Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 3

“…YO ME ENAMORÉ DE TUS DESASTRES. TÚ LO HICISTE DE MI CAOS… FUIMOS EL COSMO PERFECTO…”

CÉSAR POETRY

Bastian

Soy Bastian Alexander Cooper Hamilton. El último año de escuela siempre trae consigo una mezcla de emociones, la emoción de lo nuevo que está por venir y la nostalgia por lo que se deja atrás. Aunque, siendo completamente honestos, yo no es que estuviera dejando muchos recuerdos en ese lugar. Tenía apenas unos meses conviviendo con ese reducido grupo de estudiantes en Sevilla.

Había llegado ahí como el desecho que nadie quería, justo después de que me expulsaran del mejor instituto de Londres. Y no, no fue por una tontería como simplemente raparle el cabello al coach mientras dormía, como decían algunos idiotas por ahí. La verdad es bastante más violenta, lo dejé inconsciente y con la nariz fracturada del tremendo puñetazo que le acomodé en toda la cara. Los motivos de la pelea me los reservo por ahora; no vienen al caso y no pienso ventilar mi mierda tan rápido. Solo quédense con que el tipo se lo merecía por cerdo.

El punto es que mi abuelo Don Maximilian y mis padres tuvieron que mover cielo y tierra, y una cantidad obscena de billetes, para encontrar un colegio que aceptara limpiar mi desastre, o más bien hacerse los ciego y no verlo, y me dejara graduarme. Así terminé en España, rodeado de gente que me miraba como si fuera un extraterrestre o un boleto de lotería premiado.

Para mí, el instituto era solo una escala aburrida antes de subirme de tiempo completo a los monoplazas y las motos. Nada de lo que pasaba en esos pasillos me importaba. Los chicos querían ser mis amigos para inflar sus reputaciones y las chicas... bueno, las chicas solo querían una noche con el heredero de Hell on Wheels. Yo les daba exactamente lo que buscaban, sin compromisos, sin dramas.

Conforme se acercaba la graduación, no podía evitar sentir que el tiempo se acababa. El tic-tac del reloj me taladraba la cabeza y el peso de mi máscara social comenzaba a agobiarme a niveles insoportables. Sabía perfectamente que tenía que tomar una decisión drástica, seguir encajando en un grupo que ni siquiera me entendía del todo y que solo valoraba mi apellido, o arriesgarme a mostrarle a Alondra al verdadero Bastian. Quería enseñarle al chico que se escondía detrás de la fama de la escudería, con la viva esperanza de que, tal vez, solo tal vez, ella pudiera verme de una manera distinta. Pero todo siempre queda ahí, en el querer hacer o ser, y nunca daba ese paso para hacerlo ni serlo.

Hasta que llegó la noche del baile de graduación. Yo iba con la mentalidad de tomar un par de tragos, cumplir con el maldito protocolo y largarme. Pero entonces, la "rara" del salón, la sabelotodo que siempre andaba con la nariz metida en un libro de leyes y que me ignoraba como si yo fuera invisible, subió al escenario.

Y cuando Alondra abrió la boca para cantar, todo mi maldito mundo estructurado se fue directo a los pits.

Para mí, sin embargo, este año había sido una tormenta interna que me tenía atrapado entre dos mundos, el grupo de amigos que había construido para mí un paraíso de excesos y diversión superficial, y mi creciente fascinación por una de mis compañeras. La mujer más hermosa que había visto en mi vida, la chica a la que todos en el instituto llamaban despectivamente la nerd.

No sabía exactamente cuándo comencé a notarla. Tal vez fue en aquella clase de Química, donde ella explicó una ecuación química de una reacción compleja con una seguridad que me dejó completamente perplejo. Mientras el resto del salón balbuceaba, ella dominaba el pizarrón como si fuera la dueña del laboratorio. O quizá fue la vez que la vi en la biblioteca, completamente absorta en un libro, con el cabello castaño recogido de forma descuidada y un lápiz atrapado entre sus labios mientras fruncía el ceño concentrada. O quizás el día que con una simple frase dejó a Rubén sin saber que decir.

En esos momentos, para mí, Alondra parecía intocable. Era como si habitara un universo distinto, uno donde la superficialidad del instituto no podía alcanzarla ni contaminarla. Y yo, que estaba acostumbrado a que todo el mundo me rindiera pleitesía por mi apellido o mi dinero, me encontré de rodillas ante la única chica que ni siquiera se dignaba a mirarme.

Pero en esa jungla escolar, las apariencias lo eran todo. Y yo lo sabía muy bien. Mi grupo de amigos no perdía oportunidad para burlarse de ella y de otros parecidos a ella; se mofaban de sus lentes, de sus notas perfectas y de su forma de hablar tan precisa, como si ser inteligente fuera un defecto de fábrica.

Yo, queriendo mantener a toda costa mi lugar y mi liderazgo entre ellos, el grupo de los deportistas, los populares, no me quedaba atrás. No solo se reían de mis bromas pesadas, sino que las replicaban; yo era el maldito rey de ese lugar y me alimentaba de ese ego. Pero en el fondo, muy en el fondo, me sentía como un maldito hipócrita cada vez que abría la boca para atacarla. Me asqueaba a mí mismo, pero me convencía con excusas baratas de que no tenía otra opción, de que era el precio a pagar para mantener intacta mi corona.

Hasta esa noche.

Cuando la vi entrar al salón con ese vestido blanco algo, en verdad no estoy pendiente si un color tiene varios tonos o no, el aire se me escapó de los pulmones. Ya no era la chica escondida detrás de los libros ni sweaters talla grande; era una mujer imponente que hacía que el resto del lugar pareciera pintado en blanco y negro. Y luego, cuando subió al escenario y su voz empezó a llenar el espacio junto a un viejo conocido, Luca Radamanthys, el cortocircuito en mi cabeza fue total.




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