Soñé con una costa nevada. Alguien estaba a mi lado, tratando de sostener mi mano y decirme algo. No buscaba desesperadamente escuchar, las preocupaciones disminuyeron ante esa claridad afónica. Elevé la cabeza para buscar al autor de esa calma, pero su rostro se diluyó como una gota de tinta en un vaso con agua hasta convertirse en una ciénaga helada en la que caí dentro de un socavón. No podía respirar. Rasguñaba el agua para salir; sin embargo, la característica de esa fantasía se mantuvo con la posibilidad de caminar en el agua helada que empezó a oler a la comida consumida por el fuego. Se magnificó dentro de los sentidos para creer que ya no se trataba de un sueño.
Ya era hora de hacer el desayuno, pero no recordaba la última vez que dormí en una cama tan cómoda. Abrí los ojos y sobre mí deambulaba una cortina de humo que salía de la cocina y se extendía por la sala. La cobija que me cubría salió volando a una esquina del sofá. Me levanté con el corazón en la garganta por el miedo de que las suposiciones se volvieran hechos. En el centro del desastre, Layla trataba de despegar un huevo de una sartén, ignorando por completo los estragos nucleares de su descuido. La situación se había vuelto inflamable, algo que no le importaba con el cigarrillo entre los labios.
—¡Buenos días, futura antropóloga! —vociferó—. ¿Qué quieres con tus huevos?
—Un tanque de oxígeno. ¡¿Estás viendo cómo está el apartamento?!
Abrí la ventana para que el humo se dispersara. Del otro lado había un balcón con plantas y dos sillas. ¿Cómo se supone que se llega a él?
—Escucha, no soy buena cocinera.
—Bienvenida al mundo de las hipérboles. ¿Me puedes prestar una olla? —Señaló el horno donde guardaba los utensilios grandes. No pregunté, saqué la olla y comencé a llenarla de agua—. Necesito un fogón disponible.
Layla encendió una de las hornillas. Por el tiempo que esperaba a que el agua hirviera no crucé mirada con ella. Se mantuvo en silencio, observando la mágica acción de echarle vinagre y limón una vez que el líquido comenzó a burbujear. Se impresionó porque la química de los componentes unidos despejaba el olor y humo.
—¡¿Es así de fácil?! —Rió—. Benjamín estaría impresionado.
—Ya demostraste que lo tuyo no es cocinar. Está bien. No somos buenos en muchas cosas.
—Me gusta componer canciones.
—Eso es increíble. No vuelvas a tocar una cocina. ¿Cómo has hecho este tiempo? Supongo que con comida rápida.
—Ábrelo. —Apuntó con la mano al electrodoméstico detrás.
Sí consentía que abriera algo tan privado como el refrigerador, lo haría sin remordimiento. No me sorprendió la cantidad de envases de comida chatarra, me sorprendió que no hubiera nada para un día que el ánimo se alineará con las ganas de la comida casera. Sólo unos cuantos quesos, un pedazo de jamón, legumbres marchitas y una leche de cuando los humanos de Oriente Medio comenzaron a domesticar las vacas para extraer el líquido. Era alarmante lo rápido que se aproximaba una repercusión para esa chica. Entre la mala alimentación y el cigarro, se estaba matando.
—No puedes hacer eso. Porque seas joven no significa que las enfermedades no existan —dije. Layla asintió, no sabía sí por ironía o porque me daba la razón—. Para agradecer tu hospitalidad, haré el desayuno. ¿Me permites?
—Adelante. Hace mucho que nadie utiliza la cocina como es debido —dijo, tomando asiento en la banca sin espaldar. Descubrí que el espaldar, en realidad, era la pared—. Al menos prueba el café. Creo que me quedó bien.
No fue así.
Expuso su poca habilidad para hacer un café en una cafetera eléctrica. Los granos molidos se colaron en la taza y el resultado en el paladar fue una mezcla de tierra con sabor a café.
¿Cómo ha podido sobrevivir esa pobre alma sin morir en el intento?
Sí algo de su angustia se calmaba con la poca ayuda que podía ofrecer, entonces intenté hacer el mejor el desayuno de omelette con espinacas a punto de perderse en el refrigerador. Le agregué jamón y queso para darle más sabor, y unas tostadas que pidió para acompañar. Preparé otra tanda de café en abundancia y quedará para las veces que deseara beber.
—Está en el estante, al lado del refrigerador. —dijo, leyendo mi pensamiento que se preguntaba por el tarro de azúcar. Le agradecí.
Nada estaba en los lugares socialmente aceptados: hallé el aceite en la encimera, la mantequilla cerca de los cubiertos, los platos donde se ubicaban los víveres como el arroz y la pasta. Y, efectivamente, el azúcar al lado delante de tres bombillas, un martillo, siete botes de salsa picante y dos medicamentos en el centro; Alprazolam y Escitalopram. Los recordaba. Lo tomaban uno que otro anciano en San Maruelo.
Regresé la puerta a su lugar con la complementaria sensación de que tragaba mieles de astillas. Todo ese tiempo Layla tuvo la vista puesta en su teléfono. Al sentarme frente a ella, esbozó la alegría de que al fin pudiéramos comer. En el proceso reitero más veces de las que la vergüenza podía aguantar que ha sido el mejor desayuno en meses. No sabía qué decir al respecto si la cantidad de pollo frito, hamburguesas y pizzas congeladas hablaban por sí solo.
—Por temporadas me da por comer una única cosa y sólo quiero que sea eso, de una única manera y con los mismos complementos. Hace un mes fueron papas fritas con mostaza.