Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 7

“…Solo pensar en traicionar es ya una traición consumada…”

Cesare Cantú

Mientras el caos tropical y las risas estallaban al otro lado del Atlántico, la realidad en el viejo continente se tejía con hilos de oro, arrogancia y una tensión que cortaba el aire.

Paralelamente al viaje de aventuras de aquellas dos hermosas mujeres y la pequeña niña, el escenario era radicalmente distinto. En una majestuosa sala de techos altos, decorada con un minimalismo aristocrático y flanqueada por imponentes ventanales de piso a techo que daban al azul infinito del mar Mediterráneo, Bastian Cooper caminaba de un lado a otro como un toro de lidia a punto de embestir.

Su impecable traje gris a medida, perfectamente estructurado sobre sus hombros atléticos, y el deslumbrante reloj Patek Philippe de edición limitada que llevaba en la muñeca —una pieza de alta relojería que gritaba estatus a kilómetros de distancia— no hacían absolutamente nada para ocultar la furia juvenil que tensaba cada músculo de su cuerpo. Su mandíbula, usualmente rígida y altiva, se apretaba con fuerza cada vez que sus pasos firmes resonaban contra el suelo de mármol pulido.

Se detuvo en seco frente al escritorio de roble macizo, apoyando las manos sobre la superficie con una brusquedad que delataba su falta de control.

—¡No puedo creerlo, abuelo! ¡Esto tiene que ser una maldita broma de mal gusto! —bramó Bastian, con los ojos inyectados en frustración, clavando la mirada en el hombre mayor que lo observaba en silencio—. ¿Texas? ¿De todos los lugares del mundo, me mandas a Texas? ¡Ahí no hay nada más que desierto, vaqueros y un calor insufrible! ¡Dime que estás jugando, por favor!

Sentado en un imponente sillón de cuero envejecido que parecía más un trono real que un mueble de oficina, Don Maximilian Cooper observaba la escena. Era un hombre de expresión dura, tallada por los años y los negocios, con una mirada gélida y analítica capaz de taladrar un muro de hormigón armado.

Miraba a su nieto con la paciencia gélida de un estratega acostumbrado a lidiar con berrinches multimillonarios. Con una parsimonia exasperante, levantó su taza de porcelana y dio un sorbo a su té antes de hablar, midiendo el silencio, como si cada una de sus palabras fuera una pieza de oro que merecía ser entregada en el momento exacto.

—Bastian —comenzó, y ese tono grave, sordo y profundo que siempre precedía a sus sentencias definitivas hizo que el aire de la habitación se volviera pesado—. Lo que yo verdaderamente no puedo creer, es que a tus veintiséis años sigas actuando como un niño mimado y caprichoso.

El patriarca dejó la taza sobre el plato con un tintineo limpio que resonó en todo el salón.

—Se te ha dado absolutamente todo en esta vida. La mejor educación, viajes por todo el mundo, los contactos más influyentes del planeta... ¿Y qué haces tú con eso? ¿Pasearte por las calles de Mónaco como si la vida fuera una fiesta interminable que nunca va a pasar factura? Vienes saliendo de un escándalo mediático con una modelo, cuando apenas la semana pasada tuvimos que limpiar otro lío de faldas con una actriz.

Y por si eso no fuera suficiente para pisotear el apellido Cooper, llegas tarde al circuito, a veces ni te presentas a las prácticas obligatorias antes de las competencias, y tienes la audacia de tratar mal a tus compañeros y a los empleados de la escudería cuando te hacen un maldito llamado de atención por las fachas y las condiciones en las que te apareces en tu lugar de trabajo. El mismo lugar, te recuerdo, que se supone que vas a heredar.

—¡Porque Mónaco es mi vida, abuelo! Las carreras, los yates, las fiestas en los penthouses, las discotecas… ¡Ese es mi mundo! —Bastian levantó las manos al aire con exasperación, gesticulando con vehemencia como si la simple mención de su estatus de playboy justificara todos y cada uno de sus excesos—. No tengo absolutamente nada que ver con ranchos ni circuitos en Texas. ¡Es un sitio inhóspito! Probablemente lo único que hay allá afuera son cactus, vacas y gente usando sombreros ridículos.

El joven piloto dio media vuelta, pasando una mano frustrada por su cabello perfectamente peinado, incapaz de concebir una realidad donde el champán de alta gama y el glamur del principado no fueran el centro del universo. Para él, Texas no era más que un castigo medieval, un destierro injustificado en la tierra del olvido, sin sospechar que en ese mismo instante, el verdadero huracán de su vida ya había aterrizado en el aeropuerto de Austin vistiendo tenis blancos, jeans y camisa blanca y con el clóset a medio empacar.

Don Maximilian dejó la taza de té sobre el plato con una calma pasmosa, pero sus ojos se entrecerraron, adquiriendo ese brillo peligrosamente afilado que Bastian había aprendido a temer desde que era un niño. El silencio que siguió dolió más que cualquier grito.

—Pues escúchame bien, Bastian —sentenció el anciano, clavándole una mirada que congelaba la sangre—. Si no estás dispuesto a bajarte de ese pedestal de arrogancia, a madurar de una buena vez y a ensuciarte las manos trabajando en Texas por un año, entonces mi empresa, mi legado y el esfuerzo de toda mi vida irán a parar a manos de alguien que sí tenga el carácter necesario para liderar. Tu primo Harry. Él, al menos, tiene la decencia y la madurez de no comportarse como un simple maniquí de diseñador que solo sirve para salir en las revistas de chismes.




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