Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 23

“...Si de verdad quieres hacer algo, encontrarás la manera. Si no, encontrarás una excusa, porque me ha costado entender, pero la persona que realmente te quiere en su vida, hace todo para quedarse...”

Jim Rohn

Dos semanas habían transcurrido desde el caótico suceso en el circuito, y la pista de la Fórmula 1 permanecía sumida en un letargo inusual, con muy poco movimiento en los garajes y las pistas. La escudería se encontraba en un punto casi muerto debido a que los suministros mecánicos y los repuestos clave para los monoplazas aún no llegaban a las instalaciones, retrasados por el entramado de confusiones y contratiempos que los traía de cabeza.

El mayor desafío recaía sobre el auto principal de Bastian, el cual debía ser construido prácticamente desde cero para estar a tiempo para las carreras de los próximos meses. Para lograr la hazaña, el equipo trabajaba a marchas forzadas utilizando los planos minuciosamente diseñados por el mismísimo piloto. Sin embargo, el vehículo tendría un sello distintivo totalmente insólito alejándose de la combinación tradicional de rojo, negro y blanco que siempre había identificado a la escudería, este diseño resaltaría un cuarto color predominante. Un azul muy particular y vibrante que cubriría la mayor parte de la carrocería, convirtiendo al monoplaza en una joya única sobre el asfalto.

Mientras tanto, lejos del silencio tenso que reinaba en los boxes de la Fórmula 1, el otro lado de la escudería vibraba con una energía totalmente opuesta. En el icónico Circuit of the Americas (COTA), en Austin, las instalaciones hervían de actividad con los preparativos y las prácticas para la próxima gran competencia de motocross.

Cuatro de los pilotos estelares pertenecientes a la escudería participarían en el evento, encabezados por el mismísimo heredero del imperio, Bastian Cooper. Con la cita pactada a pocas semanas de distancia en el imponente Las Vegas Motor Speedway (LVMS), el ambiente que se respiraba en el circuito estaba cargado de una mezcla brutal de adrenalina pura, expectativa y nervios a flor de piel. Los equipos ajustaban los motores a máxima potencia con rugidos ensordecedores, los mecánicos corrían de un lado a otro con herramientas y telemetría en mano, y los pilotos parecían moverse en un estado permanente de euforia, ansiosos por conquistar la pista y la velocidad en la mítica pista de Nevada.

Bastian, sin embargo, se había convertido en un caso aparte dentro del equipo. Practicaba más de ocho horas diarias sin tregua, quemando neumático y devorando la pista como si el tiempo no existiera y el asfalto fuera su único hogar en el mundo.

Los demás lo miraban a lo lejos con una mezcla muy fina de profundo respeto y abierta sospecha, ¿aquello era pura disciplina profesional o se trataba de una simple obsesión para acallar sus propios demonios? Nadie lo sabía con certeza, pero lo cierto es que cada vez que se quitaba el casco, con el cabello revuelto y despeinado por el sudor y esa sonrisa socarrona de “sí, sobreviví otra vez”, parecía más el protagonista indiscutible de una película de acción que un piloto de carne y hueso.

Alondra, en cambio, habitaba en el mundo paralelo y provisto de las luces blancas de las oficinas administrativas. Su labor era considerablemente menos glamurosa que la vorágine de la pista, pero infinitamente más crucial, era la encargada de mover los hilos para garantizar que los repuestos de los autos de Fórmula 1 llegaran a las instalaciones antes de que la temporada terminara de irse por el despeñadero.

Su día a día se había convertido en un campo de batalla empresarial. Entre llamadas telefónicas interminables a distintas zonas horarias, correos electrónicos marcados con urgencia máxima y negociaciones directas, sin intermediarios londinenses, con los proveedores a nivel mundial, sobre todos los italianos y japoneses—quienes juraban sobre la Biblia que “mañana sin falta” despachaban el cargamento de piezas de alta precisión—, ella sostenía sobre sus hombros la frágil estabilidad de todo el equipo. Lo ejecutaba todo con la solvencia implacable de un relojero suizo, fría y calculadora ante las pantallas.

Sin embargo, detrás de esa fachada de abogada e ingeniera administrativa inquebrantable, existía un pequeño y peligroso detalle que nadie en la escudería sospechaba.

Cada vez que Bastian irrumpía en la oficina, la perfecta compostura de Alondra se desmoronaba en mil pedazos. Daba igual la faceta en la que apareciera, ya fuera impoluto, vistiendo un traje a la medida que remarcaba sus hombros con elegancia aristocrática; con un atuendo casual y relajado que lo hacía ver peligrosamente accesible; o peor aún, recién bajado de la moto, envuelto en un vapor de sudor, adrenalina y esa energía desbordante que parecía electrificar el aire del lugar. En cuanto el aroma de su perfume inundaba el pasillo, los dedos de Alondra se congelaban sobre el teclado. El documento de Word que redactaba con pulcritud se transformaba en una maraña de oraciones incoherentes, las fórmulas de sus hojas de Excel se volvían indescifrables jeroglíficos y su concentración, habitualmente de acero, simplemente se evaporaba en el acto como una gota de agua bajo el inclemente sol de Texas.

Ese corre corre infernal en las oficinas y la carrera contra el tiempo para salvar la logística de la escudería terminaron por amarrarle las manos a Alondra, impidiéndole tomar el primer avión hacia Grecia para estar codo a codo con su incondicional amiga. Justo en el momento de mayor vulnerabilidad, cuando el imponente rubio de sus tormentos irrumpió de golpe frente a la puerta de Selene reclamando la paternidad de su princesita, Alondra estuvo a punto de mandarlo todo al demonio, abandonar el papeleo y salir corriendo al aeropuerto.




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