Caminamos con prisa, con la mirada fija en pantallas o perdidos en el laberinto de nuestros propios pensamientos.
Pocas veces nos detenemos a pensar en lo que sostiene nuestro andar.
Ignoramos que el suelo tiene memoria, que las grietas tienen voz y que debajo de la suela de nuestros zapatos se esconde un testigo inmutable del tiempo.
Las páginas que siguen no son un simple relato; son una confesión psicológica y existencial.
Es el pulso de una resistencia silenciosa que vio pasar imperios, que conoció el destierro del olvido y que hoy se alza con una dignidad de piedra frente a la fragilidad de un mundo moderno que cambia demasiado rápido.
Quien habla aquí no pide permiso.
Habla desde las entrañas del camino, desnudando la soberbia de lo efímero y recordándonos que lo verdaderamente noble se permite sentir, pero nunca se quiebra.
Te invito a pasar, a despojarte de la prisa y a escuchar la voz de aquello que siempre estuvo ahí.
Custodiando tus pasos.