❏ ¨̮CAPÍTULO 8 ᝰ
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El día jueves pasó sin mayor pena ni gloria, o al menos eso fue lo que intenté proyectar hacia el exterior con cada fibra de mi voluntad. Puesto que, en realidad, la jornada restante fue una lenta agonía sumergida en una neblina de analgésicos que apenas lograban embotar el dolor, el frío constante de las compresas de gel que terminaban empapando mi piel y una lucha interna agotadora por mantener la compostura durante las clases faltantes. Cada vez que el efecto de la medicación empezaba a desvanecerse, el latigazo punzante en mi rodilla regresaba con fuerza renovada, recordándome que la inflamación seguía allí, palpable, oculta bajo la tela holgada del uniforme de práctica.
Fue así como mi mente se transformó en una calculadora de riesgos. Durante la mayor parte de las horas de clase, me dediqué a medir milimétricamente cada movimiento; al desplazarme por el campus, intentaba calcular la distancia exacta de mis piernas en cada paso, forzando a mis caderas a no balancearse de manera errática para evitar que algún supervisor o instructor detectara la asimetría de mi andar. Sin darme cuenta, cada pasillo se había transformado en un escenario minado, un desierto de baldosas blancas donde un solo paso en falso, un simple gesto de debilidad o una mueca a destiempo, podía significar mi ruina absoluta ante los ojos de los directivos de la academia.
Bajo esa misma lógica de supervivencia, la clase de baile de esa tarde fue, sin duda alguna, el ejercicio de actuación más asfixiante de mi corta carrera como actriz. Al entrar a la sala correspondiente que marcaba mi horario, me escabullí hacia la última fila, tal como mi compañera de cuarto, Dahye, me había sugerido. Usé las siluetas de los alumnos más altos como un escudo humano, una barrera física para lograr ocultar que mis desplazamientos eran mucho más cortos y precavidos de lo que exigía la coreografía dictada. El sudor frío que me recorría la espalda no nacía solo como fruto del arduo esfuerzo, sino del terror absoluto a que el profesor viera cómo mi peso se inclinaba, por puro instinto, hacia el lado de la pierna no afectada. Por pura suerte del destino, ese día su atención estaba puesta en los trainees que ocupaban el centro, aquellos que gozaban del privilegio de ser protagonistas de la clase, y no en la chica que intentaba volverse invisible en el fondo.
Al llegar la noche, me quedé mirando el techo del dormitorio, escuchando cómo la respiración calmada de mis compañeras resonaba en la habitación, mientras el latido rítmico de mi rodilla me advertía que el tiempo se estaba agotando. Faltaban pocas horas para el comienzo del día más pesado que iba a enfrentar desde mi ingreso, y el pánico comenzaba a paralizarme incluso antes de iniciar.
Ahora, el viernes ha llegado con la frialdad de una sentencia definitiva.
Hoy, el aire que se respira en el campus ha cambiado una vez más. No es precisamente el ambiente denso que dejó el desastroso evento de bienvenida, sino uno más pesado, frío y cortante. Los pasillos, usualmente llenos de murmullos y roces, han quedado reducidos a un silencio total. Ya no se escuchan risas nerviosas; solo el zumbido sordo de la calefacción central luchando contra el invierno y ese aroma penetrante a laca para el cabello mezclado con el olor aséptico del desinfectante, puesto que hoy es un día especial: es el día de la evaluación semanal. Ha llegado el momento tan esperado por todos donde los números del ranking dejan de ser proyecciones en pantalla y pasan a convertirse en realidades que pueden hundirte o darte una semana adicional de oxígeno en este encierro elegante.
Me encuentro frente al espejo del dormitorio, ajustándome el uniforme para la evaluación. La rodilla sigue estando claramente inflamada, pero el color violáceo ha cedido a un tono amarillento que mis compañeras de cuarto han logrado camuflar con una capa densa de maquillaje de alta cobertura. Me pongo las medias como puedo, conteniendo un quejido ahogado; cada fibra elástica que aprieta mi piel es un recordatorio de que hoy no puedo permitirme ni un solo traspié.
—¿Estás lista? —la voz de Dahye me saca de mi ensimismamiento.
Ella ya lleva puesto su carné de identificación colgando en el pecho. Se ve impecable, con su típico cabello suelto y flequillo que acentúa sus rasgos perfectos. A su lado, Jiwoon revisa sus zapatillas de baile por quinta vez, buscando rastros de alguna imperfección que evidentemente ya no existe en el calzado.
—Tengo que estarlo —respondo decisiva, desviando mi vista de ella para darle un último toque a la cobertura del maquillaje de mi pierna—. Si flaqueo hoy, la junta directiva usará todo su poder para terminar de borrarme del mapa, y ahora sí, con mayor razón.
Con una última revisada a mi reflejo, salgo al pasillo principal, donde varios aprendices caminan rápido hacia sus áreas asignadas de evaluación. En este caso, a la «sangre nueva» nos corresponde el auditorio general; un lugar imponente que nos recibe con el aroma seco de la madera pulida y un silencio total que contrasta con el murmullo prominente del corredor. Las paredes, recubiertas por paneles de roble claro, se elevan hacia un techo de geometrías angulares donde hileras de focos LED brillan con intensidad, guiando inevitablemente la mirada hacia el escenario oscuro. Una chica parte del staff nos hace caminar en fila sobre la alfombra grisácea del recinto, mientras el eco de nuestros pasos se pierde entre las filas perfectamente alineadas de las butacas azul marino.
Allí, frente a la plataforma despejada y el atril solitario que aguarda bajo la luz técnica de los altavoces suspendidos, la escala del recinto nos hace sentir pequeños, recordándonos que aquel espacio minimalista y solemne no es solo un salón de actos, sino el lugar donde nuestras habilidades están a punto de ser puestas a prueba. Desde la mesa de los jueces, oculta en la penumbra hacia un extremo del escenario, el eco de una carpeta cerrándose retumba en el auditorio y hace que el aire parezca volverse todavía más escaso.