“…Negarse al amor por miedo a sufrir, es como negarse a vivir por miedo a morir…”
Jim Morrison
No estaba enojada con él. No del todo. La verdadera furia era contra sí misma, contra la peligrosa debilidad que había sentido al dejarse abrazar de esa manera, y contra cada una de las lágrimas rebeldes que habían traicionado su orgullo frente a todo el equipo.
—No puedo caer como una tonta enamorada. No otra vez. Debo ser fuerte. Mantén la cabeza fría, Alondra—, se repetía una y otra vez como un mantra de supervivencia, apretando la mandíbula mientras caminaba a paso acelerado hacia el área del estacionamiento.
El sol de la tarde le dio de lleno en el rostro en cuanto cruzó la puerta de salida, pero el aire fresco apenas bastó para apagar el fuego que le ardía en las mejillas. Necesitaba poner distancia, salir de ese circuito y encerrarse en la lógica segura de sus leyes y sus documentos. Buscó con la mirada el vehículo de la escudería donde el chofer asignado debería estar esperándola para llevarla de regreso a las oficinas centrales o a donde ella quisiera, decidida a enterrar bajo una montaña de trabajo el torbellino de emociones que Bastian acababa de desatar en su pecho.
Alondra, con las manos temblorosas y el corazón retumbándole en el pecho, revolvió desesperadamente su gran bolso de piel hasta dar por fin con el teléfono. Lo sacó casi con frenesí, aferrándose a él como si fuera un auténtico salvavidas en medio de un naufragio, y, sin perder un solo segundo, buscó el contacto de su amiga incondicional. Apenas la llamada fue atendida al otro lado de la línea, donde la pelinegra atendió sin importarle la diferencia horaria entre Austin y Atenas, las palabras le brotaron a borbotones, atropelladas y sofocadas, sin darle la menor oportunidad a Selene de articular un simple saludo
—¡Nos besamos…! —soltó de golpe, buscando el aire que se le escapaba de los pulmones—. ¡Y después me abrazó con una ternura que me destrozó! Justo ahí, en medio de todos... cuando por un segundo me pasó lo peor por la cabeza y lo imaginé achicharrado y desvivido en el maldito accidente. ¡Selene, me voy a volver loca!
Del otro lado de la línea se escuchó un jadeo ahogado, un sonido seco y sofocado que revelaba una mezcla instantánea de absoluta sorpresa, incredulidad y una buena dosis de alarma. Selene, siempre tan directa, pragmática y difícil de desencajar, tardó unos largos y angustiosos segundos en reaccionar, como si necesitara asimilar y procesar en cámara lenta la verdadera magnitud de lo que su amiga le acababa de soltar sin previo aviso.
El silencio que siguió en la llamada fue tan denso e intenso que Alondra sintió que el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza casi dolorosa, retumbando en sus oídos. Se mordió el labio inferior hasta dejarlo sin sangre, apretando el teléfono contra la oreja mientras esperaba la respuesta de su incondicional confidente, plenamente consciente de que acababa de abrir la caja de Pandora con semejante confesión.
Selene finalmente habló con la voz entrecortada, saturada de una incredulidad palpable que casi atravesaba la pantalla del teléfono:
—¿Qué… qué me estás diciendo exactamente, Alondra? ¡A ver, explícate bien!
Alondra cerró los ojos con fuerza, apretando el aparato contra su oído como si sostener el equipo fuera lo único que la mantenía en pie en medio del torbellino de emociones que la amenazaba con arrastrar. El recuerdo eléctrico de ese beso fugaz, la calidez inesperada del abrazo frente a todo el taller, y el terror sofocante de haberlo imaginado atrapado en las llamas del accidente... todo se mezclaba en su mente como un huracán imposible de contener.
Selene, apelando a esa voz firme y protectora que siempre usaba para poner orden cuando el mundo de Alondra se venía abajo, suavizó el tono y le ordenó con complicidad y añadió algo de diversión al entorno
—A ver, Alondra, respira y cálmate un segundo. Necesito que me lo cuentes todo, con pelos y señales. Como si estuviéramos de frente en una de nuestras noches de pijamada, con una buena copa de vino en la mano y el chisme del siglo sobre la mesa. No te guardes absolutamente nada.
Alondra soltó un suspiro sonoro y profundo, tan largo que parecía querer vaciarse de golpe de cada gramo de tensión, aire y confusión que llevaba atravesados en el pecho. Se reacomodó el teléfono contra la oreja, sujetándolo con la mano temblorosa mientras se apoyaba contra la puerta del coche, y empezó a hablar a toda prisa, hilando cada detalle como si estuviera desahogándose frente a su amiga en persona, sentada en la alfombra de su sala.
—A ver, Selene, escucha bien porque esto es un desastre total —arrancó a decir con la voz sofocada, pasándose la mano libre por la frente—. Estábamos en medio de la práctica cuando de la nada se escuchó un estruendo horrible en la pista. El choque fue brutal, Selene... se levantó una nube de humo inmensa y el ruido del metal contra el asfalto me congeló la sangre. Te juro que en ese segundo el corazón se me salió del pecho porque pensé... pensé que el que iba en ese carro destruido era Bastian.
Hizo una pausa para tragar saliva, sintiendo que los nudos en la garganta amenazaban con cortarle la voz de nuevo.
—Corrimos hacia allá como locos —continuó, apretando los ojos—. Yo iba tras él, temblando por completo, y cuando nos confirmaron que el piloto estaba vivo pero que no era él sino Andy... además imposible que fuera él, porque al momento del estruendo él me estaba comiendo la boca, en una deliciosa revisión bucal, en fin, no sé qué me pasó, Selene.
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Editado: 18.08.2026