Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 12

“…Que alguien te haga sentir cosas sin ponerte un dedo encima, eso es de admirar…”

Mario Benedetti

El sonido de los tacones apresurados y los teclados tintineando se detuvo en seco cuando Bastian irrumpió en la oficina. El aire, que hasta hace un segundo estaba impregnado del olor a café y a tinta de tóner de la fotocopiadora que estaba fallando nuevamente, por las hojas impresa de las reuniones interminables, se llenó de un aroma totalmente inesperado, fresa con un toque de leche.

No traía la típica actitud del nuevo director de proyectos impecable listo para devorarse la junta directiva. Bastian traía el mentón tenso, el nudo de la corbata ligeramente deshecho por el calor del trayecto y las palabras de Alondra retumbándole en las sienes como un eco permanente. Pero, sobre todo, traía sobre la pierna de su carísimo del pantalón gris una gran mancha rosada e inconfundible de batido de fresa, cortesía de la despedida atropellada de Maoly en la cafetería.

En la recepción la escudería, la secretaria se congeló con el auricular a medio camino de la oreja. El resto de los trabajadores y ejecutivos que rondaban los pasillos abrieron los ojos de par en par, conteniendo el aliento ante la caminata firme pero evidentemente descolocada de su nuevo jefe. Bastian ni siquiera los miró; su andar decidido solo llevaba una dirección fija.

Cada empleado dejó lo que estaba haciendo y clavó la vista en la imponente figura del hombre rubio de más de un metro noventa que había entrado como un vendaval. Su traje, impecablemente gris a primera hora de la mañana, ahora exhibía manchas rosadas que resbalaban con un dramatismo casi artístico. Sus zapatos de cuero italiano, que usualmente brillaban como un espejo, estaban salpicados de gotas dulces y pegajosas. Y, por supuesto, su expresión… una mezcla perfecta entre furia contenida y resignación.

En otra mesa, la secretaria casi se ahoga con su propio sorbo de té, intentando descifrar si el impertérrito y temido piloto ejecutivo acababa de sobrevivir a un atentado terrorista o a un ataque kamikaze perpetrado por una horda de fresas. Nadie se atrevía a respirar. El silencio en el piso corporativo de la escudería era tan denso que se podía escuchar el goteo casi rítmico del residuo rosado cayendo desde el dobladillo de su pantalón hasta la pulcra alfombra.

Bastian no miró a nadie al salir del ascensor. Mantuvo la barbilla en alto con un orgullo ridículamente intacto, ignorando los murmullos sofocados que empezaban a expandirse como pólvora por los cubículos. Avanzó a pasos agigantados y pesados, dejando un rastro con olor a lácteo y frutas por todo el pasillo principal hasta llegar a la puerta de su oficina

Pero si algo quedó claro en ese instante, fue que la lógica y el sentido común no gobernaban en absoluto en esa oficina. Porque mientras los hombres se debatían entre la risa reprimida, la envidia pura y un profundo desconcierto, las mujeres ignoraron completamente la gravedad de la situación. El batido de fresa chorreando, su evidente enojo, su imagen de hombre recién salido de una batalla épica contra un postre... todo quedó relegado a un segundo plano. Lo único que veían era en Bastian a un dios griego encarnado que, incluso bañado en desdicha rosada, seguía siendo una maldita obra maestra.

Un murmullo de suspiros ahogados recorrió la fila de cubículos. Alguna ejecutiva hasta disimuló un abaniqueo con su carpeta de informes, porque el contraste entre la masculinidad imponente de Bastian y el dulce aroma a lácteo solo parecía haberlo vuelto inexplicablemente más atractivo para el personal femenino.

Y entonces, como si el universo tuviera un sentido del humor bastante retorcido, la nueva pasante —una joven con gafas gigantes que le resbalaban por la nariz y voz temblorosa de ciervo asustado— se atrevió a romper el silencio ensordecedor del pasillo.

—Señor Cooper… —balbuceó la chica, juntando carpetas contra su pecho como si fueran un escudo protector— si le sirve de algo… al menos huele delicioso.

El pasillo entero pareció contener el aliento. Dos secretarias se cubrieron la boca para no soltar la carcajada y un analista de datos cerró los ojos esperando la decapitación profesional de la practicante.

Bastian se detuvo en seco en el marco de la puerta. Lentamente, giró la cabeza hacia la joven pasante, clavándole una mirada azul tan gélida que podría haber congelado el batido de fresa directamente sobre su pantalón. La pobre chica tragó saliva y dio medio paso hacia atrás.

Un tic apareció en su ojo derecho y tensó la mandíbula al punto de rechinar los dientes visiblemente. Hubo un segundo de tensión pura y helada en el aire, de esos donde todos en la oficina dudaban entre respirar o empezar a redactar su carta de renuncia.

—Huele a fracaso —respondió él con una gravedad tan profunda que hizo temblar el marco de las gafas de la pobre pasante.

Y con eso, como si fuese una escena sacada de una película de drama turco, Bastian pasó de largo con la barbilla en alto, dejando detrás de sí una estela de aroma a fresa, marcas pegajosas en el piso claro y brilloso de la oficina y un rastro de corazones acelerados entre el personal femenino.

El aire en el piso ejecutivo de la escudería seguía impregnado del dulce e incongruente aroma a fresa cuando Sophia, la secretaria de la vicepresidencia, decidió que aquel era el momento perfecto para jugar una carta arriesgada. Se levantó de su escritorio con la aplastante seguridad de quien conoce perfectamente el impacto de su propio atractivo. Ajustándose la falda de tubo y soltándose un botón de la camisa, caminó a pasos lentos y calculados hacia la oficina de Bastian. Sin molestarse en tocar ni esperar una autorización que jamás llegaría, empujó la puerta y se adentró con una sonrisa que irradiaba más peligro que simpatía.




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