Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 2

"Todos los humanos están formados por dos partes: el hombre y la criatura. En el hombre reside el instinto de venganza, mientras que la criatura busca el perdón".

Alejandro Dumas (en El conde de Montecristo)

6 AÑOS ATRÁS…

¡A ver, a ver wey! Primero que nada, no me vayan a salir con el chorro de babas de que «¡ay qué estas hasta el gorro, otra vez el pasado!». ¡No, mijita, para nada! Mire, para entender la procedencia de una acción reivindicatoria, la configuración del nexo causal de la responsabilidad civil contractual y la debida ponderación del daño emergente, ¡DE ESE TODO! Hay que conocer los hechos en cómo sucedió todo, desahogar y estudiar las evidencias de cabo a rabo, evaluar la idoneidad de los testigos y la carga probatoria, porque si no...

¡O sea, de pana! Si no sabes cómo empezó este beta, no vas a entender ni una vaina, chama. Te lo juro que vas a estar más perdida que la mamá de Tarzán en plena selva.

Así que ponte cómoda, lánzate en el mueble y disfruta, mi ciela, que el chisme es largo y tendido. Pero bueno, acá todas somos chismosas consagradas de nacimiento, así que sacrificio, lo que se dice sacrificio... tampoco será, mi reina. ¡Prende los motores, que esto apenas arranca y vamos en bajada!

Alondra Isabel Fuenmayor Vidal. Esa soy yo, con dieciocho años. Había tenido la inmensa fortuna de crecer en un hogar repleto de un amor genuino y un apoyo incondicional. Mis padres adoptivos, Valeria y Carlos, se habían encargado de borrar las heridas del pasado, y mis hermanos, unos celosos y tóxicos por demás, Eddy y Elijah, me habían brindado absolutamente todo lo que necesitaba para ser feliz. Bueno, todo excepto privacidad, porque con ese par de guardianes hiperactivos era imposible tener un novio o respirar sin su supervisión.

Sin embargo, las cosas fuera de mi burbuja familiar eran otro contar. La vida en el instituto de España no había sido nada fácil para mí.

En los pasillos, todos me llamaban “la nerd”. Tal vez se debía a mi timidez, o al hecho de que simplemente no congeniaba con todo el mundo. A ver, no me critiquen, yo me considero una persona de selección social estricta. Desde muy joven entendí que no tengo la paciencia necesaria para aguantar niñerías, dramas predecibles ni las actitudes sin sentido de la mayoría de mis vanidosos y cabezas huecas compañeros de clase. Mientras ellos se preocupaban por quién tenía más seguidores, sus outfits o el auto del año, yo prefería concentrarme en mis libros y en asegurar mi entrada a una buena universidad.

Pero claro, ser la chica solitaria y brillante te convierte de inmediato en el blanco perfecto de los populares. Lo que ninguno de esos idiotas sabía es que detrás de mis gafas y mis libros de derecho, que leía sin empezar a cursar estudios en esa carrera, se escondía un corazón que estaba a punto de aprender, de la peor manera posible, lo mucho que puede doler el primer amor. Y el culpable de esa lección tenía un nombre que todavía me hacía arder la sangre, Bastian Cooper.

Yo venía de cursar estudios en un instituto en Estados Unidos donde la gran mayoría de mis compañeros eran auténticos superdotados. Yo no tengo esa cualidad, para qué les voy a mentir, entre panas no nos caemos a muela, pero me esforzaba tanto que siempre daba la talla.

Eso sí, mi mente era un contraste andante. A pesar de que en mis estudios era extremadamente organizada, meticulosa y perfeccionista, en lo personal era todo lo contrario. Mi habitación parecía el resultado del paso de un huracán categoría cinco. Había ropa por aquí, libros abiertos por allá, apuntes en el suelo... pero, mágicamente, yo encontraba orden dentro de mi propio desorden. Sabía exactamente en qué parte del caos estaba cada cosa.

Mi otro gran enemigo mortal era el despertador. Odiaba con todo mi ser levantarme temprano; para mí, las ocho de la mañana era aún de madrugada y un atentado directo contra mis derechos humanos. Yo no sé qué mrda tenían en la cabeza algunos científicos para ponerse a inventar cosas habiendo tanta falta de oficio en este mundo. Con tantas vainas útiles que hacían falta —no sé, una pastilla para quitar la resaca de ponche en un segundo o un detector de pendejos a distancia—, y van y crean a mi peor enemigo, el maldito despertador.

De pana, hay que tener ganas de fastidiarle la existencia al prójimo. El primer despertador mecánico moderno fue creado por el relojero estadounidense Levi Hutchins en 1787. Pero el tipo no conforme con inventar ese aparato del demonio, lo programó de forma fija para sonar a las cuatro de la mañana. ¡A las cuatro, mijita! O sea, un psicópata con todas las de la ley. Hubo que esperar hasta 1847 para que el inventor francés Antoine Redier patentara el primer despertador mecánico ajustable, dándonos el bendito beneficio de elegir a qué hora exacta queríamos sufrir.

Aunque si nos ponemos técnicas con las evidencias, este ensañamiento contra el sueño viene desde la antigüedad. El mismísimo filósofo griego Platón, en el siglo V a.C., ya andaba de ocioso diseñando un reloj de agua con una alarma acústica para despertar a sus alumnos. ¡Imagínate tú! Desde los tiempos de la Antigua Grecia nos vienen amargando las mañanas.

Y ahí estaba yo, sufriendo el legado de Hutchins y Platón, mientras el aparato ese chillaba en mi mesa de noche como si me estuviera cobrando una deuda pendiente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.