Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 8

“…El amor más fuerte es aquél que puede mostrar su fragilidad...”

Paulo Coelho.

Pasamos todo el bendito sábado desempacando, lo cual fue un trauma en sí mismo. Acomodar lo poco que quedó de mi guardarropa —contenido en apenas seis tristes maletas— en un minúsculo clóset de esta casa texana fue un rompecabezas digno de la NASA. Y ni hablar de mis otras cuatro maletas perdidas en quién sabe dónde; no me atrevía ni a pensar en ellas porque me daba un patatús ahí mismo. ¡Mis mejores tacones y mis vestidos de marca andaban flotando en el limbo aeroportuario!

Ese sábado sobrevivimos a punta de pedir comida por delivery. Ya al final del día a Selene le faltaba poco para que le diera un síncope de solo pensar que no estaba alimentando bien a su chiquita. Maoly, en cambio, estaba como una princesa, la más encantada de la vida comiendo comida chatarra. Claro, la culpa era mía porque yo siempre me les adelantaba con el teléfono en la mano y pedía puras hamburguesas y pizzas antes de que Selene pudiera protestar.

Hasta que, justo antes de acostarnos, se me plantó enfrente como toda una mamá regañona. Me advirtió, con el dedo índice arriba, que conmigo o sin mí al día siguiente iría a hacer un mercado como Dios manda.

Y miren, aunque no lo crean, el panorama de dejarla ir sola era terrorífico. Dejar que Selene controlara la lista significaba una tragedia nacional, ¡mis snacks de medianoche y mis dulces jamás pisarían la alacena! Así que me tocó activarme. Menos mal que Diosito me bendijo con una genética espectacular o, en su defecto, con una lombriz solitaria del tamaño del sol, porque yo como más que un remordimiento y no engordo ni un gramo. Por eso terminamos ahí, el domingo después del mediodía, en una guerra de contrabando de azúcar en medio del pasillo de los cereales.

A primera hora del domingo —y que conste en acta que “a primera hora” para mí significa cualquier momento decente después del mediodía, porque el sacrificio sobrehumano de madrugar lo haré cuando ya tenga que ir a trabajar, ¡ni modo, wey!—, el supermercado de Austin vibraba con la energía caótica de clientes distraídos y pasillos kilométricos repletos de productos gringos.

Selene, que siempre ha sido la sensata de nuestro trío dinámico, empujaba el carrito con una seriedad militar, moviéndose entre la gente como quien comanda una misión de alto riesgo en territorio hostil. Llevaba su lista en la mano y esa cara de “vamos a comprar solo lo necesario”.

Pero claro, no contaba con mi astucia. Ni con mi espíritu libre. Mucho menos con mi apetito insaciable por todo lo que tuviera azúcar.

Mientras ella calculaba precios de vegetales, legumbres, proteínas y víveres, yo revoloteaba entre los estantes como una niña en una juguetería, lanzando chocolates, galletas y cuanta bolsa de caramelos se me cruzara por delante directamente al carrito. Lo hacía con una agilidad digna de un concurso de velocidad, aprovechando cada vez que Selene se distraía revisando las etiquetas de la leche. Un chocolate por aquí, unas gomitas por allá... Si iba a sobrevivir un año entero en este calorón de Texas lidiando con gringos y con un trabajo del que todavía no sabía qué esperar, mínimo necesitaba tener la glucosa por los cielos.

—¡Alondra! —exclamó Selene, plantándose en seco justo en medio del pasillo de los cereales y cruzándose de brazos con una mirada que pretendía ser de sargento, pero que a mí solo me daba risa—. ¿Me puedes explicar, por favor, por qué hay tres paquetes de gomitas con forma de ositos, diez paquetes de galletas y cinco cajas de distintos chocolates Savoy en el carrito? ¿Qué parte de “vamos a comprar comida sana” fue la que no entendiste?

Puse mi mejor cara de inocencia, esa misma que uso en los tribunales cuando sé perfectamente que tengo las de ganar, y me abracé a una bolsa gigante de papitas como si mi vida dependiera de ello.

—A ver, mi amor, vamos por partes —le dije, usando mi tono más conciliador y pedagógico—. Primero, los ositos de gomita son una fuente indispensable de gelatina y la gelatina es colágeno. Segundo, las galletas son por si nos da un bajón de azúcar con este calor infernal de Texas. Y tercero... ¡por Dios, Selene, son chocolates Savoy! Encontrar producto venezolano en este lado del charco es un milagro divino, una señal del destino. No llevarlos sería un pecado nacional y una falta de respeto a mis raíces. Además, la salud mental también es salud, ¡ni modo, wey!

Selene rodó los ojos, pero alcancé a ver cómo la comisura de sus labios temblaba, intentando contener la risa. Me conocía demasiado bien como para saber que separar a Alondra de sus dulces a primera hora de la tarde era una batalla perdida.

Selene arqueó las cejas y cruzó los brazos. —Alondra, tenemos una niña en casa. Se supone que somos su ejemplo a seguir. Si llenamos el carrito de golosinas, vamos a terminar alimentándonos como si fuéramos una pandilla de mapaches en un picnic—.

Solté una carcajada limpia en medio del pasillo, ganándome la mirada de una señora gringa que pasaba con un cargamento de col rizada y leche de almendras. La imagen mental de nosotras dos y la princesita con antifaces de mapache, hurgando en la basura de Austin por un dulce, era demasiado buena.

—¡Oye, un respeto para los mapaches, que son unos animales sumamente astutos e incomprendidos! —le respondí, acomodándome los lentes de sol sobre la cabeza y cruzándome de brazos también, adoptando mi mejor postura de abogada defensora.




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