Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 21

"...Nuestras dudas y miedos son traidores que nos hacen perder

lo que a menudo podríamos ganar, al temer intentarlo…"

William Shakespeare

El rugido de los motores se apagó de golpe, sustituido por el silbido agudo y ensordecedor del metal al retorcerse en el fuego contra el asfalto. Durante un segundo, el tiempo parece congelarse en el circuito, hasta que la urgencia estalla en una ola de caos contenido.

Todos corrieron hacia el sitio del siniestro; la adrenalina pura de ese instante borraba cualquier otra emoción, desplazando la duda, el miedo y el cansancio en un destello de pura supervivencia. Los pilotos que se encontraban en plena sesión de práctica clavaron los frenos en seco, deteniendo sus máquinas a un costado de la pista, con la respiración agitada tras los cascos mientras intentaban descifrar la magnitud del impacto.

En los garajes, el ruido habitual de las pistolas neumáticas cesó de inmediato, los mecánicos dejaron caer las herramientas al suelo sin preocuparse por dónde caían y echaron a correr hacia la línea de pits, con los rostros desencajados y las radiofrecuencias ardiendo en gritos de alerta.

Incluso en la zona de las gradas y en las terrazas superiores, los curiosos visitantes, invitados especiales de los pilotos y empleados de la escudería, abandonaron sus bebidas y se agolparon masivamente contra el ventanal panorámico, inclinándose hacia el cristal templado en un intento desesperado por ver mejor a través de la densa nube de humo blanco, gris oscuro y quemado que comenzaba a elevarse desde la pista.

La ambulancia de la escudería irrumpió en la pista haciendo retumbar el ambiente con el aullido ensordecedor de su sirena, devorando el asfalto a una velocidad feroz. Pegado a su defensa, el personal médico de emergencia se desplazaba con la precisión y la premura que la gravedad del momento exigía, sin desperdiciar un solo milisegundo.

En cuestión de poco tiempo, los paramédicos y personal de rescate de la escudería rodearon la estructura destruida del monoplaza, levantando a su paso densas ráfagas del polvo y del humo sofocante que todavía se aferraban obstinadamente al aire. La escena se volvió un torbellino de actividad frenética donde las voces se entrecruzaban sin descanso, órdenes tajantes emitidas a gritos, diagnósticos preliminares evaluados a contra reloj para verificar los signos vitales, el chasquido metálico de las cizallas hidráulicas preparadas para cortar la carrocería y el crujido seco de las camillas desplegándose sobre el asfalto caliente. Todo el equipo trabajaba como una sola máquina perfectamente coordinada, luchando segundo a segundo por arrebatarle el control del tiempo a la tragedia.

Alondra, con el corazón apretándole la garganta y la adrenalina disparada al límite, movía las manos con desesperación en un gesto torpe de puro nerviosismo. Intentaba a duras penas seguirle el paso a Bastian, quien avanzaba hacia la zona del siniestro a fuerza de largas y decididas zancadas que devoraban la distancia.

Como era de esperarse en un momento de crisis, la paz mental de Alondra colapsó por completo y sus mini versiones no tardaron en tomar el control de su mente, montando un verdadero manicomio interno

—¡Esto es exactamente lo que ocurre cuando permites que la irracionalidad te domine y te dejas arrastrar por hombres como Bastian! ¡Caos, anarquía y peligro inminente! —gritaba la Isa, ajustándose los anteojos con manos temblorosas y una elocuencia desesperada—. ¡Te lo advertí! Esto es una catástrofe institucional de proporciones bíblicas.

—¡A huevo, la neta sí! ¡Pero no mames, aquí hay gato encerrado! —añadía la Bel, señalando al aire con marcada indignación y su característica franqueza mexicana—. ¡Te apuesto lo que quieras a que hay una mano peluda detrás de toda esta bronca, seguro! Hay alguien moviendo los hilos para que todo se vaya a la chingada... ¡Y tú aquí, parada como mensa, atrapada en medio de semejante desmadre!

La Diosa, en cambio, se cruzó de brazos, ladeó la cadera y dejó escapar una sonrisa descarada de pura malicia caribeña

—¡Ay, por el amor de Dios, pero qué dramáticas son ustedes dos, vale! ¡Qué ladilla! —protestó con ese toque desenfadado—. ¿Qué carajo tiene que ver Bastian con el accidente y el desorden del momento? A ver, díganme. Además, ¿cuál mano peluda ni qué nada? Yo lo que quiero ver es otra cosa, mija, peluda o no, ¡a mí no me importa nada! —guiñó un ojo con picardía, observando a los demás pilotos desde atrás—. Miren nada más cómo ese hombre se pone serio, cómo agarra el mando y toma el control de la situación... ¿No te encanta verlo así de dominante, Alondra? ¡Por favor, qué pedazo de hombre!

Alondra sacudió la cabeza con violencia, intentando acallar el debate interno de su mente mientras se concentraba en no tropezar y mantenerse al lado de Bastian, cuya figura implacable marchaba directo hacia el centro del desastre.

El murmullo tenso y sofocante de la multitud se propagaba por el recinto como un zumbido eléctrico. Entre el humo que comenzaba a disiparse, el piloto, con visibles quemaduras en el mono ignífugo y en la piel expuesta, fue inmovilizado con cuidado y precisión sobre la camilla por los paramédicos y revisado parcialmente por los tres médicos y dos enfermeras para ser trasladado a paso firme hacia la ambulancia. Con un gesto rápido, el jefe del personal médico levantó el pulgar hacia la zona de pits, confirmando que, a pesar de los severos golpes y las lesiones, el corredor se mantenía consciente.




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