Abril antes de verano

Uno: Abril antes de Layla

Tan diferente a San Maruelo son las corrientes de finales de verano.

Aunque hubiera planificado llegar a Palmenia a las dos de la tarde, no me subí en el ómnibus hasta las tres, lo que extendió la entrada a la Capital alrededor de las nueve de la noche. Rezaba por una oportunidad de parte de la señora Abigail, pese a la advertencia dicha luego de avisarle de mi nuevo horario: «¿A las nueve?! No. Hay muchas bancas en el parque a cuatro cuadras”». Le atribuí aquella característica satírica como una extensión del ingenio por lo que eran conocidos los nacidos en la ciudad.

Intenté dormir durante el trayecto; sin embargo, el camino se transformó en una tragedia anunciada por los huecos sin calzar, que el conductor no dimensionaba al caer en ellos. Me desperté cuando el cerebro envió estímulo al corazón para que no se detuviera. Y quizá lo hizo para estar al tanto de la muerte que podía provocar el conductor. Por eso, a dos puestos delante de mí, un anciano le exigía al hombre que redujera la velocidad. A la derecha, una pareja de media edad discutían por qué uno olvidó algo importante para el otro en su pueblo. Y diagonal a mi asiento, una mujer sufría por calmar al niño deshecho en llanto debido a una fiebre repentina.

La madre intentó detenerlo tras las quejas de los pasajeros, pero nadie presentaba una mano para ayudar. Me hallé como parte de ese grupo con mi incompetencia demostrada al sólo observar la escena. Dudé unos segundos. La bolsa tejida que cayó en el piso del vehículo fue la carta abierta para acercarme. Reuní los pañales, las toallas húmedas, cremas y una caja algodón, y de esa manera me presenté a Eva y a su hijo, Joaquín.

Ellos venían de Casajoven, una ciudad costera que quedaba a diez horas de Palmenia. Estaban en camino a mudarse con la madre de Eva ahora que la relación con el padre de Joaquín había terminado. Comprendí que la fiebre fue producto del cambio brusco de temperatura: Casajoven era un horno encendido a casi treinta y cinco grados; y cinco horas más adelante, la brisa fría de los pueblos aledaños de Palmenia se sentía hasta llegar al epicentro de los quince a cinco grados que hacía en la Capital.

El niño de un año se durmió en mis brazos, mientras Eva entretenía el tiempo de espera con las anécdotas de su pasado.

—Eres muy buena con los niños. —dijo, rectificando su juventud con esa sonrisa de veinticuatro años.

—¿Es así? —pregunté. La mujer asintió tan sutil y afectuosa que calmó mi impasible ser—. Tal vez se deba a que tengo práctica como cuidadora.

—¿Lo eras en San Maruelo?

—En la casa donde vivía. Muchas personas necesitaban ayuda.

—Es un trabajo muy cansado. Se desgastan más los cuidadores que los que cuidan —Tenía razón, por eso asentí—. ¿Y qué harás en la Capital?

—Estudiaré en la UFP.

—¡¿la UFP?! —Se cubrió la boca después de semejante grito que sacudió a su hijo—. Eso es impresionante. Es fuerte, pero por algo es llamada la mejor universidad del país. Yo estuve ahí.

—¿De verdad?

—La peor experiencia. Mamá me obligó a estudiar ingeniera. Ojalá le hubiera hecho caso.

Removió viejos recuerdos en la mujer para que terminara confesando la verdad: abandonó la universidad a mitad del sexto trimestre para escapar con su novio a Casajoven. No mencionó nada más; no obstante, sus ojos cristalizados reprodujeron vivencias que no fue capaz de establecer en palabras. Sentí lo que ella sentía. Quizá por eso la mano en su espalda tuvo coherencia, que la aceptara y me abrazara devuelta lo tuvo más. Hubo una dualidad que no converge, pero se encontraron para sentir empatía y que ella lo aceptara.

Las siguientes horas mantuve a Joaquín en mis brazos. Parecía mejorar de la fiebre, aunque aún mantuviera el color vivo en las mejillas. Cada kilómetro más cerca de Palmenia, era, además, una prenda extra que colocamos sobre nosotras. Faltaba poco para llegar a la Terminal. Sobre las ocho de la noche, la temperatura oscilaba entre los siete grados, así que las tortugas y chaquetas gruesas se anexionaron para cubrir la piel.

Hasta el final del viaje ayudé a Eva: arrastraba el equipaje de las dos, mientras mantenía a su hijo muy lúcido y animado para asumir el resfriado como un dolor lejano. Me hablaba entre saltos temporales sobre su perro Barlovento que dejó a su papá para que no lo extrañara tanto. Eva añadió al relato lo complicado que habría sido traerlo. Sin embargo, respiró profundamente luego de escuchar el argumento de su hijo, como si algo en su tórax la estuviera presionando.

Al final, la separación fue inminente cuando Eva vio a su madre. Soltó las maletas, agarró a su hijo y corrió hacia los brazos de la mujer que la esperó por mucho tiempo. Una escena que contrajo mi pecho.

Ha de ser agradable tener a alguien a quien esperar.

Colgué mi valija en el hombro y emprendí el viaje hacia las filas de taxi fuera de una terminal que aún valoraba la accesibilidad de los teléfonos públicos al tener varías cabinas. Fuera de ahí, un hombre me recibió con gusto, anunciando un frío que entumece los huesos. «Vamos a vivir el peor invierno en años», dijo antes de preguntarme a dónde iría. Le mostré el mapa en mi teléfono hacia el edificio que sería mi nuevo hogar.

El hombre vio a través de mi rostro demacrado para renunciar a hablar. Así pude observar la ciudad en silencio. Era a primera vez que salía del pueblo con una densidad de población de miel doscientas personas. Palmenia era una zona de picos altos hecho de manglares verdes y rodeados de prístinas aguas que desembocaban en un extenso mar. De noche, las casas de las colinas parecían estrellas del cielo; un firmamento luminiscente abarcaba las elevadas zonas que impedían saber cuándo iniciaba el cielo y empezaba la tierra.




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