—No puedes quedarte en el sofá.
Fuertes declaraciones en momentos donde arrastro dos días en el apartamento. Observé a Layla, tragando lo último de un budín de plátano.
—¿Perdón? —pregunté con la boca repleta.
—No puedes quedarte en el sofá. —recalcó, como si la primera vez no hubiera sido lo suficientemente dolorosa— Se están formando huecos. Sé que es el más cómodo del apartamento, es lo que dicen los muchachos cuando descansan ahí, pero lo arruinaran entre todos.
Lo sabía, lo sabía. El muerto y el arrimado al tercer día huelen a pescado.
Entre en grandes controversias mentales, tratando de canalizar las brisas violentas que amenazaban con un huracán en los pulmones. Desde hace dos días fui lo más rentable posible haciendo la comida y la limpieza; acomodando los utensilios de la cocina para establecer una coherencia a la hora de buscarlos. A Layla le sorprendió el hecho de que las ollas no iban dentro del horno y que el electrodoméstico funcionaba cuando hornee el budín de plátano.
Direccioné la vista al sofá.
Es verdad que tenía ciertas concavidades en los cojines, aunque no tenía nada que ver conmigo. Layla lo dijo: era el sofá preferido entre los invitados por ser el más cómodo. Eso lo comprobé estos días que he dormido en él, pero las formas nalgares provenían de una popularidad ajena a mí.
—Si es un mensaje subliminal para que me vaya, puedes decirlo sin anestesia. Prefiero lo directo y correcto. —La enfrenté, remarcando el malestar en mi expresión.
Bastó con que se riera fuerte para provocar retorcijones en mi estómago.
—Nada que ver. Es hora de que te mudes…
—Si es por el incidente de las ventanas descubiertas, entendí cuando me dijiste que los beneficios del sol a la piel son una invención de las farmacéuticas y de los seguros médicos.
—Abril…
—No quieren vender más cáncer a las personas, quizá más tratamiento, pero no cáncer. O no sé. El mundo es extraño por la facilidad con la que circula la desinformación, haciéndoles creer a los inocentes que todo puede matarte.
Layla aplaudió frente a mi rostro, deteniendo el frenesí de cavilaciones en voz alta.
—No te estoy echando, Abril —Sonrió—. Te daré opciones para que el sofá ya no sufra las consecuencias.
Retrocedí con miedo.
—¿De qué hablas?
—Uno. Puedes seguir en el sofá, pero la futura mejor antropóloga de todas deberá pagar por él antes de convertirse en la futura mejor antropóloga de todas —dijo, mostrando el dedo índice decorado por unas uñas extremadamente empedradas. El siguiente dedo se elevó—. Dos. En mi habitación hay suficiente espacio para otra persona, aunque tendremos que ajustarnos cuando Reinel regrese.
Un tercer nombre en la corta lista de los habitantes desaparecidos de ese apartamento. Ya me acostumbre a escuchar sobre sus hermanos, pero Reinel era nuevo en esa ecuación que me hacía cuestionar la cantidad de personas que vivían en ese lugar y dónde estaban. ¿Ellos sabían de mi presencia allí? Sí era así, de alguna manera retorcida les adjudiqué una particularidad gloriosa, omnipresente y juzgadora: Dios divido en esas tres personas.
—Eso no va a pasar.
—Sabía que lo dirías. Eso nos deja con la tercera opción.
Parece a propósito. Una parte oscura de su personalidad buscaba reducir las opciones de las peores a las menos malas para exprimir la posibilidad negarme, o siquiera escoger. En ese caso, no ejemplificó la tercera opción con palabras, lo hizo con su mano en mi muñeca y el trayecto que recorrimos hasta la puerta olvidada entre los estantes de vinilos. Frente a ese pedazo de madera de caoba, Layla usó la llave que colgaba en su cuello con una cadena y, en la espera eterna de abrirla, las insinuaciones de que algo importante había detrás se agravaron por la tardanza.
Nos adentramos a un sueño sombrío.
Más allá del corredor oscuro, las motas de polvo flotante se distinguen a través de la claridad exterior, proporcionada por una ventana que no podía ver desde la distancia que decidí tomar. Cruzamos las fronteras de un país destrozado por los estragos de la acumulación y el desorden, ya que, después de pasar el pasillo, el escenario se abrió hacia una habitación con el techo inclinado y un tragaluz que parecía el único signo de esperanza dentro. Había una alteración de altura donde se hallaban tantos objetos que no pude describir por sus variaciones. Los ojos saltaban entre otro, otro y otro.
Layla subió los peldaños de madera al desnivel, observando el cielo que enmarca el tragaluz.
—Es agradable aquí. Teodoro y Beijing se pelearon por tenerlo cuando alquilé el apartamento —dijo, acumulando el aire intoxicado dentro de ella—. Sin embargo, con la muerte de papá, las cosas debían de quedarse en algún lado.
Su confesión provocó que cada cosa de allí adquiriera forma y sentido; en el perchero no colgaban simples trajes en bolsas de plásticos transparentes, sino que eran los trajes de su padre; viejos cuadros, otra camada de vinilos, libros e instrumentos, en específico, una guitarra acústica con los nombres de los hermanos Gaos en el cuerpo. Bolsas y bolsas, cajas apiladas de una persona que ya no estaba entre ellos.