“…En el amor hay algo de locura, pero a la vez en la locura hay siempre algo de razón...”
Friedrich Nietzsche
Alondra se acomodó en su asiento con una parsimonia casi exasperante, dándole un sorbo lento y calculado a su café, dejando que el silencio se prolongara lo suficiente como para poner a prueba los nervios de acero del hombre frente a ella. Mientras tanto, a su lado, la niña seguía completamente entretenida con la cucharita, ajena al duelo de miradas que se libraba sobre su cabeza.
Cuando por fin bajó la taza, Alondra levantó la mirada hacia Bastian. En sus ojos azules bailaba ese brillo sarcástico y afilado que prometía diversión o, tal vez, un reto intelectual de alto calibre; porque con ella, y más cuando el comité de su mente se ponía de acuerdo, nunca se sabía cuál sería el siguiente movimiento en el tablero.
Dentro de su cabeza, Diosa se cruzaba de brazos con una sonrisa de superioridad, Isa preparaba los argumentos de defensa legal y Bel observaba el panorama con una calma casi mística. La Alondra exterior tomó el control absoluto de la situación.
—Mira, Bastian —comenzó ella, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos con una tranquilidad que contrastaba drásticamente con la urgencia que él destilaba—. Me fascina ver cómo tu ego Cooper es capaz de colonizar cualquier situación en tres segundos. Llegas aquí, lanzas una acusación digna de telenovela barata y esperas que yo colapse ante tu gran dilema existencial.
Bastian contuvo el aliento, con la mandíbula tensa, esperando el golpe definitivo o la respuesta que cambiaría su vida para siempre. Alondra expandió su sonrisa pícara, saboreando el control del momento antes de soltar la verdad que desarmaría por completo el melodrama del rubio.
—Pero… dime algo —, empezó ella, suavizando la voz con un tono tan ridículamente inocente que resultaba altamente sospechoso para cualquiera que la conociera. —¿Sabías que alguna vez existió un tipo llamado Pitágoras? Un genio, de esos que dejaron una huella imborrable en el mundo. Lo llaman el padre de las matemáticas.
Bastian frunció el ceño profundamente, completamente descolocado por el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Claro que sé quién es Pitágoras —respondió, cruzándose de brazos y clavando sus ojos azules en ella con impaciencia. —Todo el mundo lo sabe... ¿Pero qué demonios tiene que ver un matemático griego conmigo ahora mismo?
Alondra hizo una pausa dramática magistral, disfrutando del momento exacto como quien saborea el último y más delicioso trozo de un pastel. En su mente, Isa aplaudía el uso de la lógica, Diosa se carcajeaba de la cara de confusión del rubio y Bel disfrutaba de la poesía del remate.
—Bueno, sólo digo que, si Pitágoras inventó cosas tan útiles como los teoremas, los ángulos y los cálculos, no fue porque estaba aburrido, ¿sabes? Tal vez deberías hacer como él y usar tu tiempo para sacar cuentas o enfocarte en algo más constructivo que soltar preguntas absurdas como si fueras un detective en pleno entrenamiento.
Bastian abrió la boca para replicar, visiblemente molesto por la distracción, pero Alondra no le dio tregua y soltó el golpe de gracia, inclinándose hacia adelante con una mirada fulminante:
—Porque, desgraciadamente para mí, te atravesaste en mi vida hace seis años... y la hija en cuestión de la que pretendes reclamar una paternidad express ni a los cuatro años llega aún. Así que, a menos que las matemáticas en tus neuronas funcionen diferente, haz el bendito cálculo, Cooper.
El silencio que siguió fue glorioso. Bastian se quedó completamente tieso, con la palabra atrapada en la garganta, mientras los engranajes de su cerebro procesaban la demoledora lógica temporal que Alondra le acababa de estampar en la cara. La niña, ajena a la humillación matemática de su objetivo, soltó una risita limpia y volvió a chupar su pajita de fresa.
Él dejó escapar una carcajada limpia, sacudiendo la cabeza con una mezcla de rendición y fascinación absoluta.
—Te superas cada vez, amor. De verdad que no puedo competir con ese nivel de sarcasmo —admitió Bastian, relajando los hombros por el alivio de la matemática, pero adoptando de inmediato una expresión mucho más sombría y posesiva. Se inclinó todavía más hacia ella, invadiendo su espacio personal para que la niña no escuchara ni una sola palabra—. Entonces... eso quiere decir que tuviste a otro hombre en tu vida.
En el cuartel mental de Alondra, Isa se puso alerta en un segundo, Diosa entornó los ojos ante el descaro y Bel sintió un vuelco en el corazón. Alondra, irguiéndose con elegancia para no dejarse intimidar por su cercanía, también se inclinó hacia él, acortando la distancia hasta que pudo sentir el calor de su respiración.
—Eso no es tu problema, Cooper —le respondió con voz gélida y un tono que pretendía dar el tema por cerrado.
—Sigues siendo mi problema, Alondra —replicó Bastian sin apartar los ojos de sus labios, con una intensidad tan jurada que hizo vibrar el aire entre los dos—. Sigues siendo y seguirás siendo mi problema lo que me quede de vida.
La pequeña Maoly, totalmente ajena a la intensa batalla de miradas que se desarrollaba sobre la mesa, levantó la vista del plato. Miró al imponente hombre que tenía enfrente y lo señaló directamente con la cucharita impregnada de pastel de fresa.
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Editado: 29.07.2026