“…En asuntos de amor, los locos son los que tienen más experiencia.
De amor no preguntes nunca a los cuerdos;
los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca...”
Jacinto Benavente
El lunes por fin llegó. Conociéndose a la perfección y sabiendo el calvario que le significaba despegar la cabeza de la almohada, Alondra había programado el despertador a las cuatro de la mañana desde el día anterior. Su meta y cálculo matemático era perfecto, tener un margen de cinco horas para bañarse, maquillarse como una diosa de los tribunales, desayunar sin prisa y salir antes de las nueve de la mañana. A las diez en punto tenía que estar firmando su entrada en su nuevo puesto de trabajo.
Sin embargo, la teoría y la práctica en la vida de Alondra rara vez se llevaban bien a esas horas.
El sonido estridente del despertador seguía sonando, repitiéndose en bucle por quinta vez consecutiva y taladrando el ambiente de la habitación. Mientras tanto, en la penumbra etérea de un sueño profundo, donde las voces del subconsciente se reunían para conspirar a espaldas de la realidad, tres versiones muy distintas pero parecida a la vez en distintas facetas de la vida de Alondra debatían acaloradamente sobre el destino de su primer día de trabajo. La castaña, que odiaba levantarse temprano con cada fibra de su ser, yacía atrapada en un limbo, inmóvil bajo las cobijas, atrapada entre el toque insufrible de la alarma y el caos de su propia mente.
—¡Arriba, soldados! ¡Código rojo! —gritó Isa, agitando el portapapeles en el aire dentro del cuartel cerebral—. Son las cuatro y cuarenta. Si no nos levantamos ya, el cronograma de planchado del cabello se va a retrasar quince minutos, lo que retrasará el delineado de ojos y llegaremos tarde a nuestra cita con el destino. ¡Bastian no puede vernos llegar corriendo como una loca desquiciada!
—Cinco minutos más... el universo fluye mejor cuando el cuerpo descansa —balbuceó Bel, enredada en una sábana metafórica y con los ojos completamente cerrados—. El tiempo es una ilusión constructiva. Si la firma es para nosotros, las diez de la mañana esperarán por nuestra energía renovada. Inhala pereza, exhala estrés...
—¿Están estúpidas? —interrumpió Diosa, emergiendo con unas enormes gafas oscuras y una taza de café negro en la mano—. No me importa el universo ni los contratos de Isa, pero no pienso permitir que ese cucaracho nos vea con cara de mapache trasnochado en nuestro primer día. O nos levantamos a ponernos corrector de ojeras ahora mismo, o le declaro la guerra a este cuerpo. ¡Muevan las piernas!
Fuera de su mente, la Alondra de carne y hueso soltó un quejido ahogado contra la almohada. Estiró un brazo tembloroso y, con los ojos aún pegados, manoteó la mesita de noche hasta que logró apagar el maldito aparato. El silencio reinó por unos minutos más.
Ya el reloj marcaba las cinco y quince de la mañana. El despertador había sonado unas cuarenta veces más en un bombardeo acústico implacable, el margen de tiempo se agotaba a pasos agigantados y Alondra, inexplicablemente, seguía sumergida y atrapada en los brazos de Morfeo.
Dentro de su cabeza, el comité de las mini yo estaba en plena sesión de emergencia, y el nivel de los gritos ya superaba al de la alarma física. Primero habló Isa, asumiendo su rol de siempre, el de la responsable y estructurada. Se ajustó con decisión unos lentes de marco blanco con estampado animal print que combinaban a la perfección con su atuendo de batalla, un traje sastre blanco impecable, zapatos de un rojo vibrante y accesorios dorados y rojos que gritaban poder.
—Compañeras, escuchen —declaró Isa, dando un golpe con su bolígrafo sobre el portapapeles—. Hoy es un día crucial. ¡El primer día en la oficina define el resto de nuestra carrera! Necesitamos levantarnos a tiempo ahora mismo, planchar la blusa, desayunar saludable y tratar al jefe con absoluto respeto, incluso si ese hombre tiene complejo de Zeus. Es una cuestión de protocolo y de nuestra reputación.
Diosa, que aún estaba de un malhumor terrible por culpa del egocentrismo del idiota en el supermercado y con el espíritu fiestero todavía latente por el vino consumido la noche anterior, soltó un bufido. Estaba perezosamente recostada en un sofá de terciopelo, vistiendo un espectacular vestido ceñido al cuerpo de color rojo encendido, combinado con un cinturón fino en animal print y zapatos de tacón a juego. Mientras agitaba una copa de mimosa con total desdén, respondió entre risas irónicas
—Ay, Isa, de verdad, qué aburrida eres. ¿Respetar al jefe? ¡Por favor! Si ese infeliz se cree un dios del Olimpo, hay que bajarlo de esa nube al ritmo de un tornado formándose en pleno pasillo. Nada de obedecerle sin cuestionar. Propongo que entremos pisando fuerte y le hagamos ver desde el minuto uno que no estamos aquí para ser sus súbditas ni para aguantarle sus desplantes de niño rico.
Desde su propio rincón, envuelta en un halo de serenidad absoluta que contrastaba con la tensión del lugar, Bel intervino. Con su poético pensar y su aire místico, vestida de manera formal pero con un marcado estilo bohemio —un pantalón palazzo de lino blanco, una blusa fluida en tono amarillo pastel con delicados encajes y un chaleco ligero color beige, rematado con unas finas sandalias de cuero color camel—, dejó caer sus palabras con la suavidad de los pétalos al viento
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Editado: 29.07.2026