“…Un verdadero amigo es quien te toma de la mano
y te toca el corazón…”
Gabriel García Márquez.
Mientras revolvía la salsa napolitana en la olla, para la pizza que pensaban hacer de cena Alondra no pudo evitar notar la forma en que Selene miraba fijamente la cebolla que estaba picando en la tabla, como si cada trozo representara un problema existencial de su vida.
—A ver, Selene, escupe el misterio, vale —dijo Alondra, bajándole un poco al fuego de la cocina y cruzando los brazos mientras la miraba con una mezcla de curiosidad y guasa—. ¿Por qué tienes cara de protagonista de telenovela en su momento de reflexión dramática? No me salgas con cuentos de camino, mija, que a mí no me vas a dar atole con el dedo. Traes un rictus de 'mátame ese pavo' que no te lo quita ni el mejor filtro. ¿Qué fue lo que pasó?
Selene soltó un suspiro pesado, dejando el cuchillo a un lado y tratando de fingir indiferencia mientras sacudía la cabeza con gesto de resignación.
—Ya vienes tú con esas palabras que tú solita te entiendes... De verdad no sé qué pasa por tu cabeza cuando mezclas ese dialecto méxico-venezolano. A cualquiera lo dejas paralizado porque no entienden absolutamente nada.
Alondra se encogió de hombros con total frescura, dándole una última vuelta a la salsa con la cuchara de madera antes de señalar a su amiga.
—Ah, no me tuerzas la cola al cochino más de lo que está, mija —reclamó Alondra entre risas, apoyando la cadera contra el tope de la cocina—. Escupe lo que traes entre pecho y espalda de una buena vez y deja de criticarme mi hermoso vocabulario. Sabes perfectamente que cuando ando estresada o me sacan la piedra, la mezcla se me sale solita, no hay de otra. Así que ya, suéltalo, ¿te sucedió algo mientras buscaba la sillita hoy o por cierto fantasma que anda rondando se te apareció de la nada?
—No es nada, de verdad… —señaló Selene con la voz apagada, apartando a un lado la tabla de cortar mientras se pasaba una mano cansada por la frente. Miró fijamente la cebolla picada a la mitad, como si estuviera buscando ahí las respuestas que no encontraba en su propia mente—. Es solo que mi hija sigue insistiendo día y noche con el mismo tema, quiere conocer a su papá. De verdad pensé que, al mudarnos a este lugar, con la rutina nueva y rodeada de tantas distracciones, terminaría dejando esa idea a un lado tarde o temprano… —murmuró, dejando escapar un suspiro cargado de frustración y desvelo.
Se encogió de hombros, tratando en vano de disimular la enorme opresión que le encogía el pecho al ver la curiosidad inocente de la pequeña.
—Y la verdad es que ya no sé cómo manejarlo, Alondra. Cada vez que me mira con esos ojos y me hace una pregunta directa sobre él, siento que me quedo sin aire y sin respuestas.
Alondra alzó una ceja con picardía, dando un paso hacia ella para aligerar la pesadez que amenazaba con empañar la noche.
—Ah, el famoso padre misterioso… —dijo con total teatralidad, llevándose una mano al pecho como si estuviera declamando una tragedia griega—. Dime la verdad, mana, ¿fue un millonario excéntrico, un espía internacional o solo un pelón de bola monumental por equivocarte de gafas ese día? Porque para tanta intriga, ese cuento tiene que ser mínimo de Hollywood.
Selene soltó una carcajada sincera —la primera en todo el día— mientras ponía las manos en las caderas y negaba con la cabeza ante las ocurrencias de su amiga.
—Si fuera un espía internacional, por lo menos tendría una buena excusa para haber desaparecido —bromeó Selene, aunque la sonrisa se le fue suavizando poco a poco—. Pero no… Tú mejor que nadie sabes la historia completa. Es solo que no estoy preparada para enfrentar esa verdad ni para explicársela a la niña. Además… el abandono aún duele, Alondra. Por más años que pasen, esa espina sigue ahí clavada.
Alondra dejó de lado el tono burlesco al instante. La mirada picara se transformó en una de pura empatía y complicidad. Dio un paso al frente y le apretó suavemente el brazo a Selene.
—Ese dolor es válido, Sele —dijo Alondra con firmeza, pero con una calidez entrañable—. Pero no te me achicopales. Tienes una niña hermosa, fuerte y sana, y a tu lado me tienes a mí para hacerle frente a lo que venga. Si ese tipo no supo lo que tenía, que se vaya a comer un cerro de basura. Tú no estás sola en esto, ¿me oíste? Así que sécate esa lágrima y vamos a terminar la cena antes de que se nos queme la salsa.
Pero algo sí te digo, amiga —dijo Alondra mientras apagaba la estufa con un movimiento firme.
Luego caminó hacia la encimera y volcó la masa sobre la superficie de granito, dispuesta a empezar a moldearla. Hizo una pausa, dejando el tazón a un lado para mirar a Selene directamente a los ojos.
—Ese día va a llegar, Selene —dijo con total firmeza y convicción—. Y cuando lo haga, quiero que recuerdes algo, tú eres fuerte. Siempre has sido mi pilar, la roca inquebrantable en la que me he apoyado cada vez que flaqueo. Pero cuando ese momento se presente, cuando te sientas tambaleante…
Alondra dejó la masa en paz, se limpió rápidamente el exceso de harina de los dedos y tomó las manos de Selene entre las suyas. Le dedicó una sonrisa llena de una calidez entrañable y protectora.
—Ese día, yo voy a ser tu pilar y tu ancla. Alondra Fuenmayor Vidal no va a dejar que su mejor amiga enfrente eso sola ni por un segundo. Que se agarre el mundo, porque para tocarte a ti o a la niña, van a tener que pasar primero por encima de mí.
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Editado: 18.08.2026