Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 1

“… Métele AMOR al CAOS y verás como todo se ordena…”

Anónimo

Bastian

—¿Que cómo empezó todo este desmadre?... Pues ya les digo. Verán, todo se remonta a ese maldito instituto, cuando yo era el rey del mundo y ella una nerd con complejo de...

Mmmm. Lo que estaba por decir queda completamente inconcluso. La razón es bastante simple, la maníaca que tengo al lado se me ha lanzado encima y me está tapando la boca. Bueno, en realidad hace el intento porque, a ver, con lo enana que es, apenas si alcanza a cubrirme la mitad de la mandíbula mientras se pone de puntillas, resoplando como un toro de lidia en miniatura.

—¡Joder! Suéltame, déjame hablar, pedazo de loca —consigo articular entre sus dedos, apartando su mano con suavidad pero con firmeza.

Alondra me clava una mirada que podría derretir el capó de mi Ferrari. Cruza los brazos sobre el pecho, indignada.

—Loca tu abuela, imbécil, patán narcisista, egocéntrico, idiota, gilipollas...

Mmmm. Ahora soy yo el que le tapa la boca a ella para que deje la cháchara de una vez por todas. Dios, cómo extrañaba sus célebres frases de diccionario venezolano. Aprovechando que la tengo a milímetros de distancia, me inclino un poco, rompiendo cualquier espacio personal, y le susurro al oído con la voz más grave, rota y seductora que sale de mis entrañas:

—No recuerdo que te expresaras así de mí hace un rato... cuando te tenía contra la pared de la cocina.

Noto cómo se le eriza la piel del cuello. Alondra traga saliva, pero si algo he aprendido este tiempo, es que mi asistente jamás se rinde. Me lame la palma de la mano —¡sí, la muy salvaje me ha lamido!— para obligarme a soltarla. Se limpia los labios con el dorso de la mano y me sostiene la mirada con una chispa peligrosa en los ojos oscuros.

—Tampoco recuerdo que me dijeras loca y todos sus sinónimos cuando estabas sentadito, bien tranquilo en la silla de tu escritorio ayer, mientras te hacía lo que decía Yailin en la canción que teníamos de telón de fondo.

Me quedo helado por un segundo. El recuerdo de lo que pasó en ese escritorio hace apenas 18 horas cuando mucho me golpea en la zona baja con una fuerza descomunal. Suena arrogante, claro, pero soy un Cooper, está en mi maldito ADN. Así que recupero la compostura, arqueo una ceja y le dedico mi sonrisa más autosuficiente.

—Bueno, se pondría en entredicho mi hombría si me quejara de eso. Además, hay muuuuuuchas que lo pueden comprobar y que se mueren por repetir.

¡Zas!

Un golpe seco en el brazo me hace dar un paso atrás.

—¡Auch! ¿Pero ahora por qué cojones me golpeas? —le pregunto, sobándome el bíceps. La maldita abogada tiene la mano pesada.

—Por estar trayendo a esas fulanas a mi historia —me responde mi adorada loca, dándome la espalda con indignación fingida mientras se arregla el cuello de su traje sastre blanco.

Me cruzo de brazos, divertido por sus celos mal disimulados, y doy un paso hacia ella, acorralándola contra el borde de la mesa.

—¿Tu historia? —le pregunto, rozando su hombro con el mío—. ¿Cuándo pasó a ser tu historia y no la nuestra, Alondra? Porque, que yo recuerde, el que está perdiendo la herencia y la cordura por ti, soy yo.

Ella se gira lentamente, alzando los hombros con una parsimonia exasperante, como si le restara total importancia a mi crisis existencial sobre los derechos de autor de nuestra propia vida.

—Porque yo soy más linda que tú, Cooper —me responde, regalándome una sonrisa de absoluta suficiencia—, y muy pocos se resisten al encanto de una latina.

Y justo cuando creo que ha terminado de darme clases de geografía y magnetismo, decide jugar sucio. Se da media vuelta hacia la gran ventana de cristal y, mientras camina, empieza a mover las caderas y ese trasero prominente de forma tan sugestiva que juro que esas curvas tienen vida propia, pasaporte independiente y su propio código postal. Es un vaivén rítmico, una provocación directa a mi autocontrol que me deja sin aire.

Un gruñido de pura exasperación —y de una frustración de la que prefiero no hablar— es la única respuesta que mi cerebro logra coordinar. Me paso una mano por la nuca, completamente derrotado.

—Está bien, tú ganas. Es tu historia —le digo, acortando la distancia en dos zancadas. La tomo por la cintura, pegando su espalda a mi pecho para frenar de una vez por todas ese movimiento sísmico que me está destruyendo las neuronas, y aprovechando el factor sorpresa, me inclino para robarle un beso rápido, de esos que muerden y dejan con ganas de más—. Entonces, abogada, tienes los honores para iniciar la presentación de este caos que nos llevó del odio al amor.

Alondra se zafa de mi agarre con una risita limpia, se da la vuelta para quedar frente a frente y, con los ojos brillándole de pura emoción, eleva los brazos al aire.

—¡¡¡Redobles de tambores!!! —exclama, mientras mueve las manos frenéticamente en el aire e imita el sonido con la boca—. ¡Trrrr, trrrr, pum!

Se aclara la garganta de forma exagerada, toma una carpeta de mi escritorio, la enrolla como si fuera un micrófono y se prepara para soltar la bomba.




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