Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 19

"...En un beso, sabrás todo lo que he callado..."

Pablo Neruda.

Mientras en Londres la atmósfera se cargaba de protocolo y tensión, con los hermanos Cooper discutiendo a gritos y Harry desplegando su jugada astuta y maquiavélica para ganarse la confianza de su tío Maximilian, al otro lado del mundo, en Austin, la historia tomaba un giro completamente distinto.

En las oficinas de la escudería, el piso de la vicepresidencia y gerencia se había convertido en un auténtico campo de batalla. Dos mujeres recién llegadas, ambas modelos de pasarela y con un currículum más lleno de portadas de revistas que de experiencia empresarial, se enfrentaban como si el lugar fuera un ring de boxeo improvisado.

Primero fueron los insultos directos y precisos, pero siempre con las sonrisas falsas y los comentarios venenosos. Pero pronto la diplomacia se evaporó y lo que siguió fue un espectáculo digno de una comedia romántica con tintes de telenovela, jalones de pelo que hacían volar extensiones como confeti, taconazos que resonaban contra el suelo como golpes de tambor, arañazos que dejaban marcas rojas en brazos y rostros perfectamente maquillados, manotazos que parecían coreografiados por algún director de teatro absurdo.

Los pocos empleados, incapaces de intervenir, porque así se lo pidió Alondra, se asomaban desde sus cubículos con ojos como platos, algunos grabando discretamente con sus teléfonos, otros apostando mentalmente quién saldría victoriosa.

¿La razón de semejante espectáculo? Nada menos que el título no oficial de “novia del soltero codiciado de las pistas y del jet set europeo”, el heredero Bastian Cooper. El mismo que, mientras su tío y su primo tramaban planes en Londres, era objeto de una guerra romántica en Austin.

Las dos mujeres, convencidas de que conquistar a Bastian era asegurar un lugar en la élite, se disputaban con uñas y tacones el derecho a ser reconocidas como la favorita. El caos era tal que la ayudante de la asistente de la gerencia, la pasante Anny, escondida detrás de una planta decorativa, murmuró

—Esto parece menos una oficina y más un episodio de reality show.

Mientras las dos modelos se jalaban los pelos como si fueran gladiadoras en versión fashion week, Bastian venía casi llegando a las oficinas, todavía con la emoción y adrenalina de sus prácticas en las pistas del COTA. El ambiente era un desmadre digno de un reality show barato, pero en primera fila, como espectadora VIP, estaba Alondra, la castaña que parecía disfrutar más que nadie del espectáculo.

Con total naturalidad, sacó un balde de palomitas de maíz y empezó a comer como si estuviera en el cine. Los demás empleados se miraban entre sí, murmurando

—¿De dónde sacó esas palomitas? ¿Acaso las trae en la cartera para emergencias? —se preguntaron algunos empleados

Alondra, sin inmutarse, seguía masticando mientras en su mente se desataba un debate interno entre sus tres subconscientes, esos personajes de su propia versión mini en tres presentaciones antagónicas cada una entre sí, pero que juntas le daban esa particular característica que resaltaba siempre en Alondra. Cada mini versión tenía una personalidad propia, señalaban

Isa, la recta y responsable, se cruzaba de brazos y decía con tono severo —Esto es vulgar, corriente y bochornoso. ¡Qué vergüenza ajena! Una oficina no es lugar para semejante espectáculo—.

Bel, la bohemia y alocada, agitaba un pañuelo invisible y exclamaba —¡que chingado es todo esto. ¡Todo es culpa de Mercurio retrógrado! Está en ascendente con Júpiter y Saturno, por eso las emociones humanas están alteradas. Necesito limpiar mis chacras antes de que me contamine esta vibra tóxica.

Diosa, recostada con pose sensual en un diván esponjoso de nubes, bebía lentamente de una margarita y replicaba con sarcasmo —Querida, esas no son emociones humanas… son emociones de perras callejeros, mujeres de barrio con el rancho de zinc en la cabeza peleándose por un hueso. Ni las mujeres de dudosa procedencia actúan así. Pero bueno, yo voy a disfrutar el show, que para eso traje mi margarita. Salud.

Alondra soltó una risita mientras veía cómo un tacón volaba por el aire y aterrizaba cerca de la impresora. Los empleados ya no sabían si intervenir o pedir entradas para la segunda ronda.

Y justo en ese momento, la puerta se abrió y apareció Bastian, con su traje, sin corbata en tono claro impecable y el aire de piloto estrella. El contraste era tan absurdo que parecía que entraba a una gala de premios, mientras frente de él se escuchaba el sonido de uñas y gritos dignos de una telenovela.

Alondra, con la boca llena de palomitas, gritaba con emoción —Esto sí que es entretenimiento premium. Netflix debería tomar nota.

El piso de la vicepresidencia parecía un circo improvisado. Chillidos de perra loca se espacia en el aire, mechones de cabello volaban y otros quedaban atrapados en las manos de las combatientes, y los gritos se mezclaban con el sonido de papeles y carpetas cayendo al suelo. Los empleados, escondidos tras escritorios y plantas decorativas, observaban con la misma fascinación que un público frente a un ring de boxeo.

Allí estaba él, Bastian Cooper, el soltero codiciado. Suspiró al ver todo, se alisó las arrugas imperceptibles del traje, se quitó las gafas oscuras, y con sonrisa de portada de revista. Su entrada fue tan calculada que parecía coreografiada, como si supiera que todos los ojos estaban puestos en él —¡Señoritas, por favor! —exclamó con voz grave, levantando las manos en señal de paz. —Esto es una oficina, no un episodio de Lucha Libre Internacional.




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