Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 20.

"Tengo la teoría de que los hombres aman con los ojos y las mujeres con los oídos"

Zsa Zsa Gabor

El beso que comenzó como un roce tímido, casi accidental, pronto se transformó en un incendio que parecía expandirse por cada rincón de la oficina. El aire se espesó, las paredes vibraban con la intensidad de ese instante, y Bastian, con esa mezcla de arrogancia y deseo, la empujó suavemente contra el ventanal. El vidrio frío contrastaba con el calor que emanaba de sus labios, y Alondra sintió que el mundo entero se reducía a esa batalla de bocas, a esa locura que la arrastraba sin pedir permiso.

Pero entonces, como si alguien hubiera encendido un megáfono dentro de su cabeza, aparecieron Isa y Bel, sus mini yo más sensatas, una vestida con trajes de oficina y la otra muy a la moda de los 60’ pero ambas con cara de inspectoras de moral. Mientras que Diosa con su pantalón palazzo rojo y una blusa con print de leopardo de chiffon celebraba la hazaña.

—¡Alondra, despierta! —gritó Isa, con voz de alarma. —¡Ese es el cucaracho que te traicionó una vez!

—¡qué chingado estás haciendo güey! —añadió Bel, con tono de profesora estricta. —El tigre, por más camuflaje que tenga, siempre deja ver sus rayas. ¿Quieres que te vuelva a destrozar el corazón?

—¡que aburridas son ustedes de pana!... dejen de joder al cristiano cuando está disfrutando— exclamó Diosa entornando sus ojos

Alondra parpadeó, intentando recuperar la cordura, pero Bastian la besaba con tal intensidad que parecía imposible pensar. El calor de su cuerpo era un argumento demasiado convincente.

¡Todo es un acuerdo con el pinche viejito de Don Maxi! recuérdalo —vociferó Isa, cruzando los brazos dentro de su mente. —¡No puedes cometer la locura de enamorarte de él otra vez! Exclamó Bel, —¡shhh! — mando a hacer silencio Diosa.

Pero justo cuando la balanza parecía inclinarse hacia la sensatez, apareció la diablita de Diosa, su otro mini yo, ahora vestida con un vestido rojo ajustado y alas de lentejuelas. Con una copa de vino en la mano y una sonrisa traviesa, se subió a la mesa y gritó —¡Ay, por favor! ¡No les hagas caso a estas deslenguadas! ¡Míralo! Ese manjar todavía te derrite y hace que nuestra panocha vibre... además tú sigues pateando la banqueta por este papacito. ¿Qué más da? ¡Vuélvetelo a comer!

Alondra sintió que su mente se partía en dos bandos, el de la razón, que le recordaba las cicatrices del pasado, y el de la pasión, que le exigía rendirse al presente. Sentía que el ventanal temblaba con cada movimiento, como si también estuviera a punto de estallar.

¡No! —gritó Isa, jalando un pizarrón donde había escrito “TRAICIÓN” en letras en neón y en mayúsculas. —¡Sí! —respondió la diablita, lanzando confeti y coreando “¡Bésalo y cómetelo, bésalo y cómetelo, bésalo y cómetelo!”.¡No! —replicó Bel, con un megáfono. —¡Sí! —ratificó la diablita, con un tambor de carnaval.

Alondra, atrapada entre el fuego de los labios de Bastian y el caos de su propia mente, comprendió que estaba viviendo una escena digna de una telenovela. Y mientras él la besaba con más intensidad, con esa lengua que le revisaba hasta mejor que un otorrinolaringólogo y le prometía mundos enteros, ella como pudo se preguntó, ¿Será que el cucaracho cambió de piel o simplemente me estoy dejando devorar por el mismo tigre de siempre?

Alondra lo apartó con una fuerza que sorprendió incluso a ella misma. El golpe seco contra su pecho fue la señal inequívoca de que no quería escuchar ni una palabra más dentro de su cabeza. Sin mirar atrás, salió corriendo, sus tacones resonando como tambores de guerra en el pasillo, mientras su corazón latía desbocado, confundido entre la rabia y el deseo.

Bastian no se movió, no fue detrás de ella. Se quedó allí, apoyado contra el ventanal, observando cómo la silueta de Alondra desaparecía. Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro, esa sonrisa que siempre había sido su arma más peligrosa. Con calma, llevó los dedos a sus labios, aún húmedos del beso robado, y los acarició como si fueran un trofeo recién ganado acomodando parte de su cuerpo en sus pantalones.

El suspiro que soltó fue tan sonoro que parecía llenar el vacío de la oficina. Y entonces, con voz grave y cargada de una seguridad insolente, murmuró —Ya caerás, mi loco tormento… ya caerás. Por lo menos no soy el único que anhela revivir el pasado.

El eco de sus palabras quedó suspendido en el aire, como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente a la batalla que se libraba entre dos corazones tercos, mientras en la mente de Alondra sus mini yo discutían a gritos, y en la de Bastian solo reinaba la certeza de que el juego apenas comenzaba.

Las horas se deslizaron como autos en la pista de carreras, y ya pasado el mediodía, Bastian no pudo resistir más la inquietud que lo consumía. Recorrió cada rincón del edificio, preguntando aquí y allá, con la excusa de invitar a su tormento personal a almorzar. Su andar era una mezcla de ansiedad y arrogancia, como si estuviera convencido de que tarde o temprano la encontraría y ella no podría negarse a su propuesta. Pero nada. Ni rastro de Alondra.

Finalmente, al cruzarse con Anny, la pasante de lentes enormes que parecían antenas parabólicas que encontró charlando con la recepcionista del edificio, decidió preguntar con fingida casualidad —¿Y Alondra? ¿La has visto?




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