Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 6

“…Si tú felicidad depende de que todo salga como quieres, prepárate…

la vida no recibió tus instrucciones”

Demócrito

El aeropuerto de Heathrow estaba en su máxima expresión de caos británico, un hormiguero humano donde miles de personas entraban y salían en un desfile interminable de abrigos largos, prisa y cafés andantes. Y ahí, justo en medio del vestíbulo de salidas de la Terminal 5, estábamos nosotras tres. Selene, la princesa Maoly y yo nos habíamos convertido, por derecho propio, en el epicentro absoluto de un torbellino de carreras de último minuto, bolsos de mano mal embalados que amenazaban con estallar y una logística que rozaba la ilegalidad.

—¡No toques eso, Maoly! ¡Bájate de ahí, por el amor de Dios! —gritó Selene con la voz al borde de la afonía, mientras intentaba atajar a la criatura antes de que trepara por una barrera de seguridad como si fuera el mismísimo hombre araña subiendo el Big Ben.

Mientras tanto, una de mis maletas —la más grande, la que llevaba todo mi arsenal de supervivencia textil, léase mis mejores trapos de las marcas más reconocidas para Texas— decidió que ya había tenido suficiente de nosotras. Gracias a una ruedita defectuosa, el equipaje empezó a rodar misteriosamente por su cuenta, ganando velocidad en una bajada perfecta directo hacia el mostrador de Check-in de primera clase de British Airways.

—¡Coño, la maleta! ¡Párenla, que ahí van mis trapos caros! —exclamé, olvidándome por completo de la compostura diplomática y elegancia que me había inculcado la tutora de la familia noble de mi papi, por si no lo recuerdan, mi papá es hijo de un duque, aunque haya renunciado a su título, mi abuelito es buena onda conmigo, sigo más bien con lo mío, salí disparada detrás del armatoste antes de que provocara un incidente internacional.

La gente nos miraba como si fuéramos un circo ambulante sin carpa, y no los culpaba. Allá adentro, en mi cabeza, la junta directiva estaba colapsando. Isa corría en círculos gritando que íbamos a perder el vuelo de conexión y que terminaríamos presas por desorden público; Bel suplicaba que nos dejáramos arrestar con tal de no tener que correr más con tres bultos encima; y Diosa, con sus gafas de sol puestas, solo decía —Chama, qué pena con el imperio inglés, pero qué salida tan triunfal estamos haciendo

Hacerse pasar por una asistente despistada e incompetente para engañar al estirado de Bastian Cooper iba a requerir que activara todas mis dotes actorales, pero a juzgar por el desmadre que estábamos armando en el aeropuerto más concurrido de Londres antes de pisar suelo texano, el papel de desastre andante ya lo llevaba completamente naturalizado.

—¡Sabía que esto pasaría! —gritó Selene, jadeando como si estuviera corriendo un maratón en tacones mientras trataba de mantener el paso detrás de mí.

A pesar de que yo cargaba a Maoly en un brazo y una mochila a punto de estallar en el otro, el pánico y la adrenalina me hacían moverme con la precisión y la velocidad de un atleta olímpico en la final de los cien metros planos. El instinto de supervivencia es una cosa maravillosa, de pana.

—¡Si nos hubiéramos levantado tres horas antes, estaríamos relajadas y hasta tomando un maldito café con calma ahora mismo! —le solté, tratando de esquivar a un grupo de turistas asiáticos.

—¡Alondra! —respondió Selene entre dientes, mientras lanzaba la última maleta a la cinta transportadora del mostrador con una fuerza descomunal, digna de un levantador de pesas —Te recuerdo que la que se levantó tarde fuiste tú. Y la que tardó más de veinte minutos frente a la biblioteca decidiendo qué bendito libro ibas a leer durante el vuelo, ¡también fuiste tú! Así que a mí no me vengas a hablar de tiempo perdido, mi ciela —gruñó la pelinegra, fulminándome con la mirada.

Mientras el mundo se caía a pedazos a nuestro alrededor, Maoly, completamente ajena al caos y flotando en su propio universo infantil, observaba todo desde mi hombro con la curiosidad de un científico de la NASA.

—Mamá, ¿por qué ese señor tiene la barba como Papá Noel, pero el pelo negro? —preguntó la niña en voz extrañamente alta, señalando con el dedo índice a un hombre bastante confundido que intentaba descifrar un mapa del aeropuerto. El pobre señor ni siquiera se enteró de la crisis existencial que acababa de desatar en la mente de mi sobrina.

—Porque Papá Noel está de vacaciones y se tiñó el pelo para que no lo reconozcan —respondió Selene sin perder un solo milisegundo, agarrándome del brazo libre para empujarme con fuerza hacia la línea de control de seguridad

—Ahora, muévete Alondra Isabel. Si no corremos ya mismo, nos van a dejar y vamos a tener que quedarnos atrapadas aquí, comiendo sándwiches de aeropuerto que cuestan un ojo de la cara, por las próximas cinco horas.

—Bueno, tampoco exageres, mija. No nos vamos a morir de hambre, adem+as si nos quedamos llamamos a tus papás o si le pides a tu tío Eros que nos preste su avioncito privado para que nos lleve a Texas en primera clase —le respondí con una sonrisa pícara, dándole un codazo juguetón.

—Jamás —sentenció Sele, con una seriedad que helaba la sangre—. Prefiero mil veces cruzar el Atlántico remando en un bote inflable antes que pedirles un favor a ellos. ¡Así que camina, Alondra!

Allá adentro, en el centro de operaciones de mi cerebro, Isa se puso el chaleco antibalas y empezó a sacar el pasaporte antes de que nos tacleara la seguridad británica; Bel ya estaba llorando por el dolor de pies que nos esperaba en el avión, y Diosa la miraba el panorama muerta de la risa —Chama, de pana que el drama familiar de los griegos es de otro nivel. ¡A correr se ha dicho!




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