Me desperté con la sensación de pesadez en los párpados y una hinchazón en el rostro que palpitaba. Layla se acostó en el suelo, entre cojines y mantas que acomodó al lado del sofá donde descansaba. Sin preguntar por la razón de mi llanto descontrolado y el hecho de que volviera a su casa más pronto de lo pensado, me prestó una pijama y acomodó las cobijas sobre el sofá, como la noche anterior. No sé cuánto tiempo tardó el cansancio en vencerme, pero no me importó al no despertar mejor ni bien, ni cerca de estar más o menos bien.
Cuidé el ruido que hacían los pasos para no despertarla al dirigirme al baño con los calambres posteriores de deambular por seis horas. El dolor de cabeza se intensificó y el estómago atravesaba una etapa severa por la falta de comida, deshaciendo todo lo de adentro entre eructos y fatiga. El agua helada reducía la inflamación de los ojos. Busqué el cepillo de dientes que me robaron junto a las otras cosas, olvidando por un segundo que era por esa misma razón que no lo hallaba. Fue el segundo más delirante de alegría desde que llegué a Palmenia.
Persistían los síntomas del terror: los espasmos en el pecho y la frecuente intención de renunciar. No obstante, aparecí de nuevo en la sala con Layla sobre las almohadas que usó como colchón. Abusé de su benevolencia una vez más al recostarme en su sofá. La calma tardía lo único que lograba era encender de nuevo las mieles preocupaciones. Volví a levantarme y buscar consuelo en la excursión por la sala, procurando no tocar ninguno de los instrumentos o los vinilos.
—¿Por qué no desayunamos? —preguntó. Mis tripas respondieron por mí tras un sonido bestial—. No harás nada con tu estado. Comamos fuera.
—No tengo ropa ni dinero. —respondí contundente y detrás de la batería.
—Llevas ropa ahora. Y yo pagaré.
—No puedo salir en pijama.
—Claro que puedes.
De modo inconsciente, medí el plano mental en el que me encontraba. No refuté, tampoco exacerbé con insistencia. En otro momento, con una Abril menos robada, hubiera declinado la invitación sin derecho a réplica, en parte porque no alentaría malos hábitos alimenticios con los que ya luchaba; y porque hizo lo suficiente por mí para que, de forma instintiva, me comprometa a pagar de algún modo. Aunque, con el nuevo formato de esta desgracia, la retribución llegaría tarde.
Estaba mal para colocarme las zapatillas y salir del apartamento con ella. Prescindí de la importancia de encontrarme con la vieja Abigail cuando cruzamos el vestíbulo y nos quedamos un par de minutos observando la lluvia caer. Le dije que no podíamos salir así. Layla justificó el mal temporal al atribuirle la positividad con la que su hermano mayor vería, pues era su clima favorito y todo lo que hiciera feliz a Benjamín, era bien recibido. «Nos falta verlo como él lo haría», masculló antes de cubrirse la cabeza con la capucha de la sudadera. Juntó nuestros brazos para hacernos ovillo de pie, caminando a uno de sus cafés favoritos por el simple hecho de que esté cerca de su apartamento.
El estilo rústico del establecimiento y lo natural de las plantas evocó un sentimiento de calidez. Tomamos asiento en una de las mesas de madera maciza, esperando que el frío se neutralizara a través de la calefacción interna. La dueña, una mujer de unos treinta años, reconoció a Layla con la etiqueta de su cliente más fiel. Se llevó la sorpresa de que no era un caso de servicio a domicilio, como siempre, denunciando el poco interés de la chica por siquiera caminar unas cuadras para buscar su comida.
Pedimos el plato de huevos tímidos, que constaba de huevos revueltos con tomate y cebolla. La connotación venía por el tono rojizo que adquiere al agregarle la pasta de tomate, similar al rostro cuando se avergonzaba. Adicional, Layla pidió un plato de panqueques, pan tostado y dos cafés.
Mientras esperamos la comida, contextualice el día anterior en el imaginario particular de Layla, omitiendo el suceso más importante.
—¿Cómo no sabes quién es Mope? —preguntó, genuinamente ofendida por la expresión de sus cejas plegadas.
—¿Ya no es normal no saber cosas?
—Menos si son cosas tan obvias.
—Pues, yo no sabía sobre Mope. En San Maruelo lo máximo que escuchaba eran viejos cantantes de bolero, así que mi conocimiento de música popular es tan vacía que permito que te decepciones, ¿bien? Entonces, empezó a presentarlos como si los conociera de toda la vida.
—Me agrada. ¿Cuándo la vas invitar a cenar?
—Nunca —El ardor en los ojos pronosticó precipitaciones de llanto—. Perdí su tarjeta de presentación. En realidad, es de su tienda…
—¿Tiene una tienda?
—De ropa.
—Es impresionante. —Sonrió con un cigarrillo entre los labios— Pero, no entiendo, ¿por qué eres tan drástica al decir «nunca» como si «nunca» la fueras a ver en la universidad? No compartirán la carrera, pero eso no significa que ya no exista ninguna forma de hablar. ¿Existe algún tipo de segregación en la UFP de la que no me haya enterado?
Otra vez estaba a punto de romper o abrir una nueva fisura a la herida. Observaba a Layla fumar. El humo se unía a mis pulmones, mientras la lluvia ahogaba el silencio, pese a la algarabía de las personas en torno a nosotras.
—Volveré a San Maruelo.