Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 14

"…El destino es un maestro que nos enseña a amar, y los hilos de ese amor

son los que nos guían hacia nuestro verdadero hogar..."

Anónimo

Selene giró la cabeza y sintió que el corazón dio un vuelco violento dentro de su pecho y el aire pareció congelársele en la garganta. Se quedó petrificada en su sitio, viendo cómo el mismísimo Bastian Cooper caminaba saliendo de la caja metálica ajustándose el reloj de pulsera, ajeno por apenas un instante a la presencia de la mejor amiga de Alondra plantada en medio de la recepción de su nuevo edificio.

Lo único que atinó a pensar en ese instante fue que el universo entero debía estar disfrutando de una broma de pésimo gusto. Ahí mismo, a escasos metros de distancia, luciendo su habitual e impecable aire de superioridad y una mirada tan indescifrable como peligrosa, se encontraba nada más y nada menos que el crush indiscutible de Alondra, la constante tormenta en sus pensamientos y la razón de peso, aunque ella jamás lo admitiera abiertamente, por la cual ambas habían terminado empacando sus vidas para mudarse a Austin sin considerar la fulana venganza, que ni ella misma se la creía.

Selene se quedó completamente petrificada, clavándole la vista a Bastian durante un segundo más de la cuenta. Su mente, habitualmente rápida y calculadora, trabajaba a marchas forzadas intentando procesar semejante revelación.

Así que el famosísimo magnate de las pistas era el comprador misterioso que se había quedado con los últimos dos inmuebles del edificio.

¿Casualidad?, se preguntó Selene, sintiendo un escalofrío de incredulidad recorrerle la espalda. ¿O se trataba de una retorcida conspiración del destino para inyectarle una dosis desmedida de drama y tensión romántica a la de por sí alocada existencia de su mejor amiga? Con Alondra instalada en la misma escudería y Bastian adueñándose del lugar donde pretendía mudarse, la red parecía cerrarse cada vez más, prometiendo una tormenta de proporciones épicas de la que, definitivamente, no habría forma de salir ilesos, ni su amiga ni el rubio que acababa de salir del ascensor.

Bastian se detuvo en seco. Su expresión habitualmente severa e impenetrable se resquebrajó por completo al encontrarse de frente con Selene. Por un instante suspendido en el aire, su mirada quedó atrapada en la de ella, cargada de una mezcla de desconcierto, reconocimiento y una tensión casi palpable.

Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra o reaccionar ante la inesperada presencia de la mujer, una vocecita dulce y desbordante de entusiasmo irrumpió desde abajo, sacándolo de golpe de su ensimismamiento.

—¡Hola, señor Pitágoras! —exclamó Maoly, dando un par de pasitos hacia adelante con una sonrisa iluminada que llenó de luz todo el vestíbulo—. ¿Me vas a ayudar a buscar a mi papá o tú eres mi papá?

El silencio que siguió a la pregunta fue tan denso que pareció detener el tiempo.

El conserje, que aún sostenía su plumero, abrió los ojos de par en par, ahogando un jadeo. Selene sintió cómo todo el color se le escapaba del rostro, quedándose sin aire mientras el pánico le oprimía el pecho. Y Bastian… el implacable, calculador y millonario piloto de carreras, se quedó completamente helado, bajando la mirada hacia la pequeña con los ojos muy abiertos, totalmente desarmado por la aplastante inocencia de la niña.

A los pocos segundos, la rigidez en el rostro de Bastian se disolvió por completo y soltó una risa genuina, contagiado por la absoluta frescura del peculiar apodo. Se agachó despacio hasta quedar a la altura de la pequeña, apoyando los puños sobre sus rodillas. Con suma suavidad, le pinchó la naricita con el dedo índice, haciéndola soltar una risita avergonzada.

—Hola, princesa —respondió con una calidez completamente inusual en él—. Te prometo que si logro averiguar quién es tu papá, seré el primero en decírtelo. Y si resulta que las cuentas dan y compruebo que soy yo, ten por seguro que te lo informaré de inmediato.

Maoly asintió enérgicamente, con la absoluta convicción de quien confía plenamente en el éxito de su propio plan.

Selene, por su parte, observaba toda la escena con los brazos cruzados y un gesto de incredulidad mezclado con una inescapable pizca de diversión. Ver al mismísimo e inalcanzable Bastian Cooper doblado a la mitad, negociando la paternidad con una niña de casi cuatro años en el vestíbulo de un edificio, era una estampa surrealista que jamás habría imaginado presenciar.

.

—¿Señor Pitágoras? —preguntó Selene, alzando una ceja con evidente escepticismo mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

Bastian se encogió de hombros, todavía sonriendo con esa ligereza desenfadada que pocas veces mostraba en público.

—Ese título me lo dio tu amiga, la mamá de esta princesa hermosa. Y bueno... sabiendo con quién me comparó, lo asumo con absoluta dignidad —bromeó Bastian antes de enderezarse lentamente, ajustándose el saco del traje con su habitual elegancia.

Selene sacudió la cabeza con una ligera sonrisa irónica, disfrutando por anticipado del choque de realidad que estaba a punto de propinarle.

—Estás muy equivocado, Bastian —lo corrigió Selene con tono pausado pero certero—. Esta hermosa princesa es mi hija. Alondra no es su mamá, es su madrina.




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