El aire del pasillo principal del instituto olía a una mezcla exacta de tres cosas, hormonas revolucionadas, perfume caro y el característico aroma a sudor de los jugadores. Era ese momento del día, justo antes de que sonara el primer timbre, en el que el lugar se convertía en una pasarela de modas y un debate deportivo a grito pelado.
Por un lado, las chicas del grupo de las porristas y las jurados de la moda formaban un círculo perfecto, analizando si los pantalones de tiro alto de la última revista eran un acierto o un crimen social. Por el otro, el grupo de los atletas gesticulaba de forma exagerada, casi a puñetazos limpios en el aire, discutiendo si el Real Madrid o el Barcelona dominarían la próxima jornada de la Liga Española, intercalando el debate con comentarios sobre qué coche rugía más fuerte en el estacionamiento.
Y en medio de toda esa jungla superficial, estaba Alondra.
La puerta principal se abrió de par en par y ella entró como quien cruza un campo de minas, con la cabeza erguida y el paso firme. En sus brazos, pegada al pecho como si fuera un escudo antibalas, cargaba una pila monumental de libros que desafiaba las leyes de la gravedad. Arriba de todo eso, un tomo de derecho constitucional que se había llevado escondida de su hermano amenazaba con resbalar en cualquier momento.
Alondra no vestía la ropa de moda que parecía ser el uniforme oficial del instituto. Llevaba unos vaqueros gastados, una sudadera tres tallas más grandes que ocultaba su figura y unas zapatillas blancas, que tal vez habían visto mejores tiempos. Y no vestía sí porque le faltara dinero, no, su familia era una de las más adineradas, pero eso a ella no le gustaba ni le hacía falta lucirlo, todo lo que llevaba encima era de marcas mundialmente reconocidas, y aún así no lo andaba vociferando a vox populi.
Ella no necesitaba plumas para llamar la atención; su brillo venía de otra parte. Había una dulzura innegable en la forma en que acomodaba sus gafas sobre el puente de la nariz, y una inteligencia afilada que destellaba en sus ojos azules, cada vez que observaba el caos a su alrededor.
Mientras sus compañeros invertían el tiempo libre en planificar fiestas a las que ella jamás sería invitada y sí lo hacían tampoco iría, Alondra ya tenía un mapa mental de su futuro. Su sueño no cabía en un coche deportivo ni se reducía a ser la novia de un delantero de fútbol. Ella quería ser una gran profesional, una abogada de las que hacen temblar los tribunales. Sus méritos eran propios, ganados a pulso entre noches en vela y notas perfectas.
—¡Eh, cuatro ojos! ¡Cuidado no te caigas con la enciclopedia! —gritó uno de los delanteros del equipo, provocando una oleada de risas predecibles en el pasillo.
Alondra se detuvo en seco. Cualquiera habría esperado que la chica tímida se encogiera de hombros y saliera corriendo a esconderse en el baño. Pero Alondra tenía un secreto, detrás de su fachada retraída se escondía una lengua mordaz capaz de cortar como un bisturí.
Lentamente, bajó un poco la pila de libros, miró al chico de arriba abajo con una calma que rozaba lo insultante y sonrió con falsa dulzura.
—No te preocupes por mis libros, de verdad —respondió Alondra, elevando la voz lo justo para que el pasillo guardara silencio—. Preocúpate mejor por tu examen de literatura de tercera hora. Escuché que la profesora va a usar palabras de más de tres sílabas, no vaya a ser que te dé un derrame cerebral intentando leerlas.
Un "¡Uh!" colectivo resonó en las paredes. Rubén, el atleta se quedó con la boca abierta, procesando el golpe, mientras sus propios amigos se burlaban de él.
Alondra volvió a acomodar su torre de papel contra el pecho, dio media vuelta y continuó su camino hacia los casilleros. Sí, era tímida, y sí, prefería la compañía de un buen autor antes que la de cualquiera de esos clones obsesionados con la moda. Pero si alguien osaba interponerse entre ella y sus metas, descubriría muy rápido que la chica de los libros sabía cómo morder.
Apoyado contra la fila de casilleros del fondo, presenciando toda la escena como si el pasillo fuera su teatro personal, se encontraba Bastian Cooper.
Bastian era el tipo de chico que parecía haber sido diseñado en un laboratorio de clichés de Hollywood, una mandíbula perfectamente esculpida, el cabello castaño claro, casi rubio estratégicamente despeinado que desafiaba la gravedad y unos ojos azules que destilaban una confianza casi insultante. Tenía apenas unas semanas de haber llegado al instituto tras la mudanza de su millonaria familia, pero ya se había adueñado del lugar. No le hizo falta esforzarse; su carisma magnético y esa sonrisa perezosa, capaz de derretir el hielo a tres kilómetros de distancia, hicieron todo el trabajo por él.
A su alrededor, el grupo de los atletas se apiñaba como una corte real rodeando a su monarca. En esa manada, Bastian era, sin lugar a dudas, el macho alfa. No solo por el grosor de la billetera de su familia, sino porque se había ganado en tiempo récord la posición más codiciada, privilegiada y adorada de todo el instituto, era el delantero centro y capitán del equipo de fútbol estrella. El "nueve" intocable. El encargado de meter los goles imposibles, de llevarse los aplausos y de que su nombre fuera coreado los viernes por la noche bajo las luces del estadio.
Bastian estaba acostumbrado al servilismo. Desde que tenía memoria, el mundo se había encargado de ponerle una alfombra roja donde quiera que pisaba. Si chasqueaba los dedos, alguien le traía un batido; si sonreía a medias, le pasaban la tarea de matemáticas. Conseguía todo lo que quería con el mínimo esfuerzo, y ese pasillo no era la excepción. Sus amigos se reían de sus chistes antes de que terminara de contarlos y copiaban su forma de vestir como si fuera un dictador de la moda juvenil.
#2888 en Novela romántica
#910 en Novela contemporánea
reencuentros segundas oportunidades, enemistolovers comediaromantica, jefeasistente proximidadforzada
Editado: 04.07.2026