“…Quien inventó la distancia nunca sufrió ni conoció el dolor de una despedida…”.
François de La Rochefoucauld
Alondra no era una mujer que se quedara de brazos cruzados ante los obstáculos. Y mucho menos si esos obstáculos venían disfrazados de un grupo de compañeras lideradas por "La Barbie de Silicona", un apodo que otros empleados de la misma escudería le habían otorgado a Sofia, la secretaria, por razones evidentes.
Durante todo sus dos primeros días, algunas de ellas habían intentado ponerle zancadillas, pequeñas estrategias de sabotaje con la esperanza de hacerla tropezar, enojar y renunciar. Pero si algo tenía Alondra, además de una paciencia limitada, era creatividad. Así que, en lugar de pelear directamente, decidió jugarles algunas bromas, pequeñas dosis de justicia que pusieron a más de una en aprietos sin que ella tuviera que levantar un dedo.
Entre tanto caos, también dedicaba su tiempo a una tarea importante, enseñarle modales a su jefe. Bastian Cooper podía ser un genio en su campo y excelente piloto, pero tenía una tendencia preocupante a olvidarse de ciertas reglas básicas de convivencia. Cada media hora, Alondra tomaba como misión reforzarle su educación social, con paciencia. O lo más cercano que podía tener a ella, y con una sonrisa triunfal cuando lograba hacerlo bajar un escalón de su nube sin hacerlo tocar tierra de golpe por el tanganazo que quería darle para que pusiera de una vez los pies sobre la tierra.
Después de un día de guerra táctica con la siliconada y su combo y el entrenamiento intensivo para su jefe, regresó a casa con el chofer asignado por la escudería, ya que Selene, sin ella saber, Selene le había advertido a Bastian los miles de percances que la castaña había tenido tras el volante, y si él no quería sacarla de la cárcel o del hospital, era mejor no ponerla detrás de éste. Alondra aceptó a regañadientes a ese chofer, porque por mucho que quisiera desafiar los límites de la vida, hasta ella sabía que conducir después de un día como ese, o un día cualquiera sería una imprudencia.
Alondra entró en la casa y, apenas puso un pie dentro, sintió que el aire tenía un extraño aroma y sabor, uno que ya intuía que no le gustaría.
Frente a ella, cajas empacadas ocupaban buena parte del espacio de la sala, algunas cerradas con esa cinta de embalar que no dejaba ver nada y otras abiertas, revelando objetos que Selene y ella habían comprado para su nueva casa. Entre ellas, las maletas con las que habían llegado desde Londres estaban alineadas, aunque faltaban las que aún seguían perdidas en el aeropuerto de la Gran Manzana, como un misterio sin resolver.
—Bueno, esto se siente demasiado organizado para ser simplemente un día de limpieza profunda o un aviso de abandono— murmuró, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada.
Selene apareció desde la cocina con una expresión de calma calculada, esa que ponía cuando quería evitar una reacción demasiado explosiva.
—No te preocupes, no estamos abandonándote sin aviso… más o menos— dijo con una sonrisa nerviosa, acercándose. —Solo queríamos asegurarnos de que todo estuviera listo antes de darte la noticia—.
Alondra entrecerró los ojos, cruzó los brazos y miró las cajas con expresión analítica.
—¿La noticia? —
Selene suspiró, sabiendo que no había manera de suavizarlo. —Nos mudamos mañana—. El silencio que siguió duró exactamente cinco segundos.
—¡¿Qué?! —exclamó Alondra, con la intensidad de alguien que acaba de descubrir que su serie coreana favorita fue cancelada sin final.
Maoly apareció detrás de su madre, sonriente, completamente ajena al drama inminente.
—¡Nos vamos a un nuevo apartamento, pero no es tan grande como el que teníamos en Londres! — dijo con emoción. —Y el señor Pitágoras nos ayudó.
Alondra parpadeó. —¿Pitágoras? — Selene suspiró, anticipando la próxima reacción.
—Bastian—.
Alondra soltó una carcajada seca, entre sorpresa y diversión.
—Oh, esto va a ser interesante—. Dijo Alondra con una ironía palpable en su tono de voz, Selene solo pudo asentir.
Alondra se apoyó contra la pared más cercana, ajustando su postura mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. Sus ojos azules recorrían cada rincón del espacio con una mezcla punzante de incredulidad y angustia creciente, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies amenazaba con volverse inestable.
La casa en la que estaban instaladas era, a todas luces, perfecta para ellas tres. Era un hogar cómodo, espacioso, impregnado de la tranquilidad exacta que necesitaban para disfrutar de su día a día y construir recuerdos juntas. Todo fluía en perfecta armonía. Por eso, la sola idea de un cambio tan drástico le parecía un desatino absoluto.
—¿Por qué demonios mudarse a un apartamento y, para colmo de males, es pequeño, con un espacio reducido para su guardarropa para el momento de recuperar sus otras maletas? ¿Por qué alterar una convivencia que funcionaba con semejante precisión? —
Dentro de su cabeza, el caos no tardó en manifestarse. El consejo interno de sus distintas facetas se convocó de emergencia, desatando una contienda encendida en sus pensamientos:
—Sinceramente, considero que esta iniciativa carece de toda lógica estructural y prudencia —intervino la Isa, ajustándose unos anteojos imaginarios con pulcritud y hablando con una elegancia impecable—. Gozamos de una residencia espléndida, caracterizada por su distinción y serenidad. Permutar semejante confort por un habitáculo reducido en el centro urbano constituye un retroceso vertiginoso en nuestra calidad de vida, además de un acto de imprudencia sumamente cuestionable.
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Editado: 18.08.2026