Aceite

Capítulo 1

Capítulo 1

—¡No hay ningún error! Usted es Veselets Kira Vasylivna, ¿verdad? —preguntó el muchacho detrás del mostrador de "Nova Poshta". Ya era de noche, él estaba cansado e indiferente, e incluso lo preguntó por pura formalidad, porque ya había registrado el paquete y se lo estaba empujando a Kira a través del mostrador, directamente en las manos. Al fin y al cabo, en blanco y negro, sobre el paquete, estaban impresos su nombre, apellido y patronímico. Así que, no había ningún error. Y eso era precisamente lo que la alarmaba.

—Sí, pero... —empezó a decir la mujer, sin embargo, el muchacho finalmente levantó la vista, la miró, y Kira decidió no discutir. Después de todo, el paquete realmente parecía ser para ella. Y el mensaje de texto había llegado exactamente a su teléfono. Y muy pocos conocían su número. La mujer dio las gracias y salió de la sucursal, llevando en sus manos una cajita pequeña y pulcra.

Caminó por la calle hacia su edificio, que se encontraba cerca de la sucursal. Sus botines chapoteaban en los charcos, provocando una mueca de disgusto en el rostro de la mujer. Kira odiaba noviembre. Odiaba su humedad pegajosa y sucia que se filtraba a través de las suelas de sus viejos botines, esa luz muerta en las calles, que a las cuatro de la tarde ya convertía la ciudad en una mancha gris.

Trabajaba como crítica de arte en una pequeña galería casi en el centro de la ciudad, donde olía a polvo y a parqué viejo, y donde el sueldo era miserable, pero las ambiciones de los empleados, enormes.

Hoy regresaba a casa desde "Nova Poshta", apretando contra su pecho una caja pequeña pero un poco pesada. Definitivamente, ella no había pedido nada. El mensaje de texto sobre la entrega había llegado a su número por la mañana, y la única razón por la que había ido a recogerlo era la vana esperanza de que, después de todo, no fuera un error, sino un paquete sorpresa enviado por algunos parientes con los que no se veía desde hacía tiempo y con los que casi no tenía contacto, ya que vivían lejos de la capital.

En su diminuto apartamento hacía frío, estaba limpio y silencioso; las paredes, repletas de estanterías con libros y adornadas con reproducciones de Klimt y Modigliani (¡sus deidades e ideales personales!), la diminuta cocina con el refrigerador que emitía ruidos extraños por la noche... todo estaba como siempre. Ella, sin quitarse el abrigo, puso el paquete sobre la mesa de la cocina y cortó la cinta adhesiva con un cuchillo sin filo, que llevaba tiempo planeando afilar en el taller cerca de su casa, pero que siempre olvidaba.

En el interior, entre bolitas de poliestireno, había una botella de aceite. No era un exótico aceite de oliva en vidrio oscuro, de esos que Kira a veces contemplaba en las tiendas, horrorizándose por los precios; era una simple, corriente e incluso, como diría su amiga Solomiya, "vulgar" botella de un litro de "Dobryi Dar". Sin refinar. En una botella de plástico. De esas que tienen un olor penetrante a semillas tostadas y se venden en el estante más bajo de los supermercados. Ella misma, por cierto, solía comprar una así, ahorrando cada centavo.

Kira sacó la botella de la caja y la puso sobre la mesa. La examinó con atención. Aceite, sin más. Olfateó la tapa, pero no olía a nada. Hm, esto parecía una especie de broma. La mujer echó un vistazo a la caja abierta y vio algo más. Debajo de la botella había un sobre. A diferencia del aceite, estaba hecho de un papel crema caro y grueso, cuya calidad ella apreció de inmediato. La mujer entendía perfectamente de falsificaciones, sucedáneos y originales; su profesión se lo exigía. En el sobre no había nada más que su nombre, impreso con una fuente clara y elegante.

Kira abrió el sobre y sacó una hoja de papel en la que había escrita una carta. Una carta dirigida a ella, a Kira.

"¡Saludos, Kira! —decía la carta—. Le ofrecemos un trato, ya que conocemos su difícil situación, sus deudas y sus ambiciones. Las condiciones de nuestro acuerdo son muy simples. Cada noche, exactamente a las veintitrés horas en punto, debe beber una cucharada sopera de aceite de girasol sin refinar de la botella proporcionada. Debe hacerlo a solas. Por cada cumplimiento de nuestra exigencia, a la mañana siguiente, a las nueve en punto, recibirá en su cuenta bancaria una recompensa: diez mil grivnas. Pero hay una advertencia y una restricción: no intente buscarnos y no le cuente a nadie sobre esto. La estamos vigilando. ¡El trato entra en vigor a partir de hoy! Todo esto no es un engaño ni una estafa. Cumpla la condición y lo comprobará usted misma".

No había firma.

Kira releyó la carta tres veces. Su primer impulso fue tirar tanto la estúpida carta como la botella de aceite a la basura. Todo era muy incomprensible, aterrador, incluso humillante. ¡¿Alguien le estaba gastando una broma y exigía que bebiera aceite a cucharadas?! ¿Una farsa? ¿Acaso la estaban grabando para algún programa de televisión y ella ni lo sabía?

Miró la botella. "Dobryi Dar"*. Muy simbólico, maldita sea. ¡Ajá, un don, un regalo de algún bromista que tal vez la estaba vigilando a través de una cámara oculta!

Y luego, casi sin querer y de forma inconsciente, Kira empezó a hacer cálculos. Diez mil al día. ¡Trescientos mil al mes! Era una suma que superaba varias veces su salario anual en la galería. ¡Dios mío, era el tipo de dinero que podría cambiarlo todo en su vida! ¡Por fin podría comprar ese boceto de un autor desconocido del siglo diecinueve, que acumulaba polvo en una tienda de segunda mano, y a cuyo alrededor llevaba meses rondando, relamiéndose como un gato ante la crema! ¡Podría renunciar y dedicarse a pintar cuadros! Podría vivir, no solo sobrevivir. Pagar sus deudas, comprar un portátil nuevo. Y unos botines. Después de todo, noviembre estaba al otro lado de la ventana...




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