❏ ¨̮CAPÍTULO 5 ᝰ
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No recuerdo el instante exacto en el que el cansancio me venció. Solo sé que, cuando vuelvo a abrir los ojos, el timbre de la academia todavía no ha dado el aviso, pero Jiwoon ya está en pie. Se mueve por la habitación con la misma eficiencia que mostró Dahye ayer; como si, dentro de su cuerpo, no existiera ni el más mínimo rastro de fatiga.
Me quedo mirando el techo unos segundos, inmóvil, intentando convencer a mis extremidades de que todavía me pertenecen. Sin embargo, no funciona. Siento las piernas pesadas como troncos, la espalda rígida y una sensación extraña en la garganta, como si alguien hubiera intentado asfixiarme a mitad de la noche para ahorrarme la miseria de estar aquí.
¿Premio o castigo?
A estas alturas, estoy empezando a pensar que lo primero. El entrenamiento de ayer me cobra factura en cuanto intento incorporarme. Busco acomodarme un poco, pero lo único que consigo es que cada hueso de mi cuerpo proteste con un crujido seco, un recordatorio físico de que en esta academia, el descanso es solo una breve pausa antes de volver a empezar.
—Arriba, estrellas —suelta Jiwoon mientras se ata el cabello frente al espejo, sus dedos moviéndose con una destreza rítmica mientras ajusta su coleta—. Hoy es un nuevo día, una nueva oportunidad.
Su voz me llega amortiguada, como si tuviera la cabeza rellena de algodón. Me pregunto seriamente qué clase de combustible usan estas chicas para irradiar tanta energía a estas horas.
—Ya va. Espérame. Estoy negociando con mis músculos —murmuro, con la voz pastosa, pasándome una mano por la cara para intentar despejar el sueño que me atrapa.
Jiwoon me busca por el reflejo del espejo, divertida, con una sonrisa ladeada que delata su buen humor.
—¿Y qué te dicen las partes interesadas?
—Que presente una solicitud formal por escrito y que espere tres días hábiles para recibir un respuesta —respondo, antes de soltar un bostezo que casi me desencaja la mandíbula—. De momento, voy perdiendo la batalla.
Jiwoon deja escapar una risa baja, vibrante. A mi derecha, Dahye sigue hecha un ovillo bajo las sábanas, aunque el movimiento en el cuarto empieza a sacarla de su burbuja de confort. Asoma apenas la punta de la nariz y deja escapar un sonido que oscila entre un gruñido y un quejido agónico, mientras se remueve con torpeza entre las mantas.
—Buenos días a ti también —le digo.
La chica se cubre la cabeza de inmediato, huyendo de la luz con un movimiento brusco que delata su irritación.
—No me hables —su voz suena lo bastante ronca—. Sigo odiando al mundo entero y a todo lo que respira.
Pongo los ojos en blanco y estiro el brazo para alcanzar el celular de la empresa que descansa sobre la mesa de noche, sintiendo un pinchazo de agujetas en el hombro al hacerlo. Al desbloquearlo, la pantalla de Connect me recibe con una lluvia de notificaciones. Parpadeo, desconcertada, ajustando la vista al brillo del dispositivo. Tengo nuevas solicitudes de amistad, varios avisos de seguimiento y una mención en una historia. Por instinto, abro esta última.
La responsable, por supuesto, es Jiwoon. La foto que nos tomamos en la plaza —donde salimos las tres con filtros de orejas y bigotes de gato— ya es pública. Y lo peor de todo ni siquiera es la foto, es el texto que la acompaña: "Miaw miaw ~^^. Roomie line. Sobreviviendo en medio de la agonía. ₍^. .^₎⟆ hehe."
Me quedo mirando la imagen un instante y no puedo evitar una sonrisa pequeña. De por si, la foto es un desastre; incluso hasta me atrevería a decir que espantosa, una verdadera abominación para la estética impecable que exige la académica, pero supongo que justo por eso llamó la atención dentro de la aplicación.
—¿En serio subiste eso? —pregunto, levantando la vista hacia ella, mostrándole la pantalla con un gesto incrédulo.
Jiwoon se gira con una elegancia fingida, posando con una mano en la cintura.
—Obviamente —sentencia, rebosante de orgullo.
Dahye, quien finalmente ha logrado sentarse en la cama con el cabello hecho un nido de pájaros, estira una mano exigente, haciendo un gesto impaciente con los dedos.
—Déjame ver.
Le acerco el teléfono y ella analiza la imagen con una serenidad cortante. Se toma su tiempo, recorriendo cada píxel durante unos segundos de un silencio tenso, mientras entrecierra los ojos como si estuviera evaluando una escena del crimen.
—Sigo viéndome terrible —dictamina al fin, con severidad, devolviéndome el celular con un movimiento seco.
—Y aun así diste el visto bueno para subirla —le recuerda Jiwoon, soltando una risita.
—Eso fue, porque de las tres, Arisha es la que sale peor y más graciosa. Mi dignidad queda a salvo gracias a ella —hace una pausa y se encoge de hombros con indiferencia—. Además, la ibas a subir de todas formas, tuvieras o no mi consentimiento.
—No, pues gracias por el apoyo —suelto con sarcasmo mientras niego con la cabeza, riendo entre dientes, dejando caer de nuevo la espalda contra la almohada por un momento.
Me quedo mirando la pantalla un segundo más. No es una foto importante, perfecta, ni mucho menos estética. Y quizá eso es lo que más me gusta: que en medio de un mar de publicaciones planeadas y perfiles milimétricamente cuidados en Connect, solo somos tres chicas siendo normales, raras y un poco tiernas en medio de este caos. Tal vez por eso me sorprende la cantidad de personas que ya la han visto. No es una cifra escandalosa, pero sí suficiente para entender que nuestra foto no ha pasado desapercibida.
Nos arreglamos en relativa paz, puesto que aún teníamos el suficiente tiempo a favor. El cuarto conserva ese silencio tranquilo de las primeras horas de la mañana, interrumpido solo por el sonido del agua corriendo en el baño, el roce de las medias al subir por las piernas y el clic de los cierres. Cuando termino de acomodarme la corbata borgoña, me miro un instante en el espejo antes de salir.