A los once años, aprendí que el silencio puede ser más ruidoso que un grito. En 6to grado, el bullying físico de los pasillos se había convertido en un zumbido de fondo, una molestia aceptada, pero el verdadero campo de batalla se trasladó a mi propia casa. El éxito académico, que para muchos era un motivo de orgullo, para mí era una cadena.
"Esa semana de exámenes finales fue un descenso al infierno. No dormía. Pasaba las noches con una lámpara pequeña, repasando teoremas y fechas históricas hasta que las letras bailaban frente a mis ojos por el cansancio. Tenía migrañas que se sentían como si alguien golpeara mi cráneo con un martillo desde adentro, pero no me detuve. Necesitaba ese 20. No por orgullo, sino por paz. Pensaba que, si lograba la perfección absoluta, las comparaciones finalmente se detendrían."
"El día que entregaron los resultados, caminé a casa con el pecho inflado por primera vez. Había obtenido la nota máxima en la materia más difícil. Al llegar, puse la hoja sobre la mesa frente a mi madre, esperando —necesitando— un ""estoy orgullosa de ti"" o al menos un abrazo. Ella miró el papel un segundo, ni siquiera lo tomó en sus manos. Luego levantó la vista y, con una frialdad que me caló más que el golpe de un abusador, solo dijo: —Es lo que te corresponde hacer, Leo. Para eso te pago el colegio. Ahora ve a estudiar lo que sigue, que Daniel ya está adelantando temas del próximo año."
"Buscando una salida, me refugié en la fe. El Bautismo y la Comunión no fueron solo ritos; fueron intentos de encontrar un padre que no me comparara y una paz que no dependiera de una calificación. Me arrodillaba en la iglesia y pedía ser escuchado. Pero el cielo permanecía en silencio, y mi madre seguía señalando los errores de los demás como mi estándar a superar."
"6to grado terminó con una medalla de honor y un vacío negro en mi estómago. Había cumplido con todos, pero nadie me había preguntado si yo estaba bien. Entendí que el mundo solo quiere tus resultados, no tus procesos. Para sobrevivir al Liceo, tendría que empezar a construir una armadura mucho más gruesa. El niño que buscaba aprobación estaba empezando a morir para dar paso a alguien que aprendería a esconderse tras un caparazón."