"Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas,
de pronto, cambiaron todas las preguntas".
Mario Benedetti
EN LA ACTUALIDAD
El despertador sonó con esa estridencia típica que podría resucitar hasta a un mamut congelado... pero no a mí. Madrugar jamás ha sido mi fuerte; es más, considero que levantar al ser humano antes de las diez de la mañana viola flagrantemente el pacto internacional de derechos humanos y la convención contra la tortura.
Ahí estaba yo, metida en mi cama, sepultada bajo un capullo de mantas cual oruga floja negada rotundamente a convertirse en mariposa. El reloj digital marcaba las 9:00 a.m. en letras rojas que parpadeaban con un sadismo repugnante. Para mi reloj biológico, bien podrían haber sido las 4:00 a.m., porque nada de aquello era mi hora. Lo he dicho mil veces, el día —el de la gente decente que no odia la vida— comienza después del mediodía.
—Condenado Levi Hutchins y malvado el agua de Platón —refunfuñé con la voz ronca, estirando un brazo a ciegas fuera de las sábanas para apagar el artefacto del demonio.
Fallé tres veces, tirando al suelo una lámpara, mi lectura nocturna y un labial. Al cuarto intento, le metí un manotazo al despertador que casi lo desarmo. Silencio absoluto. Victoria para la oruga.
Me acurruqué de nuevo, frotando mis pies bajo las cobijas. En serio, no entiendo la obsesión del mundo corporativo con la luz del sol. A estas horas, las neuronas no me hacen sinapsis, el nexo causal entre mis ojos y la realidad está completamente roto, y si me obligas a hablar, te arriesgas a que te responda con una sarta de groserías que harían sonrojar a un marinero.
—Cinco minutitos más—, me prometí, aplicando la clásica mentira universal.
Pero mi cerebro, que es un traidor de primera categoría, decidió recordarme con un chispazo de adrenalina pura el pequeño y minúsculo detalle de mi agenda para hoy. —Cariño, tienes una audiencia y el contrato de tu vida depende de que llegues temprano al bufete... Pero luego recordé que le había pedido cambio a mi hermanito bello a los bufetes de América—
—¡P*ta bicha de reloj! —exclamé, destapándome de golpe mientras el frío de la habitación me golpeaba las piernas.
Me senté en la orilla del colchón, despeinada, con los ojos entrecerrados como un gato enfadado y el humor de los mil demonios. O sea, de pana, ¿quién me manda a mí a meterme a abogada estrella si lo mío era dormir la siesta? Qué ganas de complicarme la existencia. Si no fuera porque tengo que cobrarle cada lágrima a cierta pelirroja y poner a temblar a cierto rubio de ojos estúpidamente perfectos que cree que el mundo es su pista de carreras, juro por Dios que me quedaría en pijama todo el día comiendo chocolate. Pero nuevamente me lance a la cama cubriéndome con la cobija.
Pero dentro de su cabeza, las cosas estaban en pleno caos matutino. Tres pequeñas versiones de Alondra, sus "mini-yo" o más bien su trío de subconsciencias, debatían acaloradamente. Bueno, dos debatían, mientras la tercera parecía estar simplemente disfrutando del espectáculo.
—¡Ay, no, no, no! ¡A mí no me vengan con que un pantalón es un obstáculo para la grandeza! —interrumpió Isa, dando un pisotón con sus minúsculos tacones de diseñador que resonó en todo mi lóbulo frontal—. Alondra, mi reina, reacciona. Que el vuelo a New York no se va a retrasar porque la señorita tiene flojera de levantar su trasero de la cama. ¿Te imaginas el oso si nos deja el avión? ¡Qué oso ni qué ocho cuartos, sería una negligencia procesal imperdonable!
Bel soltó un bufido, acomodándose el pijama peludo mientras le daba un sorbo a su café rancio.
—Chama, de pana, qué ladilla contigo y tu drama legal —bostezó Bel, rascándose la cabeza—. ¿Vuelo a las dos y media? Todavía quedan horas. Además, Londres amaneció gris, frío y con una llovizna fastidiosa, que no provoca salir de la cama. Da lo mismo llegar hoy que mañana. Deja que el cuerpo descanse, Isa. Acuérdate de que el estrés arruga la piel, y nosotras estamos pasaditas de edad para andar regalando colágeno por pura autoexigencia. ¡Mete el freno de mano!
Diosa, la tercera voz de mi cabeza, que ya se había terminado la mitad de la bolsa de palomitas, soltó una carcajada limpia y picante, cruzando sus diminutas piernas torneadas.
—¡Eso, rásquense las faldas, mis cielas! ¡Que arda Troya! —exclamó Diosa, guiñándole un ojo a las otras dos—. Pero ya, fuera de juego, Bel tiene un punto con lo del frío de Londres. Esas medias de invierno son un fastidio absoluto para quitárselas... sobre todo si te topas con un papacito rubio, un castaño o un morenote prepotente y más bueno que el pan, que te quiere hacer una inspección judicial de cuerpo completo en el escritorio. ¡Imagínate el bajón de la libido estar ahí media hora peleando con una licra térmica! Por eso les digo, si de verdad quieren que la condenada salte de la cama busquen el turbo 3000 y verán lo feliz que despierta la condenada— les dijo a Isa y a Bel. Y, no le hablen de trabajo. ¡Háblenle de la cara que va a poner Bastian Cooper cuando la vea llegar hecha una maldita diosa inalcanzable!
Isa se llevó las manos a la cabeza, escandalizada, mientras su portapapeles casi se le cae al suelo.
—¡Diosa, por el amor de Dios, compórtate! ¡Estamos hablando de un traslado internacional por motivos laborales y de un plan de venganza con base jurídica sólida, no de tus fantasías de categoría más de dieciocho! —gritó Isa con las mejillas rojas de la indignación.
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Editado: 29.07.2026