
Cuando terminaron, Adrián estaba exhausto, sudado, pero había algo más que cansancio recorriendo su cuerpo.
—Bien hecho —dijo Paulina, con una autoridad que no admitía réplicas—. Volverás a la cancha si haces exactamente lo que te digo.
Él asintió, con un brillo en los ojos que nadie había visto antes: no era solo desafío físico lo que lo motivaba, sino el misterio de la mujer que tenía enfrente.
—¿Y si hago más de lo que me pides? —preguntó con media sonrisa, sintiendo cómo el aire entre ellos se cargaba de algo que iba más allá de la rehabilitación.
Paulina arqueó una ceja, sosteniéndole la mirada.
—Entonces tendrás problemas… contigo mismo.
Adrián rió, un poco divertido, un poco atrapado por la tensión que no podía controlar. Sabía que la recuperación sería dura, pero también sabía algo más: ningún entrenamiento, ninguna disciplina, jamás lo había puesto frente a alguien como Paulina Ríos.
Y eso lo hacía sentir vulnerable… y excitantemente vivo al mismo tiempo.